VAN CLIBURN, puente entre potencias

A 63 años de un triunfo en la casa del rival

Un día, en el estado de Luisiana, Rildia, una profesora de piano, decidió que su pequeño hijo Harvey Lavan, “Van” para los suyos, debía tomar clases de piano. La mujer advirtió que el niño imitaba a uno de los alumnos que tomaban clase con ella. Rildia había sido alumna del pianista ruso Arthur Friedheim, a su vez alumno nada menos que de Franz Liszt.  Y así, Van Cliburn (1934-2013) comenzó su carrera de pianista.

Luego ingresó a la Juilliard School of Music, y la pianista ucraniana Rosina Lhévinne fue su tutora. Rosina, que también fue maestra del recientemente fallecido James Levine y otros músicos célebres, había abandonado sus intenciones de consagrarse como solista, honor que cedió a Josef Lhévinne, su esposo, nacido en Rusia y que había  sido alumno destacado del Conservatorio Imperial de Moscú.

Van Cliburn comenzó a estudiar bajo la tutela de Rosina en 1951. Para ese año Corea estaba en guerra, y Estados Unidos (gobernado en ese tiempo por Harry Truman) probaba bombas atómicas en atolones y realizaba ejercicios militares en la árida Nevada para una eventual guerra nuclear, a la vez que condenaba a muerte al matrimonio Rosenberg por espiar para la Unión Soviética. Walt Disney estrenaba la versión animada de Alicia en el país de las maravillas en Londres, Reino Unido; Elia Kazan hacía lo propio con la adaptación de Un tranvía llamado deseo; J. D. Salinger publicaba El guardián en el centeno; y el italiano Gian Carlo Menotti estrenaba en el Rockefeller Center su breve ópera (45 minutos) Amahl y los visitantes nocturnos.

A sus 20 años, Cliburn hacía su debut en el Carnegie Hall, y con tan solo 23 sorprendió a un mundo que sufría las idas y vueltas de una falsa paz entre dos superpotencias. Un año después de que la Unión Soviética diera al mundo una prueba contundente de su poderío lanzando el satélite Sputnik, el estadounidense Cliburn compensaba el desbalance, aunque fuera de manera simbólica: se consagraba ganador, el 13 de abril de 1958, del Concurso Internacional Tchaikovsky. Una ovación de casi diez minutos coronó su ejecución del Concierto para piano No. 1 de Piotr I.  Tchaikovsky y del Concierto para piano No. 3 de Sergei Rachmaninov. Pero si la audiencia soviética había quedado encandilada por la interpretación de este joven del sur estadounidense, con más razón lo estuvo cuando Cliburn, después de agradecer en ruso, volvió al piano para interpretar Noches de Moscú.

La proeza de Van Cliburn fue magnífica. No solo fue el primer pianista extranjero en ganar el festival internacional en honor a una de las figuras más emblemáticas del romanticismo ruso: ganó la primera edición de ese festival. Todo un símbolo de que el amor por la música no conoce fronteras ni entiende de conflictos. Nikita Khrushchev parece haberlo comprendido: consultado por el jurado sobre si la institución debería premiar a un estadounidense, el líder respondió que si era el mejor, había que hacerlo.

La carrera de Cliburn quizás fue distinta de lo que se hubiese esperado tras ese promisorio éxito inicial en Moscú. Se había formado en una tradición romántica, y siempre se lo vinculó con ese repertorio. Aunque sus intentos de salirse de esos límites no tuvieron la acogida esperada, su interpretación del Concierto para Piano No. 1 de Tchaikovsky fue y sigue siendo su marca registrada. De hecho, el álbum que grabó con esa obra fue el primero de música clásica en alcanzar el estatus de platino; en 1958 había ganado un Grammy por mejor interpretación de música clásica. Cliburn mantuvo una relación amistosa con Khrushchev y se sentía muy cercano a Rusia por la música y por toda una historia familiar donde la tradición musical rusa había impactado en su madre y luego en él.

Pero el legado de Van es imborrable. En su honor, desde 1962 se realiza el Van Cliburn International Piano Competition (o simplemente, The Cliburn). Entre sus ganadores mencionamos a Nobuyuki Tsujii (2009) y Vadym Kholodenko, que obtuvo el galardón en el mismo año del fallecimiento, a los 78 años, de Van Cliburn, el pianista cuyo nombre perdura no solo en el concurso Tchaikovsky, sino en la historia de la música clásica, como la figura que ayudó a tender un puente entre potencias en plena Guerra Fría. Viviana Aubele

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