ZURICH CHAMBER ORCHESTRA, precisión suiza

Un programa clásico para Nuova Harmonia junto al Swiss Piano Trio

Los suizos son famosos por sus chocolates y su relojería. No es de extrañar entonces que, haciendo gala de esta segunda condición, los integrantes de la Orquesta de Cámara de Zurich, que se presentó para la temporada de Nuova Harmonia, hayan demostrado tener una precisión notable, digna de relojeros, aunque también un sonido brillante y atractivo. El programa anunciado se centró en un eje clásico y en dos grandes compositores en particular: Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven.

El puntapié inicial fue con la Obertura Coriolano, que Beethoven compuso en 1807 como una introducción musical para una representación de una tragedia -hoy olvidada- del poeta alemán Heinrich Joseph von Collin, sobre la vida del líder romano Cayo Marcio Coriolano. La obra, emocionalmente poderosa, sirvió para establecer las buenas cualidades de la agrupación, dirigida desde su puesto de concertino por Willi Zimmermann.

Siguió una obra únicamente para cuerdas, compuesta por Fabian Müller (n. 1964), un trabajo interesante que sin embargo encontró su única justificación -en este programa predominantemente clásico- en el hecho de haber sido compuesta por un músico suizo. Contrastando con las demás obras incluidas, este trabajo -titulado Canto- nos resultó demasiado disonante, incluso cuando también incorpora elementos más tradicionales. En definitiva, si la idea era presentarle algún compositor suizo al público de Buenos Aires, hubiese sido mejor opción algún trabajo de Joseph Joachim Raff (1822-1882) o de Sigismund Thalberg (1812-1871), que seguramente también hubieran sido novedosos, pero más acordes.

El cierre de la primera parte nos trajo la preciosa Sinfonía N° 38 Praga de Mozart, estrenada en esa ciudad en 1787, aunque ahora se sabe que el compositor no la escribió específicamente para la ocasión, como se pensó durante mucho tiempo. De carácter grandioso, similar al de sus sinfonías más tardías, plena de interesantes modulaciones, en este trabajo se sintió la ausencia de un director en el podio orquestal que, más allá de la perfección del sonido, pudiese marcar  intenciones o dinámicas que le diesen más personalidad a la interpretación.

La segunda parte estuvo dedicada a otro Beethoven: el interesantísimo Triple concierto para violín, cello y piano Op. 56, una obra escrita en 1804/05, único trabajo concertante compuesto por el músico para más de un instrumento solista. Aquí se sumó el Swiss Piano Trio, integrado por la violinista Angela Golubeva, el cellista Sasha Neustroev y el pianista Martin Lucas Straub, quienes sonaron en conjunto correctos, si bien no alcanzaron a deslumbrarnos. La obra tiene sus particularidades: alejado de la grandilocuencia de otras obras beethovenianas de la misma época, como la Sinfonía Heroica o las sonatas Waldstein y Appassionata, este trabajo suena amable, casi juguetón en las articulaciones de los tres instrumentos solistas. Según parece, este Triple concierto fue escrito para el archiduque Rodolfo de Austria, quien por entonces era un pianista de limitadas condiciones, por lo cual Beethoven elaboró para él una parte que resulta al mismo tiempo vistosa pero sencilla, lo cual no obsta en absoluto al disfrute de la composición.

Desmintiendo la teoría de que los suizos carecen de sentido del humor, a la hora del bis la orquesta y el trío ofrecieron una humorada musical titulada Tripel Schottisch, obra del también suizo Florian Walser, clarinetista que visitó nuestro país el año pasado junto a la Tonhalle Orchester Zurich. Presentada en perfecto castellano por el pianista, la pieza remeda partes del lenguaje beethoveniano del Triple concierto con giros populares marcadamente suizos, de tono festivo y campestre, con lo cual la presentación terminó con muchas sonrisas, tanto en el público como entre los propios músicos. Germán A. Serain

Fue el 3 de octubre de 2017
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