Los ciclos de conciertos que la Orquesta Sinfónica Nacional ofrece en el Auditorio Nacional continúan despertando interés por la calidad de sus programas y la evolución sostenida del organismo, como sucedió con el programa Bottesini, Nielsen y Mantiñán.
A sala llena, el concierto se inició con la Meditación Sinfónica Nº 2, Crudo, op. 82, de Leandro Matiñán, compositor, percusionista y docente radicado en Bahía Blanca. Resulta especialmente valioso que la programación incluya autores no porteños. La obra, de carácter intenso y dramático, presenta escasos momentos de reposo y se apoya en una orquestación rica, con una percusión densa que genera un clima de tensión sostenida. El tratamiento tímbrico aparece como uno de sus rasgos más logrados, con una escritura que explora contrastes y densidades con eficacia.
A continuación se escuchó el Concierto para contrabajo y orquesta Nº 2 en si menor de Giovanni Bottesini, figura central en el desarrollo del instrumento y referente ineludible de su repertorio. La obra, de gran exigencia técnica, combina virtuosismo y lirismo en una línea de canto que remite al bel canto, con amplias frases que requieren un fraseo especialmente cuidado.
En la parte solista, Pedro Salerno ofreció una interpretación sólida, con solvencia técnica y buen manejo expresivo. El desafío se incrementa por la práctica habitual de ejecutar la obra dos semitonos más arriba, lo que acentúa su brillo y dificultad. En los pasajes de diálogo, el instrumento y la orquesta se integraron con naturalidad, sin perder claridad en la proyección. La dirección de Javier Mas sostuvo un equilibrio sonoro atento, favoreciendo ese intercambio. La cadencia, de notable complejidad, fue resuelta con firmeza y control.
El cierre estuvo a cargo de la Sinfonía Nº 4, op. 29, “Lo inextinguible” de Carl Nielsen, una obra de gran potencia expresiva concebida en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Sin ser programática, transmite con intensidad la tensión entre destrucción y vitalidad, en una afirmación de la energía vital que atraviesa toda la partitura.
Estructurada en cuatro movimientos interconectados, la sinfonía despliega una acumulación progresiva de ideas y climas sonoros. Cada sección de la orquesta es llevada al límite de sus posibilidades, tanto en lo técnico como en lo expresivo. Los integrantes de la Sinfónica Nacional respondieron con solidez a estas exigencias, sosteniendo la tensión y la continuidad del discurso.
La percusión tuvo un rol destacado, especialmente en el cuarto movimiento, donde la irrupción de los timbales genera uno de los momentos más intensos de la obra. Se destacaron Marcos Serrano y Pablo Buono, junto con el resto del grupo, en una intervención de gran precisión y fuerza.
El principal artífice de la velada fue Javier Mas, cuya dirección clara y concentrada logró una efectiva conexión con los músicos. Su lectura del programa se sostuvo en la coherencia y el control de las tensiones, conduciendo el concierto con solidez en una presentación que reafirma su crecimiento como director. Estela Telerman
Fue el 22 de abril de 2026
Palacio Libertad
Sarmiento 151 – CABA
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