ORQUESTA DE CÁMARA DE LA FILARMÓNICA CHECA, colores eslavos

Impecable presentación para el ciclo de Nuova Harmonia

Sobre el escenario hay doce músicos, todos hombres, todos con un instrumento de cuerda. De pie hay siete violines, dos violas y un contrabajo, formados en semicírculo. Completan el grupo dos violoncellistas, sentados en el centro. Estas son las proporciones de la Orquesta de Cámara de la Filarmónica Checa, que sorprende gratamente por su calidad, su precisión y su sonoridad.

El programa tiene el atractivo de ofrecer algunas obras bien conocidas, como el Divertimento en Re de Wolfgang Amadeus Mozart, pero también otras no tan frecuentadas, como la Sinfonía Nº 1 en Sol del compositor bohemio Johann Wenzel Anton Stamitz (1717-1757), contemporáneo del salzburgués, que no recordamos haber escuchado antes en concierto. Es una eficaz apertura, que marca lo que será la tónica general de lo que siga: aparte de Mozart, todas las demás obras anunciadas guardarán una relación cercana con el espíritu de la región de Bohemia.

Luego de Stamitz, llegan las Danzas folclóricas rumanas del húngaro Béla Bartók, otra obra por cierto bastante difundida, que sin embargo sonó en esta oportunidad con matices bastante inusuales: los fraseos, las acentuaciones, las cadencias, resultaron notablemente diferentes a la interpretación promedio realizada por agrupaciones provenientes de otras geografías. Más allá de haberse destacado el carácter danzable y popular de estas piezas, a quien haya escuchado alguna vez hablar en húngaro se le habrá hecho evidente que la lectura de los músicos checos tuvo un fuerte anclaje en el conocimiento de la cultura magiar.

Cronológica y estilísticamente posteriores a Stamitz, la segunda parte del concierto estuvo integrada por obras de otros dos representantes directos del pueblo checo: Antonin Dvorák y Leos Janácek. Del primero fueron interpretadas tres piezas tan breves como agradables: la conocida Humoresque y dos de sus Valses Op. 54, que fueron muy bien recibidos por el público. De Janácek, en cambio, se ofreció una obra de mayores pretensiones formales: su Suite para cuerdas, un hermoso trabajo cuyo carácter melancólico no parecía lo más adecuado para clausurar un concierto.

Pero entonces llegaron los bises: un Allegro de Mozart tomado de otro de sus divertimentos, el brevísimo Pizzicatto de la música del ballet Don Juan de Glück, y una aplaudida versión de Libertango de Astor Piazzolla, donde los colores eslavos se mezclaron con la música porteña, en definitiva tan internacional como pueden serlo Bartók, Dvorák o Janácek. Curiosamente se convirtió en la obra más celebrada de toda la noche, en parte como un reconocimiento final a la gran calidad musical del ensamble, pero quizás también como un modo de reaccionar ante esta internacionalización del arte que equivale a seguir reemplazando fronteras por puentes que nos unen.  Germán A. Serain

Fue el 23 de agosto de 2018
Teatro Coliseo
Marcelo T. de Alvear 1125 – Cap.
(011) 4816-3789
Nuova Harmonia

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