Pagliacci / Cavalleria Rusticana (Ruggero Leoncavallo / Pietro Mascagni) – Reparto: Alejandro Roy, Marina Silva, Youngjun Park, Samson McCrady, Sergio Spina, Diego Bento, Mónica Ferracani, Guadalupe Barrientos, Daniela Prado – Dirección musical: Marcelo Ayub – Coreografía: Michele Cosentino – Video: Martín Ruiz – Orquesta y Coro: Estables del Teatro Colón – Coro de Niños: Teatro Colón – Régie, Escenografía, Iluminación y Vestuario: Hugo de Ana
Desde la primera aparición del mutable telón proyectado, la propuesta de Hugo de Ana deja en claro su eje: una fusión entre el universo operístico y el lenguaje cinematográfico. Ese telón, en transformación constante, introduce un mundo donde conviven elementos del circo y del cine con una fuerte impronta visual. La escena inicial de Pagliacci, con una bailarina de movimientos coreográficos precisos —replicados luego por el resto del elenco en una lentitud deliberada, de resonancias casi fellinianas—, instala un clima de extrañamiento que será una de las claves de toda la producción.
La irrupción de Tonio, encarnado por Youngjun Park, confirma ese tono. Su prólogo no solo cumple la función narrativa habitual, sino que se convierte en una declaración estética: su desempeño resulta sólido, atractivo, con presencia escénica, claridad expresiva y una emisión de gran volumen que se proyecta con autoridad en la sala. En paralelo, el Coro de Niños dispuesto en los palcos laterales aporta uno de los hallazgos más logrados de la puesta, tanto por su precisión vocal como por su cuidado trabajo escénico.
Entre el cine y la escena
La escenografía construye un universo visual de gran riqueza, con elementos como el precioso carromato, los acróbatas y referencias a los cómicos de la legua que aportan identidad y continuidad. El uso del disco giratorio —que reorganiza tanto a los cantantes como a los elementos escénicos—, si bien interesante, por momentos resulta excesivo y podría haberse dosificado. En conjunto, la propuesta tiende a desplazar el verismo hacia una dimensión más estilizada, donde lo teatral y lo cinematográfico no solo dialogan, sino que filtran —y en cierta medida distancian— la crudeza original de ambas óperas.
El artificio como lenguaje
En Pagliacci, el despliegue visual se apoya en un vestuario vibrante y en una teatralidad explícita, reforzada por la aparición de figuras como las “cabezotas”, cercanas al universo de las marionetas, que refuerzan la idea de espectáculo dentro del espectáculo. En ese marco, Marina Silva compone una Nedda que comienza con cierta cautela vocal, pero que crece a medida que avanza la obra, ganando soltura y presencia. El Silvio de Samson McCrady se muestra convincente, bien delineado en lo actoral y eficaz en lo musical. Por su parte, Alejandro Roy construye un Canio de perfil verista, con la intensidad y el carácter que el rol exige.
Uno de los momentos visualmente más logrados aparece en la transición interna de Pagliacci, con la proyección de un payaso de gran fuerza estética. Allí también surgen guiños reconocibles —como la evocación de Charlie Chaplin— que refuerzan el diálogo constante con el cine. El uso de la cámara lenta potencia la percepción del artificio y subraya el carácter construido de la escena.
El inicio de Cavalleria rusticana retoma y amplifica estos procedimientos. El ingreso del elenco portando sus propias sillas, en una coreografía que remeda la cámara lenta —más teatral que danzada—, evidencia el riguroso trabajo escénico y la construcción de una dinámica colectiva de gran complejidad visual.
En el plano vocal, sobresale con claridad Guadalupe Barrientos como Mamma Lucia, con una presencia contundente y una emisión que se impone como una de las más sólidas. La Santuzza de Mónica Ferracani presenta momentos de buena proyección y entrega, aunque sin alcanzar de manera uniforme la intensidad que el rol demanda. Diego Bento (Turiddu) realizó un buen trabajo, sobre todo en la sustanciación con el personaje.
El intermezzo introduce una secuencia audiovisual —probablemente generada con herramientas digitales— que integra vistas aéreas y escenas de procesión con la acción en vivo, en uno de los pasajes más logrados desde lo emocional.
Foso y conjunto en equilibrio
El Coro Estable —preparado por Miguel Martínez— y el Coro de Niños, dirigido por Mariana Rewerski, se destacan por su potencia, homogeneidad y capacidad para generar climas. Ambos constituyen un verdadero motor expresivo de la función, especialmente en Cavalleria rusticana, donde alcanzan momentos de gran intensidad.
En el plano musical, el refinado trabajo escénico de Hugo de Ana encuentra un sostén decisivo en la conducción de Marcelo Ayub. Su lectura privilegia la claridad del discurso y un cuidado equilibrio entre foso y escena. Evita el desborde y se inclina por una construcción controlada, de trazo firme, que alcanza sus momentos más logrados en Cavalleria rusticana, donde la tensión dramática se despliega con mayor amplitud. La Orquesta Estable del Teatro Colón ofrece un sonido compacto y expresivo, en estrecha correspondencia con el trabajo coral, y contribuye a consolidar un equilibrio particularmente logrado entre lo visual y lo musical.
Si bien se destacan algunas voces por sobre otras y hay desempeños que podrían haber alcanzado mayor brillo, el conjunto evidencia una notable homogeneidad. Se percibe un equipo cohesionado, con un trabajo parejo y sostenido, que termina por reforzar uno de los principales atractivos de la función: la solidez del todo por encima de las individualidades. Martin Wullich
Fue el 18 de abril de 2026
Pagliacci / Cavalleria
Próximas funciones:
21 al 24 de abril a las 20
Teatro Colón
Libertad 621 – CABA
(011) 4378-7100
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