Civil War (EE.UU., 2024) – Protagonistas: Kirsten Dunst, Wagner Moura, Stephen McKinley Henderson, Cailee Spaeny, Jesse Plemons, Nick Offerman – Música: Ben Salisbury, Geoff Barrow – Guion: Alex Garland – Dirección: Alex Garland.
No siempre el interés de una película destaca desde un primer momento. Tampoco su verdadera temática. Podría decirse que Civil War, producción dirigida por Alex Garland, que se estrenó con un eco apenas moderado en 2024, es la típica película que sigue la acción de un grupo de reporteros de guerra. Y no estaríamos faltando a la verdad. Sin embargo, hay un trasfondo en lo que hace a la ficción de esta película que la convierte en un caso interesante para detenernos en ella ahora, a dos años de su estreno. Y es que la guerra civil en cuestión a la cual alude el título de la producción tiene lugar en el propio seno de los Estados Unidos de Norteamérica. Y no en un futuro lejano o distópico, sino en nuestros días.
Lo interesante de cualquier ficción es que siempre debe existir, para que ella sea concebible, un cierto encadenamiento con una realidad dentro de la cual lo que se narra resulte en algún punto verosímil. Podríamos definir esto como la condición de posibilidad de cierto imaginario que determina que la ficción en cuestión sea, al fin y al cabo, verosimil. Y aquí es donde Civil War destaca, porque escapa al imaginario que ha prevalecido durante décadas en Hollywood, dentro del cual los estadounidenses actúan siempre como la policía del mundo, intentando llevar orden, justicia y democracia a lejanos países en los cuales el caos es lo predominante.
Aquí ni siquiera aparece un otro que haga las veces del antagonista bélico: el conflicto es eminentemente interno. ¿Es realmente posible concebir el desarrollo de una guerra civil en Norteamérica, con todos disparando contra todos y el dólar canadiense como moneda fuerte de referencia? Esta pregunta, que acaso uno hubiese respondido con una negativa hace algunos años, hoy resulta perfectamente plausible a la luz de las noticias que llegan desde el país del norte. Por este motivo, a pesar de no ser Civil War una película destinada a ocupar un lugar destacado como producción cinematográfica, que incluso no logra desarrollar un clima dramático particularmente potente, en este punto hay que decir que sí es una producción que rompe el molde.
Uno de los aciertos de esta producción es que no plantea la historia dentro de una dicotomía de héroes y malvados: las escenas de enfrentamiento son caóticas, vuelan disparos en todas las direcciones y uno no logra ubicarse en un bando. Cuando alguien mata a alguien, no queda claro cuál es el criterio que lleva a distinguir al enemigo. Si durante años los villanos, en las películas de guerra estadounidenses, fueron primero los alemanes y los japoneses, y más tarde cualquier enemigo con aspecto de terrorista oriundo del oriente medio, en este caso la lucha es intestina. Aquí el presidente no es la típica personificación del orden, ni mucho menos el líder de quien todos esperan una acción heroica, sino el objetivo final de las balas de las propias milicias estadounidenses.
Ahora veamos las noticias: en un país donde las armas están al alcance de las manos de cualquier civil, donde ya hubo un ataque fallido por parte de un francotirador contra el presidente, las políticas de Estado se alejan cada vez más de cualquier intanto por establecer un marco de unión ciudadana. Muy por el contrario, las relaciones que marcan las identidades se polarizan, surge un nuevo movimiento suprematista, de base informe, junto con una notable reducción de los derechos civiles. Los enfrentamiento de las fuerzas federales con la población e incluso con las autoridades locales de algunos Estados son cada vez más marcados. Paralelamente, las ideologías más reaccionarias tienden a cobrar cada vez más fuerza.
No estamos diciendo que Civil War profetice un panorama político que vaya a verse reflejardo fielmente en el mundo real. Sin embargo, reiteramos que si esta película tiene algo de interesante es el hecho de romper con algunos viejos arquetipos del cine que se venía produciendo hasta ahora, para presentar un orden ficcional de fuerzas nuevo, que solo resulta imaginable en un contexto que le da cierta verosimitud. En este sentido la película de Alex Garland debería ser vista al menos como un llamado de alerta, cercano no solamente por su contemporaneidad, sino también en términos geopolíticos, pues en un mundo cada vez más pequeño estos fenómenos no se restringen a los Estados Unidos, sino que se expanden rápidamente también a latitudes mucho más cercanas. Germán A. Serain









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