LA PROMESA, Armenia doliente

Un pasado que parece querer repetirse

La promesa (2016, Estados Unidos) – Reparto: Oscar Isaac, Charlotte Le Bon, Christian Bale, Shohreh Aghdashloo, Alicia Borrachero, James Cromwell, Daniel Giménez Cacho, Jean Reno, Angela Sarafyan, Numan Acar, y otros – Fotografía: Javier Aguirresarobe – Música: Gabriel Yared Guión: Terry George, Robin Swicord Dirección: Terry George

Hace cinco años la comunidad armenia internacional conmemoró el centenario de uno de los episodios más sangrientos de su historia, y de la historia de la humanidad; un episodio que por sus características pareció ser la antesala del Holocausto. En 1915 un millón y medio de armenios fueron masacrados y perseguidos por el estado turco. El hecho quedó registrado en la historia como el Genocidio Armenio, y cada 24 de abril se lo recuerda con un doble fin: uno, concientizar al mundo para que este tipo de atrocidades no vuelva a suceder; y dos, para que nadie olvide ni mucho menos niegue lo sucedido. Para esto se eligió como símbolo una flor, el nomeolvides, y desde 2015 la imagen de esa flor está orgánicamente unida no solo al reclamo de la comunidad armenia, sino a la memoria de las víctimas y los sobrevivientes.

La promesa es una película de 2016. Se la vio por primera vez en septiembre de ese año en el Toronto International Film Festival. Con dirección de Terry George, narra un triángulo amoroso entre Mikael Boghosian, un boticario y estudiante de medicina armenio (Oscar Isaac); Ana, una joven y hermosa institutriz armenia (Charlotte Le Bon), y su pareja, el estadounidense Chris Myers (Christian Bale), reportero de guerra para Associated Press. La historia comienza en los meses previos al inicio de la barbarie perpetrada por el estado turco y es, en cuanto a trama romántica que se precie, absolutamente predecible: el joven boticario y Ana se enamoran pese a que ella, en la práctica, no es libre, y Mikael tampoco lo es. Tanto él como Chris se debaten en una solapada lucha para quedarse con el amor de la muchacha. La película, que puede verse por Netflix, tiene algunos puntos a favor, y otros no tanto. La calidad de las escenas es muy buena, lo cual parece un curioso contraste con las actuaciones de la pareja protagónica, que no termina de hacer carne la pasión supuestamente consumidora que los mantiene ocupados, ni tampoco es muy convincente el papel de marido desechado que hace Bale.

Tampoco Isaac ni Le Bon logran transmitir cómo puede sentirse alguien que vive en un entorno de constante amenaza y peligro de muerte, con los oficiales turcos acechando a cada instante. Hay escenas que remiten claramente a la tragedia que tuvo que vivir el pueblo armenio: las marchas forzadas, las ejecuciones, la hostilidad irracional de los militares turcos hacia los civiles armenios, la desesperación de tener que huir del hogar para no ser atrapado ni deportado, familias enteras masacradas, niños que quedan huérfanos, etcétera. Cuestiones que La promesa, aunque no abunda en estas, describe con una crudeza razonable para lo que es una película básicamente romántica. Pero, aunque el cine rara vez alcanza a reproducir con absoluta fidelidad la dimensión de lo que sucede en la realidad (una excepción podría ser La pasión de Cristo de Mel Gibson), estas escenas ayudan a encender en el público esa chispa necesaria que inflame el repudio de cualquier ser humano empático hacia semejantes hechos barbáricos.

Lo que le acontece a Mikael en la historia de La promesa puede tomarse como el resumen de lo acontecido a miles y miles de armenios que murieron, o que en el mejor de los casos escaparon y vivieron para contarla. Pero no es necesario viajar tan lejos para enterarnos: en nuestro país la comunidad armenia cuenta con unos ochenta mil integrantes, y más de uno podrá contar, oída de boca de padres, tíos o abuelos, esta terrible historia. Sistemática como fue la persecución del pueblo armenio lo ha sido la negativa del estado turco de reconocer y hacerse cargo de su responsabilidad, pese a que el hecho se recuerda desde hace varias décadas.

Como diría algún psicólogo, lo que se niega tiende a repetirse, y lo que no se resuelve, vuelve. Desde finales de septiembre ha recrudecido un conflicto de larga data entre la República de Armenia y su vecino Azerbaiyán -ambas ex repúblicas soviéticas- por el enclave de Nagorno-Karabaj, una región que desde los años noventa viene insistiendo en su autonomía con el nombre de República de Artsaj y cuya población es mayormente de origen armenio. Sin embargo, Azerbaiyán la reclama como propia. La bandera de la República de Artsaj es la misma que la de Armenia pero con un dibujo como de troquelado en uno de sus extremos, como indicando su armenidad pero separada de la “madre patria”. No obstante, no tiene amplio reconocimiento del grueso de las naciones del mundo. El conflicto sigue su curso y según publicó el New York Times el pasado 8 de octubre “podría desbordarse si Estados Unidos no se involucrara”. Claramente, si lo hace Rusia, apoyará a Armenia.

Como es de esperarse, Turquía apoya económica y militarmente a Azerbaiyán, por cuestiones político-religiosas, y también en virtud de la rivalidad que tiene con Armenia desde tiempos muy lejanos. Por supuesto, no es la idea utilizar este espacio para un análisis geo-político-económico del conflicto -hay especialistas en el tema- pero sí es oportuno que recordemos el peligro de la siempre presente circularidad de la historia. En 2019, cuatro años después del centenario del genocidio y no obstante los constantes reclamos de la comunidad armenia internacional, el presidente turco Recep Erdogan manifestó públicamente su disgusto con la Cámara de Representantes de Estados Unidos por su reconocimiento del genocidio armenio. Meses antes el mandatario había justificado públicamente el genocidio afirmando que fue “una deportación apropiada a su tiempo”. No falta quienes temen que Erdogan sea el Hitler del siglo XXI, y que la historia vuelva a repetirse, pero en la realidad en vez de en el cine. Viviana Aubele

La promesa en Netflix
Erdogan justificó el genocidio armenio

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