Orgullo y prejuicio (Argentina, 93 minutos, 2026) – Género: Comedia – Elenco: Mailén Kritzer, Alejandro Jovic, Tomás Pernich y Sol Masaedo – Fotografía: Gonzálo Zilberman – Música: Tomás Parnich – Guion: Matías Szulanski y Juan Morgenfeld – Dirección: Matías Szulanski
Orgullo y prejuicio, película de Matías Szulanski, parte de la idea de un rodaje en busca de adaptar la historia de Jane Austen en un set de filmación, con una pantalla verde que reemplaza artificialmente los exteriores y con un equipo que intenta sostener una filmación que avanza con dificultad. La mayor parte del film transcurre en ese espacio, con interminables escenas que se repiten varias veces, actores que ensayan sin terminar de encontrar el tono buscado por la directora, cuyas indicaciones se vuelven cada vez más insistentes. Hay errores, interrupciones y tiempos muertos propios de un rodaje, que la película decide mantener. Ahí aparece el humor, en la repetición, en los diálogos artificiales que no funcionan del todo y en la incomodidad entre los personajes.
La película encuentra su principal motor en el contraste entre la ambición del proyecto llevado a cabo por los personajes y la precariedad de los medios para realizarlo. Sin embargo, su apuesta humorística no se apoya en la puesta en escena ni en la construcción visual del gag, sino en lo temático. El chiste está en lo que se dice, en las tensiones del rodaje ficcional, en la incomodidad constante que atraviesan los protagonistas. En ese sentido, Szulanski parece absorber formas del humor contemporáneo, cercanas a la lógica de las redes sociales, donde lo incómodo, lo repetitivo y lo levemente absurdo reemplazan a la comicidad clásica.
Esa comicidad, que por momentos resulta efectiva, también delimita el alcance de la película. Orgullo y prejuicio es, en gran medida, un film para iniciados en un universo de egos, frustraciones y miserias que interpela sobre todo a quienes reconocen desde adentro las dinámicas del cine y sus rodajes. El problema aparece cuando la película se agota en su propio planteo. El conflicto central, una directora insoportable que somete a su equipo a un régimen de maltrato y exigencia que ni ella misma parece sostener, se estira sin demasiadas variaciones ni profundización. Los personajes quedan reducidos a instrumentos para sostener un chiste antes que sujetos con espesor dramático. Así, la reiteración del chiste termina por estancar el relato.
En su voluntad de capturar un estado de la cuestión del cine contemporáneo argentino, Orgullo y preguicio también revela sus límites. Szulanski apunta contra ciertos debates actuales del medio: la dependencia o introducción de nuevas tecnologías como la IA y las falsas pretensiones autorales. Sin embargo, deja afuera dimensiones centrales de la crisis actual como el peso de las plataformas, la transformación del consumidor y la tensión con las series. En ese recorte, lo que aparece es más bien el relato de un sector específico de la industria, el de aquellos cineastas que aún pueden sostener sus proyectos desde un capital propio o simbólico, incluso en un contexto adverso.
Realizada en conjunto con un equipo de jóvenes cineastas, Orgullo y prejuicio construye un clima incómodo y, por momentos, efectivo a partir de la repetición, el desgaste y la tensión constante dentro del rodaje. Pero al apoyarse casi exclusivamente en lo que enuncia y en un único conflicto que no evoluciona, la película no termina de expandirse como experiencia cinematográfica. Victoria Varacalli






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