LA PROHIBICIÓN DE AMAR, entretenido Wagner

Excelentes voces y gozosa puesta en escena

Desde el inicio se percibe insólita la música y original la puesta. Desde un camafeo, la imagen proyectada de Richard Wagner acompaña los sones de la obertura y cobra vida: nos guiña el ojo, observa la orquesta en el foso, menea su cabeza, sonríe. La música remeda a Bellini, a Rossini, quizá a Donizetti o a Mozart. ¿Qué hacía Wagner antes de llegar a Rienzi, al holandés, a los nibelungos…? Pues abrevaba libremente en Shakespeare –Medida por medida– y le daba una vuelta a la forma de relatar la hipocresía reinante, de modo que el regisseur Kasper Holten se siente también libre hoy de agregar smartphones y otras modernidades que en nada modifican la esencia original. Al contrario, le aportan gracia a esta gran comedia del genio alemán.

El multicolorido primer cuadro, pletórico de carteles de neón, deja paso a un geométrico entramado de escaleras, que bien podría haber diseñado Mondrian, y muta mágicamente a la austeridad de un convento. La puesta sorprende y deleita, con una maquinaria y utilería que funcionan a la perfección, junto al estupendo vestuario acorde a la paleta cromática. Wagner enaltece el sensualismo en contra de lo hipócritamente puritano, desenmascara lo que se critica para aparentar pero se practica en la privacidad; y lo hace con mucho humor, con preciosas arias, con sublimes coros, con deliciosa música.

No hay voces que desentonen en el más amplio sentido de la palabra. Son magníficas las expresiones y actuaciones de Lise Davidsen como Isabella, María Hinojosa como Dorella, el Luzio de Peter Lodahl, y Brighella en la corporización de Christian Hübner. También tienen impecable presencia y notable sustanciación los cantantes locales, en algunos casos con más solvencia y conocimiento de la sala para una emisión vocal acorde: Hernán Iturralde en el papel de Friedrich, la personificación de Claudio lograda por Carlos Ullán, la Mariana de Marisú Pavón; así como los papeles de Sergio Spina, Fernando Chalabe, Norberto Marcos y Emiliano Bulacios.

En tanto, el Coro Estable del Teatro Colón, dirigido por Miguel Martínez, brilló imprimiendo el carácter lúdico de la historia. Y Oliver von Dohnanyi dirigió a la Orquesta Estable con precisa, sutil y notable musicalidad. Las coreografías se sumaron exquisitamente a los climas requeridos, así como las creativas proyecciones que aportaron su toque de comedia, como en la aparición final del avión. En definitiva, La prohibición de amar deja una sonrisa de placer y de sorpresa, con un Wagner tan impensado como encantador. Martin Wullich

Fue el 25 de abril de 2017
Teatro Colón
Libertad 621 – Cap.
(011) 4378-7109
teatrocolon.org.ar

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