LA CONFLUENCIA, tradición en movimiento

Estévez / Paños y Compañía, el flamenco como materia viva en diálogo con otros lenguajes escénicos

El New York City Center se erige en Midtown Manhattan como una pieza singular en el mapa de la arquitectura teatral de la ciudad. Concebido entre 1922 y 1924 como el Mecca Temple, fue originalmente un centro masónico diseñado en estilo neo-morisco por Harry P. Knowles y la firma Clinton & Russell. Con arcos y motivos ornamentales que remiten a tradiciones hispánicas e islámicas, el edificio se presenta como el mejor escenario para albergar el Festival de Flamenco. De hecho, allí se han presentado figuras legendarias del género como Paco de Lucía, Enrique Morente, Diego El Cigala o Chucho Valdés. En su 25ª edición, el Festival reúne a más de 180 artistas y 16 compañías provenientes de España y del circuito internacional. En este contexto, asistimos a La Confluencia, dirigida y coreografiada por Rafael Estévez y Valeriano Paños.

La Confluencia propone una exploración que, lejos de negar las raíces de la tradición, las vuelve maleables y las expande a lo largo del territorio escénico. El flamenco aparece aquí como materia viva: se fragmenta, se deconstruye y se rearticula para entablar un diálogo dinámico con otros lenguajes sin perder, en ningún momento, su pulso constitutivo.

La hibridación es estructural. Hay pasajes que se fusionan con otros géneros de la danza y cuadros que evocan imaginarios españoles, como la iconografía taurina o referencias pictóricas que remiten a los fusilamientos del 3 de mayo en Madrid. Si la obra destaca por su impronta singular sobre el flamenco, también lo hace por la vehemencia de los bailaores, que despliegan una fisicalidad expansiva y comprometida.

El conjunto sostiene, sin pausas, un vigor constante en su lenguaje corporal y una demanda de notable exigencia técnica. La intensidad rítmica y expresiva se mantiene a lo largo de la pieza, equilibrando momentos de fuerte zapateado con secciones más introspectivas. Sin embargo, no pasaron inadvertidos ciertos desajustes de coordinación en escenas corales. Fueron detalles puntuales que no alteraron la cohesión de la trama, pero sí evidenciaron el alto riesgo técnico que asume la obra.

En una pieza que adopta licencias artísticas y explora desplazamientos formales, la música funciona como ancla identitaria. Claudio Villanueva (composición y guitarra) sostiene la dramaturgia con solidez técnica y sensibilidad tímbrica; la percusión de Lito Mánez aporta densidad rítmica y profundidad sonora. El gran hallazgo de este trío es la voz de Al-Blanco —joven, pero de notable madurez expresiva—, que amplifica la intensidad emocional de varios cuadros.

La iluminación, a cargo de Olga García, es otra de las grandes protagonistas de la noche. Cada cuadro presenta una construcción específica que modela el espacio y acentúa el compás sin caer en efectos meramente decorativos. El momento más innovador ocurre cuando uno de los bailarines toma un reflector móvil y lo desplaza por el escenario como extensión de su propio cuerpo. La fuente de luz se convierte entonces en elemento coreográfico y redefine los cuerpos: la luz deja de ser soporte para casi transformarse, con un gesto performativo, en un sexto bailaor.

El vestuario —diseñado por la propia compañía— es sutil, pero de impacto efectivo. La noche se inicia con todos vestidos de negro; sin una uniformidad rígida, cada intérprete conserva su singularidad. Esta elección funciona como contrapunto preciso para los reflectores dispuestos en los laterales. Más adelante, el contraste entre blancos y negros —especialmente a través de pañuelos que cubren cabezas y transforman siluetas— y, posteriormente, la aparición de algunas piezas de color adquieren protagonismo.

En uno de los cuadros más logrados, un intérprete, de pie sobre una silla, permanece inmóvil al fondo, completamente cubierto por un pañuelo blanco, mientras la acción se desarrolla en primer plano. La imagen construye una tensión entre presencia y sombra que revela una composición deliberada y un dominio técnico notable. También se destaca un pasaje en el que un dúo de bailaores, respaldado por otros dos, se sienta al frente con sus sillas y ejecuta un zapateado concentrado. En un teatro de mediana escala, la escena genera un momento de intimidad inesperada: la monumentalidad arquitectónica parece contraerse para dar lugar a una sala o al patio de una casa andaluza.

Dotada de evocaciones sin literalidad ilustrativa, la obra confirma que el flamenco no es una forma cerrada, sino tierra fértil para la experimentación constante. En esa convivencia entre memoria, ruptura y continuidad reside su fuerza: la permanencia de toda tradición no radica en su inmovilidad, sino en su capacidad de abrirse y proyectarse hacia nuevos horizontes expresivos. Martín Quiroga Barrera Oro

Finalizó el 8 de marzo de 2026
New York City Center
131 W 55th St – New York City
NY – Estados Unidos
Sitio Web Estévez Paños

Estu00e9vez / Pau00f1os y Compau00f1u00eda | 25th Flamenco Festival | New York City Center

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