LA BACINILLA, el detalle de un prócer

Un cuento de Gustavo Di Pace narrado por Martin Wullich sobre la foto post mórtem de Sarmiento

Antes de escuchar La bacinilla, cuento de Gustavo Di Pace sobre la foto post mórtem de Domingo Faustino Sarmiento -grabado por Martin Wullich-, observemos algunos detalles del momento histórico.

El clima de Buenos Aires no favorecía la frágil salud del expresidente; demasiadas preocupaciones, demasiado recorrido durante más de siete décadas de vida. Domingo Faustino Sarmiento decidió entonces levantar campamento y radicarse definitivamente en Asunción, Paraguay, en busca de temperaturas más amables para su cansada osamenta. Se instaló en el hotel Cancha Sociedad de la capital paraguaya, un establecimiento que se levantaba en los terrenos que otrora habían sido de Madame Lynch, la amante irlandesa de Francisco Solano López.

El caudillo sanjuanino tuvo, al menos, la dicha de que lo visitara por última vez Aurelia Vélez, su gran amor. Pero no le quedaría mucho tiempo más. El 11 de septiembre de 1888, a los 77 años, Sarmiento entregó el alma mucho antes del amanecer. Se afirma que murió en su cama, aunque también se dice que le había pedido a su nieto que lo sentase en el sillón “para ver amanecer”. ¿Acaso, de ser esto así, habría recordado Sarmiento las últimas palabras de Goethe: Mehr Licht! (“¡Más luz!”)?

La noticia del fallecimiento del líder se difundió con rapidez, y al Cancha Sociedad llegó Manuel San Martín. Llama notablemente la atención el simbolismo patrio que contienen el nombre y el apellido de este personaje.  Lo cierto es que el objetivo de San Martín era tomar una última foto. La de Sarmiento muerto. Era costumbre en esos tiempos retratar al familiar momentos después del fallecimiento, y la invención del daguerrotipo en 1839 había abierto las puertas para que esta costumbre se difundiera más. Los de las clases pudientes, y aquellos que no lo eran tanto pero podían separar algo de su capital, pensaban que, ante lo inevitable, podrían recordar mejor al ser querido plasmando la última imagen antes de su regreso al polvo. Manuel San Martín, retratista muy prestigioso de Asunción, recibió ese recado de parte de Faustina, la hija del fallecido líder.

La foto post-mórtem de Domingo Faustino Sarmiento lo muestra sentado en su sillón de lectura. Hay todo un simbolismo: una pose que de inmediato dispararía conexiones con aquello por lo que la posteridad más le debe a Sarmiento, al padre del aula: es decir, la cultura y la educación. Aunque el rigor mortis había, seguramente, comenzado a manifestarse, están en ese retrato los rasgos inconfundibles: la calva pronunciada, el labio inferior grueso, el gesto adusto, las cejas tupidas. A nadie se le puede escapar que se trataba de Sarmiento.

La mirada de cualquiera quedaría fija en la figura del muerto. Sin embargo, un curioso detalle pasó -y sigue pasando- inadvertido para muchos; como pasó inadvertido, quizás, para Manuel San Martín. Pero no para Gustavo Di Pace, autor de La bacinilla. En una magistral vuelta de tuerca, quien hubiese sido el héroe del cuento —el fotógrafo— queda reducido a alguien tan humano, tan falible como aquel a quien acaba de retratar, cuya bacinilla aparece ahí, a la izquierda de la imagen, imperturbable, como un signo de nuestra propia fragilidad.

Con la estupenda narración de nuestro querido Martin Wullich, el cuento abreva también en la cuestión de lo indigno de la enfermedad y de la muerte: el desliz del prestigioso retratista no solo inmortalizaría un adminículo tan insignificante como repulsivo, sino que echaría por tierra cualquier pretensión que el retratista cobijara, sea cual fuere, incluso en el plano del amor. Lamentándose de su error, Manuel San Martín debe lidiar con sus dudas y temores a futuro.

Es difícil aventurar qué cosas tendría en la cabeza el Manuel San Martín real; aunque podemos conjeturar que el San Martín ficticio hubiese cambiado su opinión de sí mismo como fotógrafo -por no advertir la bacinilla- unos dieciocho años más tarde. Fue cuando Bartolomé Mitre, otro expresidente argentino, apareció fotografiado en su cama, en plena agonía, en ese momento tan humano, pero tan indigno como la bacinilla que también aparece en la foto del moribundo. Viviana Aubele

Escuchar el audiocuento La bacinilla, de Gustavo Di Pace

Museo Sarmiento
Relato de Daniel Balmaceda para La Nación
Últimos días de Sarmiento en Diario de Cuyo

 

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