AMÉRICA, interpretación de Keyserling y Martínez Estrada

Obra póstuma y única  de Carlos Torres, fruto de toda una vida de reflexión y lectura

El nombre de Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) hará sonar alguna lejana campana en la memoria colectiva de los argentinos. Quizás no tanto el de Hermann von Keyserling (1880-1946). El primero inició sus pasos en la poesía y continuó con el ensayo; fue un hombre capaz de realizar una punzante crítica de la historia e idiosincrasia argentinas, y es autor de Radiografía de la Pampa (1933) y de Muerte y transfiguración del Martín Fierro (1948). Es justamente en la categoría de ensayo donde Martínez Estrada fue más prolífico. El segundo, de cuna aristocrática, tuvo el privilegio o la desgracia de tener amistad con Victoria Ocampo, quien no le dio pie a más que eso. Keyserling, un alemán báltico, escribió Meditaciones sudamericanas (1932) y abandonó nuestras tierras con desazonador desencanto.

Hacia principios de la década de 1940, un joven de General Lamadrid criado en Coronel Pringles comenzó a escribir una serie de ensayos que tenían como ejes principales a estos ensayistas. La faena le llevó casi cinco décadas, y la finalizó poco antes de su fallecimiento. A los 66 años, Carlos Torres (1921-1987) abandonaba este mundo sin publicar sus escritos, pero dejando un legado entrañable, fructífero y rebosante de cultura y vida familiar matizados con un punzante e ingenioso sentido del humor. A su hija -Silvia Torres- le quedó, durante muchos años, el único ejemplar mecanografiado; y la nieta de Carlos, la periodista Margarita Pollini, propuso, con muy buen criterio, publicar los ensayos de su abuelo.

Carlos Torres no tuvo formación académica, pero sí empleo en la prestigiosa librería El Ateneo, donde no solo cumplía su función de vendedor de libros: Torres los leía, los digería, reflexionaba sobre estos, y escribía. De esas reflexiones nacidas de horas de lectura, de un enorme bagaje cultural y de una mirada inteligente y aguda, surge América en la interpretación de Keyserling y Martínez Estrada.

El trabajo se estructura en tres partes. En Introducción: El tema de América, Torres adelanta  las similitudes y las diferencias entre la obra de uno y otro ensayista, y ya despunta su particular sentido del humor y agudeza que permearán el libro hasta las últimas páginas. Las dos partes que siguen, a su vez, se subdividen en varios ensayos. La primera, El conde de Keyserling, aborda la influencia del pensamiento alemán en el continente americano (según Torres, “los alemanes debieran ser considerados los verdaderos descubridores de América”). Narra algunos pormenores del encuentro entre Keyserling (“el primer injerto de la cultura alemana en la afrancesada cultura argentina”) y Victoria Ocampo, objeto de su fascinación y quien lo apegó a Sudamérica. Ese choque de planetas produjo en él un sentimiento por ella que “se transfirió a todo nuestro continente y a sus moradores”; ella, en cambio, lo comparaba con Genghis Khan (de quien, se dice, era descendiente Keyserling). El autor observó la peculiar simbiosis entre este conde europeo y Sudamérica, “su mitad coincidente”, que “desataba el torrente de su riqueza sensitiva, emocional y anímica”. Torres da un cierre melancólico a esta historia comparando el desamor de Victoria hacia el conde con un descenso de los Campos Elíseos.

La segunda parte, Ezequiel Martínez Estrada, es  la más extensa, la de mayor elaboración y complejidad. Torres estructura esta parte en dos; una, sobre su militancia ideológica en la Argentina, y otra sobre su viaje a Cuba y posterior desilusión. No solo la capacidad de análisis de la obra de Martínez Estrada fue lo que le permitió al autor realizar un examen exhaustivo, sino también su trato personal con el escritor. Torres disecciona Radiografía de la pampa, a la que no solo compara con el Facundo de Sarmiento, sino que la define como “una obra de crisis”, “un libro antipatriótico”, “una obra chocante”. Analiza, además, otras obras de ficción de Martínez Estrada y dedica varias páginas a Muerte y transfiguración del Martín Fierro, para la que no ahorra ningún tipo de crítica: “…(Martínez Estrada) no sabe cómo hacer para amarrar, para encerrar al personaje con tranca y cerrojo (…) sólo para no arribar a las más simples de las conclusiones: que el Martín Fierro es el testimonio de cuál era el trato que se le dio el paisanaje”, escribe, entre todo un cúmulo de dardos cargados de ironía.

Tampoco escatima Carlos Torres flechazos contra lo que él denomina “la experiencia cubana” de Martínez Estrada, cuya visión idílica y contemplativa de la revolución castrista chocó estrepitosamente con lo que él pudo experimentar de cerca. “Martínez Estrada” escribe Torres, “volvió desilusionado de Cuba. Así lo hace suponer el silencio que siguió a su viaje de regreso”. Y añade, con refinada acrimonia: “De haber ocurrido lo contrario, nos hubiéramos enterado”.

Con mucho ingenio y elegantes sarcasmos desparramados por varias partes, Torres se aboca a desmenuzar con fundamento el pensamiento de Martínez Estrada, apelando a citas y referencias a otros autores. Maneja un lenguaje que revela no solo un vasto caudal de cultura aprendida de los libros, sino también una tierna picardía aprendida en la facultad de la vida. El universo de Carlos Torres no solo es rico en conocimientos: filosofía, historia, literatura, sociología, poesía, y más. Su universo delata una abundancia en el uso de la lengua que, a juzgar por la pobreza de vocabulario imperante, da una sana envidia. Viviana Aubele

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Hermann von Keyserling en Wikipedia 
Ezequiel Martínez Estrada en Wikipedia
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