Colaboración / Tomar partido – Actúan: Lucila Gandolfo, Sebastián Holz, Osmar Nuñez, Boy Olmi, Romi Pinto, Néstor Sánchez – Músicos: Mariano Manzanelli, Agostina Sempolis – Cantante: Vicky Gaeta – Escenografía: Gastón Joubert – Vestuario: Luciana Gutman – Iluminación: Horacio Efron – Sonido y video: Gabriel Busso, Marcelo Manente – Autor: Ronald Harwood – Director: Marcelo Lombardero
Desde el preciso momento en que el arte se relaciona con la dimensión de lo simbólico, se convierte en un elemento de poder político. Dominar lo simbólico es disponer de un acceso directo a un rol de influencia; los tiranos y mandamases del mundo conocen desde siempre la existencia de este enlace. Por supuesto, cuando el arte se convierte en un instrumento de las relaciones políticas, se genera una contradicción, pues la más noble de las manifestaciones humanas se ve degradada a funcionar como elemento de propaganda.
En tiempos despóticos, el arte es uno de los primeros afectados: algunas manifestaciones se prohíben, en tanto otras se privilegian por ser identificadas como representativas de la facción dominante. Así sucedió cuando el nazismo bloqueó la producción de todo aquello que incluyó bajo el rótulo de arte degenerado (Entartete Kunst), abarcativo tanto del arte moderno como todo lo que pudiese ser sospechado de tener influencias bolcheviques o judías.
Todo lo que escapara a los lineamientos ideales de un arte representativo de lo alemán y lo ario fue dejado de lado, cuando no directamente prohibido. Los artistas judíos fueron proscriptos y ya no tuvieron más oportunidades de trabajo. Vincularse con un artista judío, pasó a ser incluso algo peligroso.
El Teatro San Martín armó un díptico integrado por dos obras de un mismo dramaturgo, el sudafricano Ronald Harwood (n. 1934), centradas ambas en torno de la relación del nazismo con la música. Además de ser el autor de El vestidor, quizá su obra más popular, Harwood también es el autor del guión de la película El pianista de Roman Polanski, curiosamente otro trabajo en el que también tematiza el arte musical puesto en tensión con los dilemas morales propios de la guerra, a partir de episodios reales.
La primera de las dos obras –Colaboración– nos presenta la relación que hubo entre el compositor Richard Strauss y el intelectual Stefan Zweig, libretista de su ópera Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa), a cuyo estreno Adolf Hitler no asistió pues Strauss se negó a que el nombre de su colaborador fuera retirado de los carteles que anunciaban la función. Poco después -a pesar de que para los jerarcas nazis Strauss representaba el ideal de la música alemana-, la obra fue definitivamente prohibida.
Colaboración repasa los detalles de la relación entre el compositor y Zweig, da cuenta de las presiones a las que Strauss fue sometido, y termina con la declaración del músico, luego de la guerra, ante el tribunal que lo pone bajo sospecha como colaborador del régimen nazi.
En este mismo punto es donde se inicia la segunda de las obras, Tomar partido. El personaje protagonista es el ilustre director de orquesta Wilhelm Furwängler. A pesar de haber ayudado en cuanto pudo a sus músicos judíos, fue acusado de colaboracionista por haber continuado trabajando -y encumbrándose profesionalmente- en la Alemania nazi, a diferencia de otros artistas que prefirieron continuar sus carreras en el extranjero.
La pieza permite abordar algunas interesantes ideas en cuanto a la esencia del arte en general, la música en particular, y la función de los intelectuales y los artistas en contextos de barbarie como el descripto.
Con una más que aceptable puesta escénica, las dos obras son llevadas adelante por el mismo grupo de actores, de quienes destacamos la participación de Osmar Nuñez en los papeles de Richard Strauss y Wilhelm Furtwängler. Por el contrario, Boy Olmi nos resultó mucho más creíble en su papel de Stefan Zweig que como el Mayor Steve Arnold, el militar empeñado en demostrar la presunta culpabilidad del director alemán en la segunda de las obras. Ese personaje tiene una impronta más cercana a lo argentino que a la de un auténtico oficial norteamericano.
Emocionante nos resultó la participación de la cantante Vicky Gaeta, acompañada por Mariano Manzanelli en piano y Agostina Sémpolis violín, haciendo la coda musical en vivo de la primera parte. En resumen, estas dos obras dirigidas por Marcelo Lombardero son especialmente recomendadas para los amantes del teatro y de la música clásica.
De nuestra parte creemos que la música es siempre inocente. Así como Richard Wagner no tuvo la culpa de las atrocidades cometidas por los nazis, ni Rachmaninov merecería ser acusado por el conflicto que hoy existe entre Rusia y Ucrania, tampoco Richard Strauss, ni Herbert von Karajan, ni Wilhelm Furwängler, ni ningún otro artista, merecerían ser juzgados por haber intentado seguir haciendo arte, a pesar del mal uso que un grupo de salvajes ilustrados haya pretendido hacer -antes, durante o después- del mismo. Germán A. Serain
Se dio hasta agosto 2019
Teatro San Martín
Av. Corrientes 1530 – Cap.
0800-333-5254
complejoteatral.gob.ar
















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