EL GRAN DICTADOR, impresionismo blanquinegro

A 80 años del estreno de la película de Chaplin y 75 del suicidio de Hitler

Retrospectivamente, se puede tener una mirada más nítida de los acontecimientos del pasado. En cambio, estar inmerso en los acontecimientos del aquí y ahora es como mirar un cuadro impresionista a dos centímetros de distancia. En 1940, la Segunda Guerra ya hacía un año que había estallado, y hacía algunos más que los judíos eran sistemáticamente perseguidos y llevados a campos de concentración.

Faltaban algunos años todavía para comprender de manera acabada lo que significó el régimen nazi para Europa, en particular, y para el mundo en general; faltaban algunos años para que los aliados vieran nublada la cumbre de su victoria al comprobar con sus propios ojos los horrores perpetrados en Auschwitz-Birkenau y en los demás campos de exterminio.

El gran dictador fue la primera película hablada de Charles Chaplin. Él la escribió, la dirigió e hizo dos papeles: el de Adenoid Hynkel, parodia del tirano nacido en Austria, y el del barbero judío, un personaje del que nunca se sabe su nombre. La impronta de Charlot es inconfundible: el barbero judío viste a lo Carlitos (bombín, traje negro y bastón), afeita a un cliente al ritmo de la Danza húngara No. 5 de Brahms. Con su típica y elegante torpeza burla a los oficiales de Tomainia (una parodia de Alemania) cuando estos lo quieren prender, y siempre los hace quedar como unos grandísimos tontos.

Pero aunque las otras películas de Chaplin tienen esa extraña potencialidad de hacer reír y de despertar la amarga sensación de que eso que él plasma en la cinta es ni más ni menos que la vida misma, esta se destaca. Porque, viendo la película en retrospectiva, a  casi ochenta años de su estreno (en octubre 2020), cuesta creer cómo un hombre que supo bocetar en cinta fílmica y con tanta sencillez y sensibilidad las fragilidades del ser humano, pudo haber sido capaz de tratar un tema tan delicado con pinceladas humorísticas. En su defensa, hay que decir que Chaplin manifestó en su autobiografía -escrita en 1964- que “de haber conocido el verdadero alcance de las atrocidades nazis, no podría haber hecho mofa de esa locura homicida”.

¿Se habrá apresurado Chaplin al filmar El gran dictador? A juzgar por la recepción de la que su producción gozó, diríamos que no. Si su idea era generar revuelo en planos distintos, lo consiguió. En el ámbito más personal, su matrimonio con Paulette Goddard -la Hannah de la película- estaba literalmente tan agitado como la política mundial de entonces: terminaron divorciándose en términos amistosos. En el Reino Unido la primera reacción fue la de no dejar que se viera la película; claro, lo que se pretendía entonces era no ir al choque directo con el monstruo en ciernes.

Pero una vez que entraron en guerra con Alemania las cosas cambiaron, y la película se estrenó en 1941. En la España franquista fue prohibida hasta 1976, tras la muerte del Generalísimo; en Argentina fue censurada y solo se pudo estrenar el 31 de mayo de 1945. Un mes antes, Hitler se quitaba la vida en su búnker de Berlín, antes de que sus enemigos se tomaran la molestia de hacerlo por él.

Hubo quienes afirmaron que el Führer, al enterarse de que Chaplin estaba filmando El gran dictador, fue picado por la curiosidad a tal punto que, aunque en Alemania y en todos los países dominados por esta no podía proyectarse la película, se procuró una copia y la vio dos veces. Chaplin hubiese dado cualquier cosa por conocer la opinión del modelo original para su personaje.

El final de la película es un llamado mundial a la sensatez, una apoteosis de la paz y de la armonía entre seres humanos, sin distinción alguna. La invasión de Alemania sobre Francia debe haber movido las fibras más íntimas de Chaplin, pues ese no habría sido, en principio, el final que él tenía previsto. Después de un giro irónico donde Hynkel es confundido por el barbero judío, y este a su vez es confundido con Hynkel, el barbero sube al estrado en algún lugar de la ahora sojuzgada Osterlich (nombre ficticio representativo de Austria) rodeado por toda la oficialidad de Tomainia. Pero el barbero no es Hynkel, y durante cinco minutos interpela a todos, sin distinción de credos ni de razas ni de nacionalidad, a frenar tanta locura y  barbarie. Es posible que Chaplin, para ese entonces, ya estuviese empezando a alejarse del cuadro impresionista. Viviana Aubele

                                    Fragmento – Discurso final de Hynkel, el barbero judío

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