Hay obras de arte que reflejan con transparencia el tiempo al cual pertenecen. Otras, por el contrario, parecen ubicarse más allá de cualquier época. Es el caso de la cantata sacra Nican Mopohua, del compositor argentino Pedro Chemes. Más allá de cualquier tiempo, pero no de cualquier geografía. La obra, que se estrenó en la Basílica Nuestra Señora de la Merced, en el marco de un concierto que llevó el título de 300 años de música sacra en Latinoamérica, tematiza las apariciones de la Virgen de Guadalupe y fue compuesta para coro mixto y un ensamble de instrumentos barrocos, que en este caso incluyó un quinteto de cuerdas, oboe, órgano, guitarra, tiorba y percusión.
El título de esta cantata, Nican Mopohua, que significa «aquí se narra» en lengua náhuatl, es el mismo que lleva el relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, en la tradición mexicana. Cuatro veces ante un indígena, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en el cerro del Tepeyac, y en una quinta ocasión ante Juan Bernardino, tío de Juan Diego. Este complejo texto, escrito con caracteres latinos a partir de una transcripción fonética del relato en lengua náhuatl, es atribuido a Antonio Valeriano de Azcapotzalco (1520-1605), un indígena noble, estudiante del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, alumno nahua de fray Bernardino de Sahagún (1499-1590). Valeriano habría oído el relato directamente de Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
La historia cuenta que un sábado, mientras Juan Diego caminaba hacia Tlatelolco, se le apareció la Virgen María, quien le encomendó que en su nombre pidiese al obispo, el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en aquel preciso lugar. El obispo se mostró escéptico, pero la Virgen le indicó a Juan Diego que insistiera con su encargo. Luego, en una tercera aparición le prometió que le daría una señal para respaldar sus dichos. Sin embargo, el lunes siguiente a la primera aparición, Juan Diego encontró a su tío Juan Bernardino muy enfermo, por lo cual, olvidando el compromiso tomado con la Virgen, en lugar de ir a su encuentro salió en busca de un confesor. Entonces la Virgen volvió a aparecer ante él una vez más: le dijo que no se preocupara por su tío, y que le llevara al obispo la señal prometida.
La Virgen le pidió que subiera a la cumbre del cerro en donde solía verlo y que cortara las flores que allí iba a encontrar. A pesar del frío invernal y la aridez del lugar, Juan Diego halló varias flores que llevó a la Virgen. Ella le indicó entonces que las envolviese en un manto y que las presentara al obispo como prueba. Así lo hizo Juan Diego, quien una vez ante el obispo dejó caer las flores, dejando expuesta en el tejido la imagen nítida de la Virgen de Guadalupe, que desde ese momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.
Dice la tradición que la imagen que hasta hoy se exhibe en la Basílica de Guadalupe sería la misma que en ese día del año 1531 vieron el obispo y Juan Diego, quien condujo a un grupo de personas hasta el lugar en el cual la Virgen se le había aparecido y donde debería erigirse su santuario. Luego lo acompañaron para ver a su tío, Juan Bernardino, a quien hallaron perfectamente sano. Bernardino narró entonces que una señora lo había sanado, diciendo que su voluntad era ser llamada «la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe».
Más allá de las razonables dudas que despierta este relato, lo cierto es que la historia de la Virgen de Guadalupe plantea dos escenarios interesantes. El primero es el choque entre el pueblo y la cúpula institucional de la Iglesia: la Virgen no se le aparece al obispo, sino a un humilde indígena, a quien escoge como interlocutor y mensajero. El segundo, el hecho de que la imagen estampada en la tela del indio Juan Diego es el primer y único ícono americano que integra símbolos representativos de ambas culturas, la de los pueblos originarios americanos y la de los europeos. Venerada en toda Latinoamérica, la Virgen de Guadalupe es así un símbolo de integración latinoamericana que trasciende el catolicismo y cuestiona la verticalidad eclesiástica.
En sintonía con esta realidad, la cantata compuesta por Pedro Chemes combina textos en náhuatl y en castellano, no a la manera de una traducción, sino como pura integración. Del mismo modo, también se reconocen en la elaboración de la obra técnicas musicales contemporáneas yuxtapuestas a elementos propios de la tradición barroca, el canto gregoriano y reelaboraciones del folclore latinoamericano. La figura de Juan Diego, enfrentada en su absoluta humildad al poder del obispo, se ve reflejada en las voces del coro, como si fuese una reivindicación de la presencia eterna de un pueblo que, desde su sencillez y autenticidad, se niega a desaparecer o a callar.
Bajo la precisa dirección del maestro Federico Ciancio, además del Nican Mopohua el programa, que fue ofrecido en homenaje a nuestro Papa Francisco, se completó con obras de dos compositores de origen italiano con fuerte presencia en la América barroca, Domenico Zipoli y Roque Ceruti. La calidad interpretativa fue de excelencia, tanto en la parte coral como instrumental, destacándose además la participación de varios solistas. En un escenario en el cual la expresión artística tiende a ser subvaluada, la aparición de obras nuevas con la calidad de esta cantata sacra Nican Mopohua de Pedro Chemes es una noticia que sin dudas vale la pena destacar. Sólo cabe esperar que se pueda contar con el respaldo necesario para que su conocimiento llegue a mucha más gente. Germán A. Serain
Fue el 17 de diciembre de 2025
Basílica Nuestra Señora de la Merced
Reconquista 209 – CABA









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