HÉCTOR ZARASPE (1930-2023), al maestro con cariño

La danza es la liberación del hombre, afirmaba en 1990, entrevistado por Martin Wullich en la Juilliard School

Hace 3 días murió Héctor Zaraspe. El gran maestro tucumano fue entrevistado por Martin Wullich en la Juilliard School de New York, en enero de 1990. Unos días antes, el periodista  había cubierto la gala de fin de curso de la misma escuela. Ambas notas fueron publicadas por el diario El Cronista. Aquí reproducimos lo publicado entonces.

New York – 144 West de la Calle 66, casi Broadway. Mediodía. Allí me espera Héctor Zaraspe, en el segundo piso de la Juilliard School, sentado a una mesa del pacífico buffet. Gran cantidad de cartas y tarjetas que ha recibido esa mañana testimonian el cariño y afecto de quienes han depositado en el maestro su temprana vocación por la danza. Y a quienes ha enriquecido no solo profesionalmente, sino espiritualmente.

Zaraspe es tucumano por adopción pues, aunque nació en Catamarca, “donde aprendí a rezar, a cantar, a bailar, a jugar, todo fue en el pueblito de Aguilares, en Tucumán. En realidad, la Virgen del Valle sabe que soy de ella, pero me lo perdona”. Recordando sus comienzos en la Escuela Frías Silva, y a la señorita María Antonia Fernández, quien les armaba las números de fin de año, Zaraspe apunta que el primer año bailó una danza llamada Los Enanitos, y no resiste la tentación de cantarla: “Ahí viene la china de punta de pie, la ra la la lá…”.  Pero a pesar de que la zamba y la chacarera le gustaban mucho, quería hacer zapateo americano. “El folclore me resultaba poco, y así fue como decidí ir a Buenos Aires con mi madre”. Como todo cambio, no fue fácil. “Mientras estudiaba baile español, vendía caramelos en el aeropuerto y limpiaba el mismo estudio para poder pagar mis clases. Cuando comencé con el ballet clásico, recuerdo que le pagaba a mi maestro Otto Weber con gallinas”, comenta riéndose Zaraspe.

A partir de una audiencia con Eva Perón, quien en ese momento crea un concurso para entrar al Teatro Colón, Zaraspe logra estudiar en la Escuela de Danza, mientras nace su vocación docente. Comienza a dar clases en la Escuela de Artes y Oficios de Morón y recibe uno de los más bellos regalos que sus alumnos podían otorgarle: un viaje a España. “Y desde ese momento –observa Zaraspe- todo fue seguir el destino. El próximo paso fue un estudio en donde ya pude armar coreografías de zarzuela para la televisión y entre mis alumnos estaban María del Manto, Caracolillo, Sandoval, Naná Lorca…”. El actor Alberto Closas le dio la oportunidad de acceder al teatro en España con la obra Buenas noches, Betina y “eso fue –manifiesta alegremente- la puerta grande para mí como coreógrafo”. La vida del maestro continuó por Inglaterra, Francia e Italia en plan de estudio, gracias al éxito obtenido en coreografías para obras de teatro y películas, entre las que se contó Spartacus y 55 días en Pekín. A los Estados Unidos llegó con la compañía de Antonio Gades.

Y Héctor Zaraspe no se equivocó. Robert Joffrey lo vio dando clases y lo nombró Maestro de su compañía. “A él y a Alvin Ailey les debo muchísimo desde mi llegada aquí. Rudolf Nureyev me pidió que le diera clases privadas en la escuela de Joffrey y en un corto lapso me convertí en su asistente y maestro privado, acompañándolo en varios de sus viajes”. Luego señala: “él tenía la técnica de la Escuela de Leningrado y de ninguna manera yo iba a modificar eso, sino lo contrario, cuidar de esa joya y permitir que no se estropeara: esa era mi misión”. Zaraspe opina que para ser un buen maestro se necesita psicología y comprender a cada alumno: “Me siento un maestro cuando los alumnos me quieren, cuando me regalan sus fotografías dedicadas, cuando me agradecen los padres de ellos. Yo recuerdo a mis maestros con mucho cariño. Es por eso que cuando me llaman “maestro” es la mejor condecoración que me pueden dar”. Y si quien así piensa ha dado clases a Nureyev, a Margot Fonteyn, a Yvette Chauviré, a Olga Ferri, a Violette Verdy, a Patricia Neary, a Scott Douglas, a Liliana Belfiore, entre tantos otros, algo debe ser real en aquel aserto que afirma que detrás de un buen profesional hay siempre un buen maestro. Pero, para ser buenos profesionales, Zaraspe advierte que deben seguir estudiando y “quien se cree maduro, se cae, como la pera del árbol; esto me lo han enseñado Fonteyn y Nureyev, quienes jamás han sido estrellas en la clase y han respetado siempre al maestro y al grupo”.

Héctor Zaraspe, quien actualmente escribe un libro dirigido a los alumnos y piensa volver alguna vez a la Argentina a instalar una “pequeña Juilliard”, define a la danza como la liberación del hombre y afirma: “el bailarín lleva en su alma la música y la pinta en el aire cuando baila”. Asimismo señala que no siempre basta con una buena técnica, sino que “hay que expresarse con el corazón”. Por eso explica que “el ser humano tiene algo hermoso: sus sentimientos, pero si ellos no comprenden al semejante, no sirve. Nunca hablo de religión, pero insisto en que pidan a quien para mí es Dios y para otros puede ser alma, vida, naturaleza, Buda, pero hay que creer en algo. Me gusta enseñar que lo único que mata al ego es el amor”. Martin Wullich

Sitio Web de la Juilliard School

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