LOS PREMIOS GARDEL 2021, de vivos y dislates

Una vez más los galardones a la música despiertan comentarios críticos

Organizados desde 1999 por CAPIF (Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas), los Premios Gardel son -o pretenden, o deberían ser- el premio más importante en Argentina en materia de música e industria discográfica. Según ellos mismos declaran, su intención es distinguir lo más destacado de la música nacional, premiando el talento de los artistas argentinos en diversos géneros y categorías. Sin embargo, desde hace rato que esta iniciativa viene haciendo agua. Una vez más padecemos la odisea de los Premios Gardel.

El jurado de los Premios está integrado por músicos, periodistas y otros miembros de los medios de comunicación, productores de espectáculos, ingenieros de sonido y diversas personalidades vinculadas a la música. El autor de esta nota es jurado, en su doble condición de periodista y productor. Y acaba de ser convocado para emitir su voto en la primera ronda de la entrega correspondiente al año 2021.

Los Premios funcionan de esta manera: primero los integrantes del comité de voto pueden postular en las diferentes categorías discos que hayan sido editados durante el transcurso del año inmediato anterior. Una vez realizadas estas postulaciones, hay dos rondas de votación. La primera determina cuáles son los discos que quedarán efectivamente nominados en cada categoría, y la segunda definiría los ganadores.

Sin embargo, en ocasiones este proceso, aparentemente sencillo, puede convertirse en una odisea. Y peor aun: en una avalancha de dislates. Y si este jurado se ve motivado a decirlo es porque se toma en serio su papel, y porque le interesa que los artistas tengan un espacio en donde ser debidamente reconocidos. Dicho lo cual, podemos pedirle al gentil lector que nos acompañe en nuestro proceso de votación en la primera ronda de los Premios Gardel 2021.

Primera complicación: cada jurado debe comenzar a votar sí o sí en categorías que son obligatorias. Entiéndase algo: todos los jurados tenemos afinidades por determinados rubros, más que por otros. Quien esto escribe, por ejemplo, se especializa en música clásica y jazz, por más que también entienda de rock o de folclore. Pero en los Gardel no importan cuáles sean las competencias: si el jurado no vota por alguno de los álbumes propuestos en estas cuatro categorías, sean o no de su incumbencia, el sistema no le permitirá seguir adelante.

La primera categoría obligatoria es Álbum del año. Puede parecer algo razonable, pero… hay 595 discos postulados. Hubo un tiempo en que se veían las portadas de los discos, lo que permitía identificarlos más rápido. Pero desde el año pasado solo aparece un recuadro negro, con el nombre del artista y el título del disco. Nos preguntamos si el orden de aparición de los artistas será aleatorio. Entramos varias veces al sistema y verificamos que no. Esto quiere decir que, salvo que uno desee votar un disco elegido con antelación (al menos hay un buscador, gracias CAPIF), tendrán muchísimas más chances de terminar entre los elegidos aquellos artistas cuyos discos aparezcan en las primeras posiciones. Son las que cada jurado verá, hasta darse cuenta de que son tantos los discos postulados que podría demorar un día entero solamente en esta categoría si pretende revisar todo. Votamos por un disco que nos parece al menos digno, a sabiendas de que acaso en los próximos días un artista con mayor mérito nos diga: “¿Pero no viste que mi disco también estaba postulado?” No, sinceramente no lo vi. Y si te tocó estar al final del listado, es probable que no lo haya visto nadie.

Siguiente categoría obligatoria: Canción del año. Más de lo mismo, pero peor. Porque aquí son 2112 (dos mil ciento doce) las postulaciones, y el sistema es el mismo. Por suerte no somos malpensados. De lo contrario nos llamaría la atención que el primer nombre que aparece, entre tantos postulados, es del mismo artista que aparecía en primer término en la categoría anterior. Las casualidades siempre son al menos sospechosas, pero pensamos que probablemente sea una cuestión de carga. Será que cargaron ese disco primero que todos los demás en ambos rubros. Al no haber un sistema de randomización que mezcle las cartas, sucede esto: siempre el as de espadas queda arriba de todo en el mazo. Con o sin mala intención, lo cierto es que ese artista ya tiene muchísimas más chances de terminar postulado, por encima de los dos mil que aparezcan debajo.

Primer truco, entonces, para llevarse uno de los Premios Gardel a casa: avivarse en cuanto a cómo funciona el sistema e intentar que la carga del sistema nos lleve a estar ahí, entre los primeros, en las categorías con más postulados. Por supuesto, en estos asuntos no interviene el artista, pero nos sentimos con derecho a dudar de las discográficas, que además son las dueñas de la pelota. Y también de las reglas de juego. Miramos un poco; nos resistimos a votar cualquier disco. Para colmo, entiéndase: son todas canciones nuevas. La mayoría no las escuchamos nunca. ¿Cómo vamos a decir que es la canción del año? Intentamos emitir el voto con alguna responsabilidad: buscamos un par de artistas que conocemos de antes, escuchamos un par de canciones, y votamos a sabiendas de que con seguridad habrá una mejor canción escondida en otra parte. Pero es como buscar la proverbial aguja en el pajar. Esta canción es buena: la votamos. ¿Será la mejor?… No más comentarios.

Tercera categoría obligatoria. Aquí se sigue complicando la cosa: Mejor nuevo artista. Por supuesto, está muy bien que exista esta categoría. Pero obligarnos a votar en ella es un sinsentido absoluto. Por definición, se trata de artistas nuevos; vale decir, artistas que probablemente muchos jurados no conozcan. Entonces, ¿cómo votar? Escuchando, obviamente. Pero en este rubro son 1541 los postulados. Pienso en una alternativa razonable: digamos que quiero revisar qué hay de nuevo en un rubro determinado, sea folclore, jazz, tango o música clásica. No hay manera de hacerlo, porque está todo junto, como en cambalache: la biblia junto al calefón. Hay sólo un interminable listado de nombres y de títulos, sin ninguna referencia que nos ayude. Claramente, si un disco se titula Standards eso podría llevarnos a asumir que es un álbum de jazz, así que podemos entrar y escuchar un poco, y de ninguna manera perderíamos tiempo revisando el disco de una banda llamada Caramelo Masticable. Pero Las olas podría ser el título de un disco de cualquier género. Volvamos a ver el número de postulados: mil quinientos cuarenta y uno. No hay más remedio. Para poder votar en las categorías en las que tenemos competencia, hay que votar obligadamente aquí. Y aquí vamos: De Tín Marín, de Do Pingüé… 

Llegamos a la cuarta categoría obligatoria: Duetos y colaboraciones. Aquí hay solamente 574 postulados. Hasta nos parece poco, a estas alturas. Pero nos seguimos preguntando por qué tenemos que votar sí o sí en este rubro. Está muy bien que no nos obliguen a votar por el mejor álbum de chamamé, de música trap, de reagge, de cuarteto o de artista tropical. ¿Por qué sí duetos? No tenemos idea. Pero votamos igual, para poder ir por fin a los rubros que sí son de nuestro interés.

El problema de la música clásica

Abramos aquí un paréntesis. Como ya se ha dicho, cada jurado de los Premios Gardel tiene, por formación profesional y gustos, más afinidad con ciertos rubros, y en el caso de quien suscribe la música clásica y el jazz son dos de sus competencias específicas.

El dúo que integran el violinista Elías Gurevich y la pianista Haydée Schvartz es uno de los grupos de música de cámara más destacados de nuestro país, más allá de las impresionantes carreras que además lleva cada uno de ellos por su lado.  El año pasado se editaron dos discos digitales, con obras de Johann Sebastian Bach, Gerardo Gandini, György Kurtág, Claude Debussy, Jorge Antunes, Marta Lambertini y Leos Janacek. Uno de estos discos fue propuesto para participar en los premios, como Mejor álbum de música clásica, pero…

El pero es realmente insólito. De tan absurdo, parece una broma. Sucede que los dos discos de Gurevich y Schvartz están grabados en vivo. Y aunque el reglamento no lo señale de este modo, el álbum propuesto fue impugnado en la categoría que le correspondía por lógica y naturaleza, y quedó relegado a competir en una categoría nueva, la de Mejor álbum de música en vivo. Dice el reglamento de los Premios Gardel que esta nueva categoría “comprende álbumes correspondientes a artistas solistas, dúos o grupos, vocal o instrumental que fueron grabados en vivo”, y añade que estos discos “no podrán participar en las categorías Canción del año ni Álbum del año“. Nade dice de una supuesta exclusión en la categoría de Música clásica. Y está bien que este disco pueda competir como Álbum en vivo, porque así fue grabado. Pero es ante todo un disco de música clásica.

No hubo manera de convencer de este hecho evidente a las autoridades de CAPIF, y así como este excelente disco -de música clásica- hoy está compitiendo con Los Auténticos Decadentes, con Intoxicados, con Diego Torres, Andrés Calamaro, Yacaré Manso, Bersuit Bergaravat y hasta con Bidegain y Los Psicópatas Ambulantes. ¿Cuál es la lógica de tan tremendo disparate? Ya lo hemos dicho: todos estos discos tienen en común el hecho de haber sido registrados en vivo. Nuestros respetos a Camilo Santostefano, director del magnífico ensamble coral MusicaQuantica, a quien le tocó compartir esta ridícula experiencia.

Es que hay evidentemente géneros musicales de primera y de segunda categoría. Y la música clásica claramente pertenece a esta última línea, al menos para el criterio de CAPIF. En este sentido cabe asimismo otra consideración: entre los discos que CAPIF sí se digna a considerar como de música clásica, ¿cómo se hace para evaluar en pie de igualdad la labor de un coro con el trabajo de un pianista, con un concierto barroco o con un recital lírico? Las comparaciones son odiosas, pero en los Premios Grammy, a los que en definitiva los Premios Gardel pretenden  emular, existen no menos de ocho categorías diferentes destinadas a la música clásica.

En otro orden de cosas, aprovechamos para señalar otra curiosidad: en un contexto en el cual muchos artistas celebran la promulgación de la Ley 27.539, que garantiza un cupo femenino y de acceso a las artistas mujeres a eventos musicales, los Premios Gardel decidieron ir a contramano y unificaron en categorías únicas rubros que antes estaban divididos en artistas masculinos y artistas femeninos. De este modo, en las actuales categorías destinadas a elegir al mejor artista de folclore, tango, rock o música pop, entre otras, hombres y mujeres compiten en igualdad de condiciones. Resulta un tema debatible, en todo caso; pero no deja por ello de ser algo curioso. En música clásica ciertamente da lo mismo que un violinista sea hombre o mujer; pero de ninguna manera daría igual que un cantante fuera barítono o fuese mezzosoprano.

Una buena: el año pasado, en el rubro Mejor Diseño de Portada la presentación en pantalla era la misma que en las restantes categorías. Este año se avivaron y el sistema permite ver la portada sin necesidad de ir a hacer clic en cada disco postulado. Gracias de nuevo, CAPIF; y es en serio. Pero si de verdad quieren rescatar del desastre estos premios, que deberían ser los más importantes de la industria discográfica en el país, y acaso de Sudamérica, va siendo hora de que empiecen a tomarse las cosas con un poco más de seriedad.  Germán A. Serain

Escuchar los discos de Elías Gurevich y Haydée Scvhartz en Deezer
Escuchar a Camilo Santostefano y MusicaQuantica

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