LOS ÁRBOLES DE LA PAZ, refugio de humanidad

Cuatro mujeres ocultas durante el genocidio de Ruanda en un conmovedor relato sobre la solidaridad, la resistencia y la esperanza

Los árboles de la paz (2001, Estados Unidos, 97 min.) – Género: Drama, África – Reparto: Eliane Umuhire, Charmaine Bingwa, Elia Cannon, Bola Koleosho, Tongayi Chirisa – Música: David Buckley – Fotografía: Michael Rizzi – Guion y Dirección: Alanna Brown – Distribuye: Netflix

El cine permite viajar hacia realidades poco conocidas. Los árboles de la paz, película basada en hechos reales, nos traslada al genocidio de Ruanda (1994), una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX. Para comprender el trasfondo de la historia basta recordar que la administración colonial belga consolidó la división entre hutus y tutsis, otorgando privilegios a la minoría tutsi y relegando a la mayoría hutu, una desigualdad que décadas después desembocaría en el genocidio. Entre abril y julio de 1994 fueron asesinadas alrededor de ochocientas mil personas, en su mayoría tutsis y también hutus moderados que se opusieron a la masacre. A ello se sumaron violaciones sistemáticas contra cientos de miles de mujeres.

La película nació de los testimonios que Alanna Brown recogió en 2008 durante una entrevista con Francine LeFrak, fundadora de Same Sky, organización dedicada a la rehabilitación y al intercambio cultural con mujeres sobrevivientes de Ruanda y otros países africanos. A partir de esas experiencias escribió y dirigió una ficción de gran intensidad dramática que privilegia la intimidad de sus personajes por encima de la reconstrucción espectacular de la tragedia.

La historia reúne a cuatro mujeres de distintos orígenes que permanecen ocultas durante tres meses en el sótano de una familia hutu moderada. Ese reducido espacio se convierte en un escenario donde conviven el miedo, el hambre, la claustrofobia y la desconfianza inicial, sentimientos que poco a poco dan paso a la solidaridad y al entendimiento mientras, desde el exterior, llegan los ecos de la persecución y las matanzas.

Brown construye con inteligencia la personalidad de cada una de las refugiadas: dos mujeres tutsis de temperamentos opuestos, una joven hutu atrapada entre la culpa y el temor, y una voluntaria estadounidense. Sus confesiones revelan distintas heridas provocadas por la violencia: pérdidas familiares, abusos, hambre, esterilidad y un miedo permanente que solo encuentra cierto alivio en la fe y en la esperanza.

La directora, que además interpreta a la mujer embarazada dueña de la casa, aprovecha con sensibilidad el juego de luces y sombras del encierro. La tenue iluminación realza los rostros y las expresiones de las protagonistas, mientras el embarazo adquiere un poderoso valor simbólico. El libro Los árboles de la paz, que las mujeres leen durante su cautiverio, habla de semillas capaces de germinar aun después de la devastación, metáfora que culmina con el nacimiento del bebé como afirmación de la vida frente al horror.

Las interpretaciones de Eliane Umuhire, Charmaine Bingwa, Ella Cannon y Bola Koleosho transmiten con convicción la desesperación, la resignación y, sobre todo, la voluntad de sobrevivir en circunstancias extremas. A ellas se suma Tongayi Chirisa, convincente como el hombre que arriesga su vida para abastecer y proteger a las refugiadas.

Los árboles de la paz es una obra conmovedora que invita a reflexionar sobre las consecuencias del odio, la intolerancia y la violencia étnica. Más que reconstruir un episodio histórico, busca preservar la memoria de sus víctimas y recordar que ningún pueblo está a salvo cuando la discriminación y el fanatismo sustituyen a la convivencia. En ese sentido, la película trasciende el caso de Ruanda y adquiere una vigencia que resuena en cualquier sociedad marcada por la intolerancia y la violencia. Martha Wolff

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