NO ME OLVIDES, músicas por el dolor

Rescatamos el concierto que conmemoró en 2015 el centenario del genocidio armenio

Dicen que la música cura. Probablemente esto sea cierto en algunas circunstancias, y en otros casos pese más la verdad alternativa, esa que señala que algunas heridas jamás podrán cerrarse, y algunos dolores nunca podrán borrarse del todo. Y está bien que así sea, porque el dolor ayuda a preservar la memoria del olvido. “No me olvides” -o nomeolvides- fue el nombre del concierto. Es también el nombre de la flor elegida como símbolo del genocidio armenio.

Cada 24 de abril se conmemora el secuestro y asesinato de 250 líderes armenios en Turquía, que marcó el inicio de un genocidio que le costó la vida a un millón y medio de seres humanos entre los años 1915 y 1923, y dejó más de un millón y medio de muertos. Cabe señalar que se habla de genocidio en sintonía con un documento de la Organización de las Naciones Unidas de 1948, que lo define como un acto de asesinato colectivo que tiene la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.

El horror derivó de una desigual organización social y política del Imperio Otomano, del cual Armenia era parte, donde la cima del poder estaba reservada a una élite de musulmanes otomanos, mientras que el resto de los grupos no musulmanes, entre los que se contaban los armenios, eran considerados ciudadanos de segunda. 

Cuando la guerra ruso-turca obligó al Imperio Otomano a ceder buena parte de su territorio, en 1878, fue necesario encontrar un chivo expiatorio que justificase el derrumbe imperial. Entonces comenzó a correrse la voz de que los armenios habían ayudado a los rusos. Bastó con este rumor para que comenzaron los saqueos y los crímenes. El sentimiento nacionalista otomano chocó violentamente con los movimientos armenios que tímidamente pedían más autonomía. 

Cuando a comienzos del siglo XX el fundamentalismo islámico alcanzó el poder político, unos dos millones de armenios vivían en el Imperio. La crisis era grave en varios aspectos, incluyendo el económico. Pero la desarticulación imperial tuvo además como consecuencia que una enorme cantidad de musulmanes expulsados de los Balcanes, Crimea y el Cáucaso llegaran como refugiados a Anatolia. Acarreaban un acendrado odio hacía los cristianos que al independizarse los habían desterrado.

Esto facilitó el crecimiento de grupos nacionalistas que, alentados desde el Estado, pronto saquearon e incendiaron las casas de los pobladores armenios, asesinando a miles de ellos. Los testimonios cuentan que se mataba a mansalva, que se quemaba vivas a las personas adentro de sus casas o se las mutilaba y torturaba antes de liquidarlas, incluso tratándose de mujeres, niños o ancianos.

El silencio internacional ante estos graves hechos, que continuaron con matanzas sistemáticas y el destierro de los sobrevivientes, favoreció que años más tarde Joseph Goebbels utilizara, durante el Holocausto Judío, argumentos muy similares a los que esgrimió el gobierno turco para justificar estos horrores, acusando al pueblo armenio en su conjunto de traición y de ser todos ellos subversivos, sin importar que esa acusación cayera incluso sobre infantes o recién nacidos.

Los nazis tomaron nota, al punto que el propio Adolf Hitler, en 1939, antes de invadir Polonia y dar inicio a la Segunda Guerra Mundial, dijo a sus colaboradores: “Después de todo, ¿quién recuerda hoy el exterminio de los armenios?”. En esta pregunta radica la evidencia de lo importante que es conservar la memoria.

El 28 de marzo de 2015, al cumplirse el centenario del inicio del genocidio armenio, se desarrolló en Buenos Aires, en cercanías del Monumento de los Españoles un multitudinario concierto en vivo, a cielo abierto, con un programa orquestal que contó con la dirección del Maestro Santiago Chotsourian. 

En este acto público, organizado por la comunidad armenia argentina y la hoy desaparecida emisora de radio y televisión digital Arpeggio, la música intentó cerrar heridas, pero fundamentalmente mantener abierta la memoria (no me olvides). Del concierto participaron Liliana Vitale, la soprano Alla Avetisyan, el tenor Marcelo Kevorkian, el Coro Nacional de Jóvenes preparado por Néstor Zadoff, la soprano Lourdes Flügel y el tenor Emanuel Groh, del Coro Polifónico Nacional de Ciegos.

Con el lema No me olvides, el concierto -que puede verse completo desde esta página- abre con la Procesión del Sardar, de los Bocetos caucásicos de Mijail Ipolitov-Ivanov, y también incluye un fragmento de la sinfonía La montaña misteriosa de Alan Hovhaness, un Vocalise de Arno Babajanian, tres piezas de Aram Khatchaturian -entre ellas la famosa Danza del sable-, y una selección de los Requiem de Verdi y de Mozart.

Todo esto fue combinado con el Malambo de Alberto Ginastera, Libertango de Astor Piazzolla (con la participación de Gagyk Gasparian en duduk), y tres canciones: Arde la vida, de Peteco Carabajal, una bella versión de Será que la canción llegó hasta el sol, de Luis Alberto Spinetta, y un emotivo Pour toi, Armenie, de Charles Aznavour, en un arreglo realizado por Fernando Pereyra, que el público cantó de pie, completando el concierto.

No me olvides. Memoria. Justicia. Que nunca más le dejemos lugar al horror. Germán A. Serain

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