BODAS DE SANGRE, sin perdices

Una vuelta en el tiempo hacia la versión de Carlos Saura y Antonio Gades

Bodas de sangreIntérpretes: Antonio Gades, Cristina Hoyos, Juan Antonio Jiménez, Carmen Villena, Pilar Cárdenas – Coreografía: Antonio Gades – Música: Emilio De Diego – Músicos: José Mercé y Gómez de Jerez (cantaores), Marisol (Pepa Flores), Pepe Blanco – Dirección: Carlos Saura 

Nada mejor que una vacación forzada para volver a visitar clásicos. Incluso una cuarentena. Opciones para pasar las horas muertas lo más sanamente posible hay muchas. Hay quienes recurren a hacer una retrospección, no solo en el plano espiritual sino en el físico-material. Y en estas revisiones del arcón de los recuerdos que hay en todo hogar, uno se puede llegar a encontrar con alguna “perlita”.

En este caso, quien redacta estas líneas dio con una hermosa versión cinematográfica de la primera obra de la llamada “trilogía rural” de Federico García Lorca: Bodas de sangre. Versión que Carlos Saura realizó en 1981 como parte de su trilogía flamenca (El amor brujo y Carmen son las otras dos) con un Antonio Gades, en pleno apogeo de su carrera artística, y su compañía.

En sí, el argumento de la obra lorquiana es sencillo y hasta manido. Dos enamorados: pese a amarse intensamente, ella no se casa por la condición humilde de él. Él (Leonardo) se casa con la prima de su ex novia para olvidar. Ella, en parte por mandato social y en parte para olvidar, decide casarse—y lo hace—con un joven de clase acomodada, hijo de una madre sobreprotectora cuya obsesión es vengarse de quienes, tiempo atrás, habían matado a su esposo e hijo mayor. Con el agravante de que Leonardo es de la familia (los Félix) que mató al hermano y al padre del novio. Menudo enredo. El punto es que, como la sangre, la pasión y el deseo fluyen por las venas de ambos. Pese a sus ingentes esfuerzos, la Novia cede a la seducción de Leonardo y ambos huyen a caballo, en medio de la fiesta de bodas. Finalmente, el esposo despechado y el león rugiente se baten a duelo con navajas, con previsible resultado.

Pero lo bello de la literatura es esto. A partir de episodios que irremediablemente suceden desde Adán a nuestros días, el ser humano se las ingenia para crear poesía, para crear belleza, para expresar con símbolos y figuras todo lo que es y puede llegar a ser o hacer. En Bodas de sangre, García Lorca alterna una prosa sencilla y una poesía que apela a poderosas figuras retóricas (la Luna, que va a anunciar el destino trágico de los amantes; la Mendiga, que simboliza la muerte; la corona de azahares, que simboliza la pureza de la novia; las navajas, símbolo de virilidad y presagio de muerte), y como granadino que era, impregna magistralmente de tonalidades andaluzas esa sencillez de sintaxis y de léxico que hacen que el lector sienta a flor de piel esos misteriosos y reverberantes paisajes rurales del sur de la península.

Y lo bello de la danza. En los primeros minutos de la película, a la manera de un documental, Antonio Gades narra cómo comenzó su carrera como bailarín. Y en el resto de la película interpreta a Leonardo—curiosamente es el único personaje con nombre y apellido en la obra. Leonardo Félix (Gades) y la Novia (Cristina Hoyos) encarnan con exquisito estilo—y en sus rostros—esa hoguera de pasiones que es el amor no consumado.

El Novio (Juan Antonio Jiménez) logra despertar compasión por ser víctima de dos mujeres: como hijo sobreprotegido y, más tarde, como flamante marido engañado. Pilar Cárdenas es la Madre, tan augusta como en la obra original aunque menos incisiva, acaso hasta dulce, y que mantiene una relación edípica con su hijo, cuestión plasmada en la escena de la “boda” entre ellos. Carmen Villena, la Mujer de Leonardo, transmite en el baile y en su mirada el dolor por el rechazo de su marido y la vergüenza del abandono.

La música no falta. Marisol, a la sazón esposa de Antonio Gades en la vida real, arrulla al hijo de Leonardo y su Mujer (en la película solo aparece una cuna) con la canción de  La Nana, un canto que aborda el tema de la inevitabilidad del trágico final que les aguarda a los dos enamorados. Los cantaores José Mercé y Gómez de Jerez llaman a la Novia a que salga de su apatía (Despierte la novia), las guitarras de Emilio de Diego y Antonio Soeira se lucen en todos los cuadros.

Con un alegre pasodoble (Ay de mi sombrero), Pepe Blanco y su banda dan el toque festivo a una boda que, lejos de traer dicha a todos, será el proemio de un final sin perdices. Viviana Aubele

Bodas de Sangre en el Teatro Real de Madrid 1974

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