A los 91 años, Luz Castillo (Luz Fernández de Castillo) acaba de terminar el rodaje de Romance de la luna negra (*), la nueva película del célebre director Pablo César, filmada íntegramente en el País Vasco. Para cualquier actor, participar de este proyecto representa un desafío importante. Para alguien que debutó en el cine recién a los 88, podría parecer una excepción estadística. Sin embargo, en su caso, la actuación se integra con naturalidad a una vida que siempre avanzó por caminos poco previsibles.
Durante la entrevista, Castillo cuenta que muchas de las experiencias más importantes de su vida aparecieron allí donde nadie —ni siquiera ella misma— las esperaba. Por eso, aunque convertirse en actriz a una edad tan avanzada la conmovió, no llegó a sorprenderla del todo. «Cuando tenía quince años me ofrecieron hacer cine, pero mi padre no me dejó», recuerda. Aquella posibilidad quedó atrás durante décadas, hasta que el director español Carlos Saura le hizo una observación que cobraría un significado especial con el paso del tiempo.
«Me dijo que yo era una actriz nata. Me explicó que mientras la mayoría de las personas cuentan una situación, yo la interpreto. No relato una historia: la represento con el cuerpo, la voz y los gestos», recuerda Castillo. Años más tarde, esa misma capacidad llamó la atención de Pablo César cuando la escuchó recitar versos de Federico García Lorca. De esa admiración mutua nació Después del final (2024), una ficción inspirada en su vida. La película obtuvo numerosos reconocimientos internacionales y le valió premios a Mejor Actriz en distintos festivales. «Nunca imaginé que una película sobre mi vida tuviera tantos premios internacionales», reconoce.
Lejos de considerar la actuación como un giro inesperado, Castillo la entiende como una prolongación de su trayectoria. Filósofa, artista plástica, escritora, galerista y gestora cultural, sostiene que todas esas facetas forman parte de una misma identidad. «Actuar es agregar una página más al libro de mi vida», resume.
La escritura también ocupa un lugar central en su recorrido. Por eso, además de protagonizar ambas películas, participó en la elaboración de los guiones. En Después del final, la tarea consistió principalmente en narrar su propia historia para convertirla en relato cinematográfico. Romance de la luna negra, en cambio, le permitió explorar con mayor libertad la ficción.
La nueva película sigue a Clara, una mujer que vive sola en un caserío vasco y cuya rutina comienza a alterarse por una serie de presencias, recuerdos y apariciones que la enfrentan con aspectos profundos de sí misma. Aunque el personaje está lejos de ser autobiográfico, Castillo encuentra un punto de unión esencial: «No soy Clara. Ella no tiene hijos ni familia, pero compartimos una misma inquietud: la necesidad de buscar la verdad».
Esa búsqueda remite a conceptos provenientes de la filosofía y el psicoanálisis, dos universos que atraviesan su manera de pensar. Según explica, Clara intenta encontrarse con aquello que Carl Gustav Jung denominaba «la sombra»: esa parte oculta de nosotros mismos que preferimos no mostrar. Por eso considera que Romance de la luna negra propone una experiencia más cercana a la reflexión que al entretenimiento convencional.
Al pensar el personaje y la película, sus referencias no provienen del cine industrial contemporáneo, sino de las grandes tradiciones del cine de autor europeo. Castillo pertenece a una generación que vio surgir el neorrealismo italiano y recuerda con admiración las obras de Federico Fellini, Vittorio De Sica e Ingmar Bergman, representantes de una forma de entender el cine como una expresión artística y una exploración de la condición humana antes que como un producto comercial.
Esa misma inquietud intelectual fortaleció su vínculo con Pablo César. Durante la entrevista, cuenta que el director había estudiado filosofía antes de dedicarse plenamente al cine y que las conversaciones sobre Sócrates, Platón, Aristóteles, Immanuel Kant y René Descartes reactivaron intereses que habían quedado en un segundo plano. Con el paso de los años, esa afinidad se transformó en una amistad profunda. Castillo lo describe como una persona amable, sensible y de vasta cultura, y destaca especialmente la intensidad del vínculo construido en tan poco tiempo. «A veces no es el tiempo, sino la intensidad. No es la extensión, sino la profundidad de un afecto», reflexiona.
La cuestión del tiempo también aparece cuando la conversación se detiene en la vejez. Castillo rechaza las miradas que reducen el envejecimiento a una cuestión estética. «No quiero que me juzguen por las arrugas de la cara», afirma. Para ella, las arrugas son apenas la evidencia de una vida vivida. Lo verdaderamente preocupante serían las «arrugas en el cerebro», una metáfora con la que alude a la pérdida de curiosidad, pensamiento y sensibilidad.
Desde esa perspectiva, invita a las nuevas generaciones a apostar por la formación cultural, el pensamiento crítico y el esfuerzo personal. También reivindica algo poco frecuente en tiempos de resultados inmediatos: el valor del fracaso. «Los hechos más importantes de mi vida fueron los fracasos», asegura, convencida de que los errores enseñan mucho más que los éxitos.
Al finalizar la conversación, Castillo resume la idea que parece sostener toda su trayectoria: la verdadera trascendencia no reside en los premios ni en el reconocimiento, sino en la huella que dejamos en los demás. «Dar es dejar algo en el mundo», dice. Quizá esa convicción explique por qué, a los 91 años, sigue aceptando nuevos desafíos. No es para desafiar el paso del tiempo, sino para continuar enriqueciendo una vida dedicada al arte y al pensamiento. Victoria Varacalli
*Romance de la luna negra (2026, España, 110 min.) – Género: Drama – Elenco: Luz Fernández de Castillo, Lisandro Carret, Helena Dueñas, Alejandro Botto y Zorion Eguilleor – Fotografía: Carlos Essmann – Montaje: Liliana Nadal – Guion: Jerónimo Toubes y Luz Fernández de Castillo – Dirección: Pablo César









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