BAGWORM, amar en un mundo en descomposición

Tras su paso por Sitges, llega al BAFICI la ópera prima de Oliver Bernsen

Bagworm (Estados Unidos, 96 minutos, 2025) – Género: Drama, terror – Elenco: Peter Falls, Michelle Ortiz, Robie Arnett y Jesse Morner-Ritt – Fotografía: Adriel González – Arte: R. Tyler Evans – Guion: Henry Bernsen Dirección: Oliver Bernsen

Bagworm, la ópera prima del director Oliver Bernsen, constituye una fábula oscura, absurda y profundamente incómoda sobre un hombre, Carroll, que está obsesionado con la catástrofe y el fin de la moral. Todo cambia cuando pisa un clavo oxidado y su salud y su cordura se deterioran drásticamente. Ahora, Carroll deambula buscando amor y verdad en las personas que lo rodean.

La película se destaca principalmente por una composición de planos sumamente cuidada, con imágenes que no son solo bellas sino cargadas de un sentido metafórico. La luz, protagonista e impregnante, contribuye a construir un clima de constante extrañeza, junto con un montaje desafiante y atinado. A esto se le suma un trabajo sonoro preciso, que refuerza la incomodidad y potencia las tensiones incluso cuando estas escenas no desembocan en acciones concretas. En ese sentido, Bagworm maneja muy bien la expectativa: crea situaciones cargadas de suspenso que no necesariamente explotan, pero que ayudan a sedimentar una atmósfera inquietante a lo largo del relato.

El corazón de la película está en el personaje principal, Carroll, interpretado por Peter Falls, con una actuación extraordinaria, de gran entrega corporal y emocional. Su trabajo recuerda por momentos a Matthew Lillard, especialmente en esa capacidad de oscilar entre lo excéntrico, lo frágil y lo perturbador. Carroll es un personaje intrigante, inicialmente distante, incluso difícil de habitar o identificarse como espectador. Sin embargo, a medida que la película avanza, esa distancia se rompe. Lo que al principio generó rechazo o extrañeza, se transforma en empatía, y, hacia el final, lo que emerge es una profunda tristeza por su destino.

La película se mueve en un terreno genérico inestable. Pasa del drama al terror explicito corporal sin esfuerzo, con muchos momentos de comedia y romance. Este carácter impredecible es uno de sus mayores aciertos, aunque también explica su ritmo errático, que puede desconcertar. Sin embargo, ese desorden no es gratuito, sino que parece responder a la propia fragmentación psíquica del protagonista y el mundo que lo rodea.

Por su parte, el film logra crear un mundo atravesado por un optimismo extraño, casi impostado. Los personajes que rodean a Carroll parecen sostener una alegría artificial, que esconde tristeza, soledad o desesperación. Ese contraste entre el deseo desesperado de Carroll de ser amado y un entorno que ofrece opciones vacías de afecto, se vuelve uno de los núcleos narrativos y temáticos más potentes de la película. Bagworm reflexiona sobre el amor en nuestros tiempos. A la par, la creación de este universo impone exigencias al área de arte, que responde con gran precisión y potencia la composición de cada plano con la creación de espacios inquietantes para el espectador y naturales para los protagonistas.

El film logra encontrar una voz propia en su forma mutante de narrar. Filmada en soporte fílmico y desde una lógica de producción independiente, refuerza esa textura granulosa que atraviesa toda la experiencia. Bagworm desconcierta y, por momentos, desorienta, pero lo hace con una convicción estética y emocional muy clara. Es una película que no busca agradar, sino incomodar al espectador. En ese riesgo encuentra su mayor potencia, sugiriéndonos que a veces es necesario perder una pierna para poder percibir el resto del cuerpo. Victoria Varacalli

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