Próximo – Actúan: Lautaro Perotti, Santi Marín – Escenografía: Sofía Vicini – Iluminación: Ricardo Sica – Vestuario: Cinthia Guerra –Autoría y dirección: Claudio Tolcachir
Estrenada en 2017, Próximo, de Claudio Tolcachir, desembarca en Nueva York con una vigencia que, paradójicamente, parece haber crecido con el paso del tiempo. Escrita antes de la pandemia y de que las videollamadas se volvieran una forma cotidiana de mantener vínculos a distancia, la obra anticipó una inquietud que hoy marca buena parte de nuestra vida afectiva: cómo se construye una cercanía cuando el cuerpo queda fuera del encuentro. Entre el deseo, la tecnología y la migración, Próximo convierte esa pregunta en una experiencia escénica donde la distancia no es solo espacial, sino también íntima, social y material.
La primera imagen instala esa tensión. Pablo (Lautaro Perotti), un argentino que trabaja en Australia, y Elián (Santi Marín), un actor español en Madrid, comparten un mismo espacio escénico: una cocina, un dormitorio, una sala de estar. Sin embargo, durante toda la obra no se miran. No pueden buscarse con la mirada, no se tocan, no se encuentran. La comunicación sucede por laptops y teléfonos, en una relación sostenida por mensajes y videollamadas, por silencios deliberados y ausencias indeseadas, pero también por delays y pérdidas de señal que de algún modo reflejan la dificultad de comunicarnos en un presente hiperconectado. El dispositivo es simple, pero de una precisión incómoda: el teatro reúne dos cuerpos en un mismo lugar para acentuar la distancia que les impide estar juntos.
Ese es uno de los hallazgos más fuertes de la puesta. En teatro, donde la escucha entre actores suele apoyarse no solo en la voz, sino también en el rostro, los gestos y las reacciones del otro, la imposibilidad de verse obliga a un trabajo físico e interpretativo de enorme precisión. Pablo y Elián están próximos en el espacio escénico, pero no pueden apoyarse en ese campo de señales que permite leer al otro más allá de lo que dice: una mirada, una expresión, una reacción mínima. De esta manera, Perotti y Marín construyen una intimidad sin contacto, una coreografía de presencias paralelas en la que cada uno parece habitar el mismo departamento y, al mismo tiempo, un mundo irreconciliable con el del otro.
Las transiciones musicales suman otra capa. La irrupción de la ópera —con la inconfundible interpretación de Enrico Caruso— introduce un registro lírico y melancólico que actúa de contrapunto con la realidad digital en la que se encuentran inmersos los protagonistas. Frente a la era de Zoom, la atención fragmentada y la conectividad permanente, la música instala una emotividad más suspendida y ajena a la inmediatez del presente, que intensifica los pasajes entre escenas y les da una densidad afectiva propia.
La distancia también es social
La escenografía de Sofía Vicini sostiene esa dualidad: Australia y Madrid se superponen sin fundirse. La distancia aparece en el calendario, en los horarios, en las estaciones, pero también en las diferencias socioeconómicas. El vestuario de Cinthia Guerra acentúa esa lectura con claridad: Pablo carga la marca de una precariedad concreta —migrante, trabajador informal, lejos de su lengua y de cualquier red estable—, mientras Elián aparece asociado a un mundo de comodidades, privilegios y cierta protección. Esa cercanía afectiva se ve atravesada por una distancia de clase.
A partir de allí, la obra gana espesor. Próximo podría haber sido solamente una historia de amor mediada por pantallas, pero Tolcachir desplaza el foco hacia la migración, la ilegalidad, la precariedad laboral, la corrupción, la opinión pública, los miedos, la soledad y la deportación. La relación entre Pablo y Elián deja de ser solo un vínculo íntimo para volverse también el cruce entre dos maneras de vulnerabilidad: una expuesta a la intemperie legal, económica y social; la otra, permeable al peso del estatus y la reputación, pero también atravesada por una elusión afectiva. De un modo u otro, ambos quedan alcanzados por formas distintas de ilegalidad: una ligada a la supervivencia en los márgenes sociales; la otra, muchas veces ligada a las élites políticas.
La migración, sin embargo, no aparece solo como problema legal. También aparece como fractura afectiva. Uno de los momentos más crudos de la obra involucra directamente a la madre de Pablo. La urgencia familiar llega de inmediato, pero Pablo no puede moverse a la velocidad de la información, y vemos en escena cómo lidia con la dualidad de estar y de no estar a la vez. En ese marco, la deportación aparece como una posible resolución dramática del conflicto que, en el actual contexto de Estados Unidos, adquiere una resonancia distinta. Aquello que en principio representa una amenaza, podría ofrecerle a Pablo la posibilidad de reencontrarse con su madre y de, finalmente, conocer a Elián en persona.
Conexión no es contacto
Vista desde hoy, Próximo ya no remite solamente al mundo de las videollamadas. También resuena en un presente atravesado por chatbots, asistentes virtuales y una inteligencia artificial que brinda disponibilidad constante, respuesta inmediata, extrema complacencia y formas ilusorias de acompañamiento. La obra permite pensar ese desplazamiento: la tecnología ya no solo acerca a alguien que está lejos; también empieza a ocupar el lugar de un interlocutor, a administrar la espera, a traducir el deseo, a ofrecer una presencia sin cuerpo.
Frente a esa promesa, Próximo restituye algo más elemental. Pablo y Elián están próximos, pero no están juntos; se escuchan, pero no pueden leerse completamente; sostienen un vínculo, pero no concretan el encuentro. La conexión humana necesita pausas compartidas, lectura de gestos, incomodidad, temperatura, riesgo. Allí donde las pantallas sostienen el vínculo, también revelan su límite, puesto que no pueden reemplazar lo esencial: la experiencia de estar frente a un otro.
A casi una década de su estreno, Próximo es una obra que hoy nos interpela más que nunca. Lo que en 2017 podía leerse como una reflexión sobre el amor en tiempos de Skype o WhatsApp, hoy dialoga con un contexto marcado por estar presentes en tiempos de pantalla, las crecientes dificultades de las experiencias migratorias, la generalización de la precariedad laboral, y la inteligencia artificial como una promesa renovada de la compañía sin cuerpo. Más que hablar del amor a distancia, Próximo habla de esa cercanía que la mediación digital posibilita a medias. En una era donde la conexión se ha vuelto prácticamente permanente, el contacto real —corporal, sensible, vulnerable— seguirá estando en los márgenes de toda utopía tecnológica. Martín Quiroga Barrera Oro
Se dio hasta el 28 de junio de 2026
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