ORFEO Y EURÍDICE, danza y estética

El mito griego resignificado con buenas voces, desnudos bailarines y un coro magnífico

Orfeo y Eurídice – Cantantes: Ellen McAteer, Daniel Taylor, Marisú Pavón – Bailarines: Federico Amprino, José Benitez, Emilio Bidegain, Mauro Cacciatore, Federico Cáceres, Juan Camargo, Germán Haro, Emanuel Ludueña, Teresa Marcaida, Gerardo Merlo, Julián Toledo, Matías Viera Falero – Escenografía: Carmen Auzmendi – Vestuario: Jorge López – Iluminación: Rubén Conde – Música: Christoph Willibald Gluck – Orquesta y Coro Estables Teatro Colón – Dir. musical: Manuel Coves – Dir. coral: Miguel Martínez – Dir. escena y Coreografía: Carlos Trunsky

Desde el comienzo de este Orfeo y Eurídice minimalista se adivina la presencia de un régisseur que es, además, coreógrafo: Carlos Trunsky. La importancia estética dada a las formas y a los cuerpos es palpable y muy deleitable. Mientras se vela a Eurídice, el Ballet acompasa imágenes de gran impronta expresionista y una llamativa coreografía. Un elegante vestuario (Jorge López) de trajes cruzados en tonalidades grises y negras con un toque rojo denota el luto. Del lado orquestal, con dirección de Manuel Coves, falta cierta cadencia ya desde la obertura.

La tristeza de Orfeo es notable en su expresión y presencia (“vuestro dolor empeora el mío”). Interpretado por el contratenor Daniel Taylor, Orfeo emite empatando su voz con el Coro Estable que suena celestial, aunque sin dudas su mejor cometido fue con Che farò senza Euridice? La escenografía (Carmen Auzmendi) se va dibujando, enormes paneles cubren o descubren espacios sorpresivamente, combinados con el plato giratorio del escenario. Aparecen visiones art decó que dejan entrever el inframundo en un profundo carmesí.

En la composición del Amor, la soprano Ellen McAteer cumple su papel con una voz acorde, a la que suma gracia y movimientos elocuentes. Su diálogo con Orfeo adquiere el sentido trágico cuando le aclara que la voluntad suprema le ha prohibido mirar a su esposa hasta haber salido del inframundo.

Sin embargo, es nuestra Marisú Pavón quien sobresale en el trío protagónico. Su expresión dramática y una voz contundente recrean la desventura de Eurídice en su camino hacia la superficie, cuando le dice a Orfeo que prefiere la muerte a vivir con él, tomando como traición que no la mire. Pavón expresa todo con su canto y deleita bailando  hacia el final con sutileza y sustancia.

Euménides, Furias, Espectros, Corifeos y Cancerberos se hacen presentes en la bella coreografía ideada por Trunsky. El cuadro de los bailarines desnudos, con cuerpos que buscan preciosos quiebres, es de notable buen gusto y superlativa estética. Combinado con la estupenda iluminación creada por Rubén Conde, que juega con formas y colores, conforma -junto a la música de Gluck- un gozoso alimento para el espíritu.

Otro cuadro encantador es el de los rojos zapatos que, contrastantes con el negro (como al inicio), se desperdigan gradualmente en el escenario, dejando los pies descalzos que siguen su danza. El solo de Teresa Marcaida en su composición de Perséfone es memorable, una singular danza de primitiva belleza. Martin Wullich

Fue el 10 de noviembre de 2019
Teatro Colón
Libertad 621 – Cap.
(011) 4378-7100
teatrocolon.org.ar

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