MUSEO BERNASCONI, perla escondida

Un homenaje a Rosario Vera Peñaloza en Parque Patricios

Quien transita la calle Cátulo Castillo entre Catamarca y Deán Funes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se topa con el impresionante edificio del Instituto Félix F. Bernasconi. Es una de las varias escuelas palacio construidas entre fines del siglo diecinueve y principios del veinte, y que sobresalen por la elegancia y grandiosidad de su estilo. Sus monumentales escaleras de mármol, las amplias aulas de techos altos y los enormes patios, conforman el hogar de varias entidades educativas en sus distintos niveles: desde jardín de infantes hasta primaria común y para adultos, secundaria para adultos, una escuela de coro y orquesta, entre otras.

También es un lugar perfecto para los amantes de las visitas guiadas, sobre todo para quienes deseen recorrer sitios fuera del circuito habitual de museos porteños. El lugar plasma la pasión educativa de una mujer que nació en el noroeste argentino y transitó los pasillos de esta aristocrática estructura. Para Rosario Vera Peñaloza (1872-1950), descendiente del legendario caudillo Ángel V. Peñaloza (“El Chacho”), la educación fue el motor de su vida. Esta ilustre maestra riojana tuvo la clara visión de que la formación de los más pequeños era fundamental para la vida de una nación; no solo creó el primer jardín de infantes en su provincia natal, sino que se abocó a la tarea de llevar su pedagogía a un ámbito fuera de las tradicionales aulas.

El Instituto Félix F. Bernasconi se levanta en el solar que había sido propiedad del célebre perito Francisco P. Moreno. Recorrer sus pasillos es vivenciar, más de un siglo después, las épocas doradas de la educación argentina; es saborear una época de gloria que ha quedado muy lejana en el tiempo. Al subir al primer piso por las espléndidas escalinatas, o por el ascensor, el visitante encontrará el Museo Bernasconi, que data de las primeras décadas del siglo pasado y que es fruto de la iniciativa y generosidad de Vera Peñaloza. Es el primer museo pensado íntegramente para que los alumnos de primaria puedan ver y experimentar de la manera más real posible materias como geografía, zoología o botánica. En sus salas se puede apreciar una fabulosa colección de animales autóctonos primorosamente preservados y que fueron donados por el naturalista Ángel Gallardo, gran impulsor de las ciencias naturales.

El talento de Rosario no se limitó a educar niños. Su habilidad natural produjo trabajos singulares que se exhiben en el museo: piezas y maquetas en cartapesta (una de ellas, con el relieve de toda la Argentina), láminas didácticas y grabados hechos por sus propias manos. Estas piezas están estratégicamente ubicadas a una altura asequible a los pequeños.

Cual perla escondida lejos del ruido del centro, el museo es una opción muy interesante para todo público, chicos y grandes, en especial exalumnos, que en cada guiada vuelven a contemplar con dulce nostalgia los patios y las aulas que ellos mismos ocuparon y aprecian ,con justificado orgullo, el gran legado que dejó la “niña Rosario”, tal como la llamaron Ariel Ramírez y Félix Luna en su conocida zamba. Viviana Aubele

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