En estos últimos cinco años, cada una de sus apariciones dejó de ser la constatación de un milagro para convertirse en la persistencia de la voluntad sobre la fragilidad del cuerpo, en la encarnación de un impulso irreductible por vivir y, sobre todo, por seguir sirviendo a la música. Había en su figura, cada vez más frágil y a la vez más luminosa, algo que desafiaba el tiempo. Y hoy, ese milagro se recoge, con la serenidad de lo inevitable, en lo que parece la temida crónica de una muerte anunciada. Se suceden los obituarios exhaustivos, las semblanzas detalladas, las evocaciones agradecidas, que intentan abarcar la dimensión de quien el mundo conocía como MTT: Michael Tilson Thomas. Compositor, director, pianista, pedagogo, visionario, arquitecto de sonidos y de instituciones, músico de raza en el sentido cabal del término.
Estadounidense sin dejar jamás de ser profundamente californiano —hijo de una tierra abierta, luminosa, fronteriza—, el mismo paisaje que lo vio nacer fue también el que lo acogió en su despedida. Heredero de la estirpe teatral de los Thomashefsky, llevaba en la sangre la escena, el gesto, la palabra convertida en música. Su formación junto a Ingolf Dahl le dio rigor y profundidad, pero fue el contacto cercano —casi iniciático— con figuras tutelares como Igor Stravinsky, Aaron Copland y, de manera decisiva, Leonard Bernstein, lo que terminó de modelar su voz artística: una voz capaz de aunar inteligencia, curiosidad, teatralidad y capacidad de comunicación.
Su tránsito de joven prodigio —wunderkind— a maestro consumado fue natural, sostenido por décadas de trabajo incansable y por una fidelidad absoluta a la música como forma de vida. Incluso en los últimos años, enfrentó con lucidez y valentía el tumor cerebral que finalmente lo venció. Su presencia en el podio adquirió entonces una dimensión casi simbólica: dirigir era, para él, un acto de resistencia, una afirmación de sentido.
Las orquestas que hoy lo lloran no son pocas ni menores: Boston, Buffalo, Londres, Los Ángeles, Nueva York y, de manera eminente, la San Francisco Symphony, con la que mantuvo una relación de un cuarto de siglo. Allí construyó un sonido, una identidad, una comunidad, un organismo capaz de dialogar con la tradición sin renunciar a la contemporaneidad.
Porque si algo definió la trayectoria de Michael Tilson Thomas fue la fidelidad al pasado y al porvenir. Fue un defensor incansable de la música de su tiempo, un impulsor de nuevas voces, pero también un apasionado reivindicador de la tradición estadounidense, que iluminó con nueva luz a figuras como Charles Ives o John Cage. En su repertorio convivían, sin jerarquías rígidas, la experimentación y la herencia.
Y en el centro de ese universo, como un eje constante, Gustav Mahler. No fue una conquista inmediata, sino un largo diálogo cultivado a lo largo de décadas. Cada sinfonía, cada retorno, añadía una nueva capa de comprensión, una forma de acercarse a ese territorio donde lo humano adquiere dimensión cósmica. Si su compañero de vida Joshua Robison, fallecido hace dos meses, fue ancla esencial, Gustav fue su otro fahrenden Gesellen.
Sin embargo, su legado más perdurable quizá no se encuentre en sus interpretaciones, ni en su inmenso catálogo discográfico y audiovisual, ni siquiera en su propia obra como compositor sino en su capacidad de imaginar y hacer posobles futuros, encarnada en su única «hija» dilecta: la New World Symphony. En Miami Beach, guiado por una intuición casi profética, fundó una institución que es mucho más que una academia musical: es un laboratorio de ideas, un espacio de formación y transformación, un puente entre generaciones.
Allí cristaliza su credo artístico y humano, donde la huella de Leonard Bernstein —mentor, referente— se proyecta y se renueva, no como mera herencia, sino como impulso vivo. Crear un oasis donde otros veían un desierto: esa fue su apuesta. Y el manantial que hizo brotar no ha dejado ni dejará de fluir. Lo sobrevivirá como merece.
Por eso, su desaparición física es apenas el cumplimiento de una crónica largamente anunciada, cuyo desenlace no altera lo esencial. Su legado sigue respirando en cada joven músico que encuentra allí un camino, en cada obra que vuelve a sonar con nueva luz, en cada oyente que descubre —gracias a él— una forma más intensa de escuchar, en ese teatro hecho a su medida, imagen y semejanza por Frank Gehry.
Y es en ese fluir constante —de una música que no cesa, sino que se transforma y continúa— donde su presencia perdura, como un eco fértil que reconforta a quienes tuvimos el privilegio de escucharlo y acompañarlo, aunque fuera a la distancia, durante tanto tiempo. Sebastian Spreng
Michael Tilson Thomas en este Portal






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