Las leyendas tienen una fuerza que va más allá de la música. Y en determinados contextos, la música tiene un valor que va más allá de la melodía, del ritmo, de los instrumentos y de su propia estética. Estas son las cosas que uno piensa cuando ve sobre el escenario a Joan Baez, una mujer que a través del tiempo y las circunstancias hizo de la canción de protesta una bandera y al mismo tiempo una forma de arte.
Como parte de esa bandera, ya desde el comienzo de su presentación su actitud marca una declaración de principios y una diferencia: en una época en la cual lo común es ocupar espacios mediante una parafernalia espectacular de luces y sonidos, ella defiende la sencillez, la autenticidad, la economía de medios, y arranca el show cantando ella sola con su guitarra, ocupando sin embargo, con su modesta presencia, el escenario del teatro como si fuese una gigante. Canta cuatro temas completamente sola. Entre ellas Farewell Angelina y No llores por mí Argentina.
Sólo después suben al escenario sus músicos acompañantes: Dirk Powell, quien alternará entre mandolina, banjo, guitarra, piano y acordeón, y su hijo Gabriel Harris en percusión, el mismo que llevaba dentro de su vientre cuando cantó en Woodstock en 1969. También cabe mencionar a su asistente, Grace Stumberg, quien además de acercarle las guitarras antes de cada tema, se atrevió a acompañarla en alguna canción. Y aquí también cabe reconocer la actitud de Joan, que no tiene ningún reparo a la hora de invitar a una jovencita completamente desconocida a cantar junto con ella, a sabiendas de que su voz será inevitablemente más fresca y potente de lo que ella misma puede ofrecer desde sus impecables 72 años. Es que en realidad, más que un concierto, aquello pareció una mágica reunión entre viejos conocidos, donde a nadie se le ocurriría salir a lucirse; más bien se trató de compartir.
Y es que somos viejos conocidos: Joan Baez cantó cada vez que pudo en contra de los gobiernos militares latinoamericanos, así como estuvo en cada marcha de protesta contra la guerra de Vietnam y luego a favor de los derechos civiles de los vietnamitas que intentaban escapar del comunismo implantado tras la guerra. Estuvo en la cárcel varias veces y fue vigilada por el FBI durante décadas, como si fuese una peligrosa activista, y gran parte de lo que ganó como artista lo puso en juego en su apoyo a organizaciones por los derechos civiles y la no-violencia. Y junto con toda esa historia, sobre el escenario estuvieron presentes todos los grandes nombres que uno hubiese podido pedir: sonaron Imagine de John Lennon, The Boxer de Paul Simon, Gracias a la vida de Violeta Parra, Mi venganza personal de Tomas Borge, Te recuerdo Amanda de Victor Jara, y como su gira la traía después de haber visitado Brasil también regaló Calice de Chico Buarque.
Hubo además un invitado especial, recibido con una ovación por el público: Joan Báez ya había anticipado que quería compartir el escenario con León Giecco, y juntos cantaron Sólo le pido a Dios y la maravillosa Como la cigarra, de la recordada María Elena Walsh. Para el final Gieco volvería para cantar los coros de La balada de Sacco y Vanzetti y ese himno de Bob Dylan, pedido repetidamente por el público, que es Blowin’ in the wind.
La visita de Joan Baez a nuestro país, que estaba pendiente desde 1974, dejó mucha música y varias enseñanzas. Por ejemplo, que no importa si uno se olvida la letra de una canción cuando se es un gran artista. Que la humildad y todo aquello que se hace debajo de los escenarios también es valorado por la gente. Y sobre todo, que no es necesario gritar para ser escuchado: Joan Baez no necesitó alzar la voz en ningún momento para que el público respondiera con una respetuosa atención, con compromiso y muchísimo amor a su canto. Germán A. Serain
Fue el 7 de marzo de 2014
Teatro Gran Rex
Av. Corrientes 830 – Cap.






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