CUANDO IR AL TEATRO PUEDE SER MORTAL

Muertos y heridos en la revuelta del Astor Place Opera House

¿Ir al teatro puede ser mortal? Ir al teatro es, básicamente, una forma de esparcimiento. En nuestra ciudad hay una rica oferta teatral, de todos colores y amores. A los porteños nos gusta, por ejemplo, salir del Teatro San Martín e ir a alguno de los restaurantes de la avenida Corrientes para repasar lo visto en el escenario; o salir del Colón y cenar en Edelweiss, todo un clásico.

Son momentos en los que uno puede olvidarse, aunque sea por algunas horas, del trabajo, de las preocupaciones familiares, o salir un poco de la rutina del hogar. No podría decirse siempre lo mismo de los partidos de fútbol. La pasión de los argentinos ha sido fuente de satisfacción o de amargura, dependiendo de qué camiseta se porte; y también ha sido caldo de cultivo de enfrentamientos de toda calaña, de conflictividades irresolubles e irresolutas. Lamentablemente, hasta hubo quienes salieron de su casa a ver jugar a su equipo, pero jamás regresaron.

Entonces, ¿es seguro ir al teatro? ¿Qué pasiones encontradas, qué rivalidades entre diletantes podrían generar, por ejemplo, Chéjov, Albee, Ionesco, Genet, o Calderón de la Barca? El meollo de toda obra de teatro que se precie es el conflicto; y eso sucede por lo general sobre el escenario, con el telón subido y los focos encendidos. ¿Y si el conflicto y el desenlace trágico se dan saliendo de las puertas del teatro?

La chispa que encendió el fuego no sagrado un 10 de mayo de 1849 fue una disputa de cierta data entre William Charles Macready y Edwin Forrest. Macready era un actor inglés de cuna artística y mucha fama en su país; Forrest, trece años menor que Macready, había nacido en Filadelfia, Estados Unidos y se había hecho de un buen nombre también. Ambos recorrieron el país del otro en más de una oportunidad, y hasta hubo algo así como una amistad entre ellos.

Macready tenía un estilo más refinado y apuntaba a un público más bien de clase alta, mientras que Forrest, cuyas actuaciones tenían más fuerza e histrionismo que las de Macready, solía presentarse en teatros de mala muerte o en salas cuyo público estaba entre las clases menos pudientes. Pero ambos compartían su pasión por Shakespeare y un gran talento sobre las tablas.

Si bien al principio hubo cierta camaradería entre ambos, lo cierto es que con el tiempo surgieron las rivalidades. Aparte de provenir ambos de naciones con una historia en común, Macready y Forrest encarnaban la tensa relación entre esas naciones -años más tarde, Oscar Wilde escribiría su famosa frase sobre el hecho de que ingleses y estadounidenses tienen “todo en común, excepto, claro está, el idioma”.

El antagonismo también se daba entre clases sociales: mientras que el Astor Place Opera House era el cenáculo de la crema y nata de la sociedad neoyorquina, el Bowery, donde solía actuar Forrest, tenía como público a las clases menos privilegiadas. El conflicto social de entonces era mucho más complejo: por un lado, estaban los estadounidenses que se oponían a que los inmigrantes tomaran más preponderancia en la sociedad, y del otro, los inmigrantes y aquellos estadounidenses que apoyaban su causa; pero también, de estas dos facciones, había quienes hacían causa común contra los aristócratas y pudientes. Todo un berenjenal.

La tensión iba llegando a su punto más candente. Y nada menos que con William Shakespeare como testigo. Al mejor estilo China Zorrilla en Esperando la carroza, si Macready interpretaba Otelo, Forrest interpetaba Otelo. Y así sucesivamente. Forrest era un actor con cierto prestigio, pero en su segunda visita a Londres, las cosas no le fueron tan bien, y culpó a Macready de montar un complot en su contra. Para “devolverle el favor”, Forrest volvió a Londres, fue a ver a Macready en una puesta en escena de Hamlet y manifestó su desprecio a chiflidos.

Hasta que explotó todo, literalmente, en esta disputa como de Highendians y Bigendians, solo que los agentes de este desastre se parecían a los liliputienses tan solo en estatura moral. El 7 de mayo de 1849, los partidarios de Forrest compraron cientos de boletos para la función de Macbeth, en la que actuaría Macready, con el solo fin de arruinarle la función. Tomates, huevos podridos, y toda suerte de proyectiles cayeron sobre el escenario con un Macready y resto del elenco anonadados, sus parlamentos ahogados entre los abucheos rivales.

Tres días después Macready volvió al escenario, pero esta vez el resultado fue dantesco: los partidarios de Forrest generaron desmanes en los alrededores de los teatros, y el resultado fue más de una veintena de muertos y alrededor de cien heridos. Triste desenlace para una actividad que, lejos de hacerse eco de disputas ajenas, debería nutrir el espíritu del ser humano y ser para solaz y esparcimiento. Parafraseando a cierto ex futbolista, las tablas no se manchan. Viviana Aubele

Astor Place Opera House
William Charles Macready
Edwin Forrest

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