Pillion (2025, Reino Unido, 106 min.) – Género: Drama romántico, Comedia oscura, Queer – Elenco: Alexander Skarsgård, Harry Melling, Douglas Hodge, Lesley Sharp, Anthony Welsh, Jake Shears, Billy King, Jake Sharp – Fotografía: Nick Morris – Sonido: Christopher Wilson, Gunnar Óskarsson – Música: Oliver Coates – Guion: Harry Lighton, Adam Mars-Jones (basado en Box Hill) – Dirección: Harry Lighton
Hay películas que uno sale a recomendar apenas termina. Y hay otras que uno no sabe muy bien qué hacer con ellas. Pillion es, claramente, del segundo grupo. El debut de Harry Lighton en el largometraje llegó con un premio al mejor guion en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes. No es un dato menor. Lighton adapta la novela Box Hill de Adam Mars Jones y construye algo que, en el papel, suena a comedia romántica atrevida. En la pantalla, sin embargo, es otra cosa. Algo más oscuro. Más perturbador. Más honesto, quizás.
Colin —a cargo de un extraordinario Harry Melling— es un treintañero que vive con sus padres y canta en un coro navideño. Un hombre invisible, de esos que pasan por el mundo sin rozarlo. Todo cambia cuando cruza su camino con Ray, el líder de una banda de motociclistas. Ray es todo lo que Colin no es: magnético, seguro, físicamente imponente. Y, por razones que la película deja deliberadamente en penumbra, Ray se interesa en Colin. Sexualmente. En términos de dominación y sumisión. Colin acepta. Sin dudar. Y ahí empieza todo.
Lo que sigue es un coming of age muy poco convencional, que no trata sobre descubrir la propia homosexualidad sino sobre algo más raro y más interesante: descubrir qué tipo de amor necesita uno. Aunque ese amor venga envuelto en humillación, en obediencia, en dinámicas que al espectador promedio le van a resultar, como mínimo, incómodas.
Lighton filma todo esto con una mirada empática y sin morbo. No hay escándalo gratuito. No hay fetichismo de la rareza. La cámara mira a Colin con ternura, incluso en sus momentos más vulnerables. Eso es un logro real y no es menor. El problema es otro. La película quiere ser, al mismo tiempo, comedia romántica y drama devastador. Y ese equilibrio nunca termina de resolverse. Hay momentos de ternura genuina que conviven con otros de una crueldad bastante molesta. El tono oscila, duda, se contradice.
El final, en particular, genera más preguntas que respuestas. ¿Lighton quiere empoderar a su protagonista o simplemente lo deja a la deriva? No queda claro. Y esa ambigüedad, que podría ser una virtud, acá funciona más como una evasión. Melling es la revelación del film. Su Colin es frágil, extraño, profundamente humano. Cada gesto suyo comunica décadas de invisibilidad acumulada. Es un trabajo de una sutileza notable.
Alexander Skarsgård, en cambio, vuelve a un territorio ya muy conocido para él. El hombre dominante, de pocas palabras y mucha presencia física. Lo hace bien, pero uno tiene la sensación de que Ray es una variante de personajes que Skarsgård ya transitó antes. El rol no le exige mucho más que existir en pantalla con autoridad. Y él lo cumple, sin ir más lejos.
Pillion es una película que merece verse. No porque sea redonda —no lo es— sino porque se anima a mirar de frente algo que el cine rara vez toca con esta honestidad: las sexualidades diversas dentro de la diversidad. El deseo como forma de construcción identitaria. La sumisión como, paradójicamente, un acto de libertad. ¿Convence del todo? No. ¿Incomoda? Absolutamente. Y a veces, eso solo ya es suficiente. Cristian A. Domínguez
Pillion se puede ver en Mubi
y otras plataformas de streaming








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