Los pilares de la sociedad – Actúan: Martín Seefeld, Eleonora Wexler, Mara Bestelli, Gerardo Chendo, Edgardo Moreira, Pablo Finamore, Antonia Bengoechea, Alfredo Castellani, Daniela Catz, Susana Giannone, Gilda Scarpetta, Agustín Suárez, Lolo Crespo, Fernando Sureda, Luis Longhi, Donata Girotti – Escenografía: Marlene Lievendag, Micaela Sleigh – Vestuario: Laura Singh – Iluminación: Ricardo Sica – Sonido: Diego Vila, Betty Gambartes – Dirección: Jorge Suárez, Eduardo Gondell – Dramaturgia: Herik Ibsen
Lo primero que a algunos les llamará la atención, incluso antes de que comience la obra, es un curioso anillo, colgando sobre la escenografía, formado por una serpiente que ha comenzado a devorar su propia cola. Se trata de un ouroboros, un antiguo símbolo gnóstico cuyo significado varía, aunque por lo general alude al inevitable ciclo de todas las cosas, en el cual a todo acto de creación seguirá uno de destrucción, o al hecho de que todos los sucesos se alimentan de un modo u otro de su propia naturaleza. Somos las consecuencias de lo que hacemos. Algo de esto hay en la obra que comentamos.
Henrik Ibsen escribió Los pilares de la sociedad en 1877, como un drama contemporáneo. La adaptación que presenta el Teatro Alvear, con un Jorge Suárez que deja su habitual labor actoral para acceder por primera vez a la dirección, no enfatiza demasiado sobre la locación ni la época en que la acción tiene lugar. Sin embargo, mucho de lo que vemos y escuchamos —las falsedades, la corrupción, los dobles discursos, las hipocresías— nos resulta por demás familiar.
Karsten Bernick, encarnado por un notable Martín Seefeld, no solo es poderoso dueño de un astillero sino también el alcalde de la pequeña ciudad puerto en la que vive con su familia, ciertamente muy respetada por esas altas esferas sociales que suelen autoidentificarse como «la gente de bien». Sus intereses en el negocio del transporte marítimo están a punto de crecer exponencialmente con la financiación de un ambicioso proyecto: una línea de ferrocarril que conectará el pueblo con la red principalde trenes. Se supone que esto será en beneficio de toda la comunidad, pero los intereses son personalísimos: en secreto Bernick ha ido comprando todos los terrenos aledaños al trazado ferroviario, a sabiendas de que pronto multiplicarán su valor.
De a poco se irá comprendiendo que ese imperio, aparentemente basado en una supuesta rectitud moral y en las mejores intenciones, en realidad esconde engaños, un clasismo aborrecible y oscuras intenciones, además de un pasado condenable y repleto de mentiras. El inesperado regreso de su aguerrida hermanastra Lona (Eleonora Wexler) y de Johan Tonnesen (Gerardo Chendo), el hermano menor de su esposa, quienes se habían marchado tiempo atrás a los Estados Unidos, dará vuelta un plan cuidadosamente urdido durante años.
Sostenido por excelentes actuaciones de todo el elenco, el texto de Ibsen critica de manera descarnada la hipocresía de esa élite que dirige los destinos de toda la comunidad. Las manipulaciones, que llegarán al borde del crimen, son mostradas a la par de los falsos estandartes que aluden a valores morales y religiosos como herramientas útiles para perseguir beneficios personales. Alcanza con hurgar un poco para descubrir que los supuestos pilares de la sociedad no son más que falsos ídolos con pies de barro, manchados por la corrupción.
Omitiremos algunas cuestiones a fin de no revelar el final de la historia, pero nos permitiremos decir que el descenlace que plantea Ibsen para la obra no deja de ofrecer algún reparo. Por alguna razón que no queda del todo clara, sobre el final se da un giro inverosímil. Además parece ganar en el dramaturgo cierta cuota de condescendencia, que los dioses que inspiraron el símbolo del ouroboros sin duda hubiesen evitado, a fin de conducirnos al desencadenamiento de la esperable tragedia. Germán A. Serain
Se dio hasta diciembre 2025
Teatro Alvear
Av. Corrientes 1659 – CABA
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