FANTASÍA DEL CAMINANTE, por José Luis Juri

Un nuevo registro de la obra maestra de Franz Schubert a cargo del pianista argentino

Antes de conversar con José Luis Juri, recordemos que Franz Schubert (1797-1828) compuso su Wanderer-Fantasie, que podría traducirse como Fantasía del caminanteFantasía del viajero, a fines de 1822. El trabajo, que mas allá de sus sonatas es la única obra del compositor para piano solista de gran envergadura, fue el resultado de un encargo realizado por un aristócrata de Viena, llamado Emmanuel von Liebenberg. Por entonces hacía tres años que Schubert no escribía en el terreno de la sonata, y acababa de interrumpir el trabajo de lo que finalmente sería su Sinfonía Inconclusa

La obra, que plantea grandes exigencias técnicas al intérprete, está integrada por cuatro movimientos, a la manera de una sonata. Pero estos movimientos aparecen relacionados de una manera muy estrecha y se articulan todo el tiempo en torno del Adagio, cuyo tema también aparece, transformado de distintas maneras, en los restantes movimientos.

El título de la obra no es original, sino que fue asignado tiempo después de publicado el trabajo. Sucede que la melodía que aparece en el movimiento lento está tomada de un lied previo escrito por el propio Schubert, titulado precisamente Der Wanderer (El viajero, D. 489). Este lied había sido compuesto en 1816, sobre un texto del poeta Schmidt von Lübeck. La parte del texto del lied que se corresponde con la melodía escogida por Schubert para el desarrollo de esta fantasía, dice así: “El sol me parece aquí tan frío, la flor marchita, la vida vieja, y lo que hablan, ruido vacío. Yo soy un extraño en todas partes”. Más tarde, termina con el siguiente verso: “Allá abajo, donde tú no estás, está la felicidad”.

El pianista argentino José Luis Juri acaba de editar su registro de este trabajo exquisito, que se suma a su discografía. Para comprender mejor algunos aspectos de su interpretación y de la obra, conversamos con él.

Quería retomar algo que conversamos en privado días atrás en relación a las imágenes que por lo general se asocian con esta obra de Schubert. Muchas ediciones han sido ilustradas con el famoso cuadro titulado “El caminante sobre el mar de niebla” de Caspar David Fiedrich (1774-1840). Obviamente esto tiene que ver con el título de la obra. Pero vos me decías que esta asociación sería incorrecta.

En efecto, la Wanderer-Fantasie de Schubert nos remite a un personaje recurrente y fundamental de la literatura romántica de la Europa central: el Wanderer, que es el viajero o peregrino. Pero no se trata de un viajero en un sentido geográfico, sino existencial, interior y filosófico. Su pulsión es la búsqueda de un mundo bello y justo, que no está presente aquí ni ahora, y que habrá que experimentar a través del dolor y de una búsqueda solitaria.

Schubert cede recurrentemente a la fuerza de esta imagen, como puede apreciarse a menudo en su producción liederística. Es el caso del protagonista de La bella molinera, por ejemplo, que es un joven que parte hacia su viaje iniciático. Podemos concebir la Wanderer-Fantasie dotada de esta misma energía, que está muy alejada todavía del canto desesperanzado del Viaje de Invierno, quizás más cercano en esencia al cuadro que vos mencionabas.

Aquí estamos ante una obra vigorosa, brillante, temprana en la producción del compositor, con temas permanentemente interrumpidos y que necesitan de una gran brillantez técnica para su interpretación. Lejos está el estilo algo melancólico e indolente en el piano que es característico en Schubert. Una cierta “falta de voluntad”, podríamos decir, que lo diferencia de Beethoven. Personalmente, al momento de interpretar la Fantasía del Caminante, siento de una manera intensa la imagen de un joven artista en busca de su propio camino espiritual.

Al acercarse a una obra es posible indagar el contexto donde fue creada, como lo hacés vos en este caso, como un modo de ser lo más fiel posible a la intención del compositor. Pero imagino que en otros casos alguien podría decir que la música es abstracción pura y que el abordaje también puede darse de manera espontánea, sin anclar el propio impulso a un elemento distinto de la música en sí misma. ¿Qué responderías a este argumento?

Yo creo que en la búsqueda de una interpretación válida cualquier postura extrema sería pedante, o cuanto menos una mala idea. Los dos criterios que mencionás pueden conducir a una interpretación válida, sin importar el orden en que ellos se presenten. Por supuesto, el conocimiento estilístico e histórico propio de la obra no debe ser ignorado, porque además es algo que concierne a la técnica y a otras muchas decisiones que habrá que tomar. Pero el intérprete también advierte la presencia de una base de pensamiento abstracto y emocional que lo conduce a la belleza de la obra, a priori de cualquier otra certeza interpretativa.

Llamamos “musicalidad” a esa profunda conexión que se establece con el sonido y el discurso sonoro. Sin la percepción de esa energía, no tendría mayor sentido hacer música. Por otra parte, el compositor nos presenta su obra luego de haber logrado una síntesis entre su impulso creativo y la técnica compositiva que necesita para plasmarlo. Los intérpretes en cierto modo desandamos ese camino, con la ilusión de comprender esa idea de base.

Afirma la leyenda que el propio Schubert habría dicho, en relación a esta obra, una frase que pondría en evidencia su dificultad técnica: “El diablo podría tocarla”. Más allá de que lo haya dicho o no, ¿cuál es tu apreciación como intérprete de esta partitura?

En la música para piano de Schubert no se advierte una escuela pianística propia, como sí sucede en Beethoven, o luego en Chopin y Liszt. En el caso de Schubert el piano pareciera ser un instrumento funcional a sus ideas musicales en un sentido amplio. Posiblemente ideas que no se desprenden de los recursos propios del instrumento.

No obstante esta consideración, la Wanderer-Fantasie presenta desafíos que son únicos. Su evocación permanente del Lied y de la danza necesita de un sonido intensamente imaginativo, con una rítmica que es propia de la respiración, de la palabra y del paso de danza. La armonía tiene luego su propio relato emocional, puesto de manifiesto en el viaje a tonalidades lejanas y cambios de modo. 

Schubert lleva además la melodía a un registro extremo, en el registro agudo o en el grave, más allá del coro o la voz humana. Nos conduce a una sonoridad transfigurada y mágica. Las dinámicas en su notación suelen ser extremas. Hay que considerar que el piano de Schubert es el forte-piano, instrumento de una exigua proyección sonora en el registro grave, cuyas cuerdas no atraviesan aún la tabla armónica. Es un teclado liviano, de sonoridad clara y con registros sonoros bien diferenciados. 

En cuanto a la Wanderer-Fantasie en particular, podemos decir que estamos ante una obra excepcional, de un impactante vigor rítmico, que desarrolla el tema inicial sin ceder en  momento alguno, sin ningún punto de reposo. Podemos sentir el viaje que el sujeto de la obra inspira. Y sí: es un verdadero desafío para el pianista.

Sin ser músico, siempre me pregunté cómo se hace para elegir, del inabarcable conjunto de obras que están allí, ofrecidas para ser tocadas, una en particular, a sabiendas de que ese gesto obliga a dejar de lado, quizás para siempre, otros trabajos posibles.

Es verdad, la música para piano de calidad es de una dimensión de tal magnitud que resulta inabordable en su totalidad. Coincido en que al elegir una obra al mismo tiempo renunciamos a otra. Es algo inevitable.

En la elección de una obra influyen grados de afinidad variados, sean ellos de orden técnico, psicológico o funcionales a nuestra profesión. Pero es evidente que el repertorio refleja la cultura, el mundo interior y las intenciones de cada intérprete. Es que el piano es tu propia voz, y de algún modo tu sonido muestra quién sos interiormente.

Lo mismo podemos decir respecto de la afinidad hacia ciertos repertorios, que con el pasar del tiempo también traen intereses nuevos. No necesitamos decir lo mismo cuando tenemos veinte años que a los cincuenta. Pero lo que sí me resulta conmovedor es reencontrarme con aquellas obras amadas por mí desde siempre, con las cuales he pasado largas horas de estudio, y sentir que siempre estuvieron allí, como seres queridos, acompañando mi vida.

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