Bebé Reno (Baby reindeer) – Intérprete: Nazareno Casero – Participaciones especiales: Victoria Got, Emma Harumi, Cristián Aguilera, Alejandra Efrón, Jorge Gregorio y Mara Dopaso – Escenografía: Marcelo Valiente – Iluminación: Agnese Lozupone – Multimedia: Vanina Balza – Sonido: Jerónimo Romero. Libro: Richard Gadd – Adaptación y Dirección: Luis Romero
El unipersonal protagonizado por Nazareno Casero toma el material autobiográfico del comediante escocés Richard Gadd y lo convierte en una experiencia física, directa y sin anestesia. No es una obra para pasar el rato. Es un golpe en el pecho. La historia circuló por millones de pantallas gracias a Baby Reindeer, la serie de Netflix.
Gadd vivió una experiencia de acoso por parte de una mujer que conoció en el bar donde trabajaba. Le convidó un té. Ahí empezó todo. Lo que parecía un gesto amable derivó en una persecución digital y presencial que duró años. A eso se suma el abuso que el autor sufrió en su juventud y la dificultad para demostrarlo ante la justicia sin una amenaza concreta. Un entramado emocional atravesado por la vulnerabilidad, la culpa y el desgaste.
La adaptación argentina nació de la serie y también del libro publicado por Gadd. La dirección quedó en manos de Luis «Indio» Romero, responsable de trabajos como El amateur, Casi normales y El hombre inesperado. Romero decide no copiar la lógica de la pantalla. En cambio, construye un espacio escénico propio: un escritorio con papeles, el libro de Gadd, un sillón, un atril con micrófono y un cuenco de vidrio con agua. Elementos mínimos dentro de un espacio dominado por el vacío. La música de Iggy Pop abre la escena y desde ese momento queda claro que no hay lugar para lo decorativo.
El fondo del escenario lo ocupa una gran pantalla. Allí aparecen los mensajes de audio de Martha, la acosadora, con la representación visual que todos reconocemos de WhatsApp. También se proyectan mails y breves videos con testimonios de los padres de Gadd, de Teri y de algunos allegados que hablan sobre ese vínculo. La voz de Martha —con su manera peculiar de hablar— pertenece a Victoria Got. Y hay que decirlo: su trabajo resulta notable. Es un personaje que nunca aparece físicamente y, aun así, se instala en la sala. Su presencia permanece incluso después de terminada la función.
La dirección de Romero apuesta por lo sensorial. La iluminación recorta zonas de sombra donde el personaje parece quedar atrapado. El espacio funciona más como una proyección mental que como un lugar físico. No hay reconstrucción realista. Hay fragmentación emocional. Y esa decisión le otorga al espectáculo una identidad propia, alejada de lo que ya ofreció Netflix.
Casero sostiene todo desde el cuerpo. Corre, grita, cae, se levanta. En un momento se quita la ropa y se enjuaga la cara con el agua del cuenco. Parece un final, pero la obra continúa. Y eso dice mucho sobre el texto: no resuelve, no redime, no clausura nada prolijamente. El humor aparece, la incomodidad también, y ambos conviven en la misma escena sin que el equilibrio se rompa. La respiración entrecortada del actor, los silencios y los bruscos cambios de energía marcan el ritmo de la obra. Es una hora y media de texto sostenido con el cuerpo entero. Un trabajo que merece reconocimiento.
La obra plantea una pregunta sin respuesta sencilla: qué ocurre cuando alguien convierte su experiencia más íntima en un relato público. No para redimirse, sino para intentar recuperar algo de control sobre aquello que lo destruyó. Y esa tensión entre exposición y agotamiento es lo que más permanece después de salir del teatro. Cristian A. Domínguez
Martes a las 20.15
Paseo La Plaza
Av. Corrientes 1660 – CABA
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