FOTOGRAFÍA PROFESIONAL, ¿muerte del talento?

Desde Daguerre a la selfie ¿hay futuro en el arte fotográfico, tal como se lo conoce?

Louis Daguerre (1787-1851) fue uno de los precursores de la fotografía profesional. La invención del daguerrotipo hacia 1839 supuso un cambio de paradigma en el arte de reproducir imágenes. En vez de posar durante interminables horas para un retrato al óleo, por ejemplo, con quince minutos de exposición una persona podía hacerse retratar con una nitidez sorprendente para los cánones de la época. A partir de allí, y como todo adelanto tecnológico que se precie -en especial después de la Revolución Industrial- las patas del progreso corren cada vez más presurosas hacia una meta que siempre parece ser esquiva cual fuente de Tántalo.

Justo para esa época, Robert Cornelius (1809-1893), un joven de Pensilvania, Estados Unidos, obtuvo su retrato en daguerrotipo. Quienes conocen del tema opinan que la imagen, si bien desenfocada, estuvo bien tomada, teniendo en cuenta los tiempos en que se hizo. Los rasgos del muchacho, a la sazón de treinta años, acusan una encomiable nitidez. Para la pose, Cornelius aparece de brazos cruzados y con los cabellos al viento; casi en rebeldía con el estándar de la época, en que la norma parecía indicar que uno debía lucir sus mejores galas para la ocasión y mantenerse con una rigidez casi escultórica. Lo curioso de esta toma es que sería la primera selfie jamás tomada: en efecto, Cornelius se retrató a sí mismo.

Una línea del tiempo de la historia de la fotografía muestra la celeridad de los cambios desde ese 1839 hasta nuestra época actual. En 1861 se crea la primera foto a colores; a fines del siglo XIX Eastman Kodak ya estaba en carrera; en 1925 ya se utilizaban las cámaras de 35mm; las Polaroid surgieron hacia los años cincuenta. Los adelantos siguieron casi a la velocidad de la luz. Hoy, cualquiera puede tomar una foto de cualquier cosa con un simple clic en su teléfono celular. Hasta uno puede hacerse una fotografía de sí mismo sin demasiado esfuerzo. Quizás, a Robert Cornelius le daría un cierto malestar enterarse de que, de haber vivido en este tiempo, su selfie le hubiera demandado segundos nada más.

Lo único permanente es el cambio, dicen los que han abrazado la disciplina de coach ontológico. El ser humano ha debido ejercitar su cintura para amoldarse. Por supuesto, las comodidades de las que gozamos hoy día hubiesen sido una quimera si la humanidad no tuviera la maleabilidad que le permite amoldarse a los tiempos, a las circunstancias, a los cimbronazos del cambio. El progreso puede abrumarnos; ¿quién no se ha mareado con tantas funcionalidades de un celular o una netbook? Y también puede sernos útil. Cornelius tuvo que quedarse quieto un buen rato frente a la cámara para esa toma, pero cualquier ciudadano de a pie puede, hoy, sacar una foto de sí mismo con ayuda de un celular y un “palito selfie”. En menos de lo que canta un gallo.

Queda flotando en el aire, no obstante, un interrogante. ¿La fotografía profesional está agonizando? ¿Cómo queda parado el fotógrafo profesional en medio de tantos devaneos? Y sobre todo, ¿qué hay del talento? Nombres como Annemarie Heinrich, Dorothea Lange, Pedro Luis Raota, Henri Cartier-Bresson, Sara Facio, Aldo Sessa, perduran en la mente de muchos. Y bien podemos preguntarnos: ¿cuánto falta para que lo masivo, lo instantáneo, lo fácil, el “aquí y ahora”, termine enterrando lo artístico, para que el talento de figuras como las mencionadas y muchas otras quede en segundo plano?

En el sitio Fstoppers, su administrador, Patrick Hall, escribe lo siguiente: “Con más frecuencia se contrata a los fotógrafos por su visión, por el manejo de la cámara, por su propio alcance social y público y por su capacidad de manejar un vasto equipo como si fuera el dueño de un circo. Es cada vez más difícil que un fotógrafo pueda decir que lo único que desea es crear fotos, sin tener que atender otras responsabilidades que solían ser delegadas a otros creativos profesionales. Parece que hoy más que nunca, un fotógrafo exitoso deberá contar con su propio alcance en redes sociales masivas”. Hall es un fotógrafo a tiempo completo de Carolina del Norte.

Y dedica algunas líneas a la cuestión de la post-producción: “Por supuesto que se puede ser tan técnico como sea posible, pero según mis experiencias después de más de 15 años de dedicación plena, siento que hay más fotógrafos menos versados en la mecánica real de la fotografía profesional de lo que era antiguamente. Las imágenes se crean exclusivamente en la etapa de post-producción, como si la foto que sale directo de la cámara no fuera lo suficientemente buena. Yo soy un entusiasta de la post-producción y de usar todas las herramientas que Photoshop puede ofrecer, pero siento que hemos llegado al punto en que se ha inclinado la balanza más en favor del artista digital que del fotógrafo, puesto que las imágenes que vemos son, de hecho, más arte digital que fotografía genuina”. Hall titula su artículo: Is photography as we know it dying? (¿Está agonizando la fotografía tal como la conocemos?).

Cabe preguntarse también si otros rubros del quehacer artístico y cultural correrán la misma suerte. Como botón de muestra, la traducción viene soportando los embistes de los (mal llamados) “traductores automáticos”. ¿Qué deberá suceder para que, por ejemplo, la música clásica corra la misma suerte, si es que existe la más mínima posibilidad? La mirada penetrante de Robert Cornelius, la mueca de sus labios, quizás anuncian lo efímero de ciertas manifestaciones del talento artístico que, en medio de la vorágine tecnológica, parecería tener sus días contados. Viviana Aubele

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