DICCIONARIO, donde mueren las palabras

Entre sochantres y facistoles, una peculiar mirada de Cortázar y algunas curiosidades sobre el vocabulario

“En la catedral de Burgos existe un volumen de facistol que copia estas mismas melodías, pero con variantes (…) Don Ángel Bravo me contó entonces que él siempre recordaba a los sochantres cantar estas lamentaciones en la Semana Santa por aquel mismo cantoral”. Las palabras resaltadas en itálica tienen una posibilidad de aparecer en una conversación cotidiana de una en un millón. Tampoco son términos con que uno se toparía en las noticias del lunes, excepto que estemos leyendo la página de cultura (y con suerte), o un crucigrama sofisticado. Antes de que el estimado lector tome, en un acto de desesperación, un diccionario o su celular y abra el buscador Google, le informamos que un facistol es un atril donde se apoya el libro para el canto litúrgico; y un sochantre es simplemente el director del coro en un oficio religioso.

En su (anti)novela Rayuela (1963), Julio Cortázar nos presenta su visión extraordinariamente particular sobre esos mamotretos que han sabido poblar nuestras bibliotecas y que el avance de la tecnología ha relegado justamente a un apacible retiro en esos estantes cual ánforas de adorno. En el capítulo 40, los personajes -Horacio Oliveira, Manuel Traveler y su esposa Talita- inventan juegos a partir de vocablos que extraen del “cementerio”, es decir el diccionario. Las palabras que estos tres personajes utilizan en este momento lúdico estarían a la altura de las citadas facistol y sochantre, es decir, términos que prácticamente nadie utiliza. Y es interesante que sea Cortázar quien traiga a la palestra esta mirada, pues en la misma novela el autor, en un admirable juego léxico, narra maravillosamente un encuentro erótico entre Oliveira y la Maga poblando la página de vocablos inexistentes.

El diccionario que sirvió de sustento al momento lúdico de los tres personajes es el Diccionario Ideológico de la Lengua Española. Se trata de una colosal obra del lexicógrafo español Julio Casares, compilada entre 1915 y 1942, que va a contramano de los diccionarios tradicionales, pues se obtiene la palabra a partir de la definición o del concepto. En 1921, Casares pronunció su discurso de ingreso a la Real Academia Española en estos términos: “Va siendo ya hora de acometer derechamente, sin pararse en viejas rutinas, ni siquiera en tradiciones respetables, la catalogación metódica, sistemática, racional de las palabras redimiendo de una vez a la lexicografía de la tiránica y estéril arbitrariedad del orden alfabético”. Es que ¿qué cosa más arbitraria que el orden alfabético? Y así y todo, una vez aprendido el orden de las letras en el alfabeto, no se olvida.

La idea de organizar el acervo lexicográfico de una lengua no es una novedad, ni es una invención moderna. Tan temprano como en la época sumeria, ya existían tablillas cuneiformes con listados de palabras en sumerio y en acadio. Dondequiera que hay escritura, hay diccionarios o algo parecido. Organizar un diccionario es tarea de cíclopes: el estadounidense Noah Webster terminó de compilar en 1828 su diccionario de la lengua inglesa, después de veintiséis años de labor y de aprendizaje de ¡veintisiete! idiomas para realizar trabajos comparativos entre lenguas. Samuel Johnson también había compilado un diccionario pero en las islas británicas unos ochenta años antes. La novedad de Webster fue que introdujo ortografías de la variante del inglés de Estados Unidos en aras de la simplificación. Así, colour pasó a ser color y centre invirtió el orden de algunas letras: center. Webster incluyó también términos usuales en el American English que no aparecían en los diccionarios británicos, haciendo de este instrumento algo descriptivo, a diferencia de lo normativo.

Sobre Noah Webster, hay un detalle muy simpático. En Symphony in Slang, un dibujo animado de Tex Avery, un joven llega al cielo hablando con los modismos típicos de principios de los años cincuenta. San Pedro no le entiende y lo lleva a donde está Noah Webster, pluma en mano y diccionario abierto, para ver si ambos pueden comprender lo que el muchacho cuenta. Por supuesto, Noah Webster pasó a mejor vida muchísimos años antes de que pudiera registrar en su diccionario esos extraños modismos. Pero posiblemente al joven le habría costado utilizar en su discurso de entrada al cielo expresiones que duermen el sueño de los justos en unas páginas amarillentas.

Es que las lenguas y el papel impreso corren a velocidades distintas. Lo único que puede llegar a soportar el ritmo de los cambios léxicos es internet: los diccionarios en línea (no confundir con los mal llamados “traductores”) no solo contienen los vocablos de la lengua en cuestión sino que, gracias al aporte dinámico de los hablantes, se actualiza y renueva constantemente. Y esto es de gran utilidad para todo aquel que guste regodearse en la sinonimia. Viviana Aubele

Vota esta nota

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación / 5. Recuento de votos:

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Publicado en:

Deja una respuesta