FERNANDA MORELLO, una mujer en armonía

La gran pianista habla de la noche, el reencuentro, el cansancio, la utilidad del arte y la inmensa oferta cultural local

Pianista, docente, esposa, madre, son algunas de las facetas de Fernanda Morello, mujer creativa que transita vertiginosamente los teclados del piano y del celular. El año pasado tocó en el Colón con la Filarmónica, acaba de organizar un recital en el Salón Dorado por el Día de la Mujer, con un programa de mujeres compositoras, y es curadora con el ambientador y músico Martín Roig del ciclo Reencuentro, que marcó el regreso de la música de cámara en plena pandemia. Y se vienen más proyectos.

¿Cómo te iniciaste en la música?

Mi primer recuerdo musical tiene que ver con la cortina musical de la novela Pobre diabla, que era el Concierto para piano Nº1 de Chopin. Empezaba la música y me agarraba una especie de conmoción, me iba a un sillón que tenía un apoyabrazo de madera y hacía como que tocaba el piano. Tenía cinco años; al poco tiempo mis padres me compraron un piano vertical y comencé a estudiar.

¿Había músicos en tu familia?

No, mi papá era docente de alma, lo cual heredé, y mi mamá por ese entonces trabajaba en una empresa. Mi papá tiene que ver con lo sutil y mi madre con la fuerza, al revés de lo que uno se imagina del arquetipo de padres. A los doce años empecé a tomar clases con María Fernanda Bruno, que me formó, me enseñó la luz… o más bien ¡me prendió fuego! (risas). Fue como una madre musical para mí, otra figura femenina muy fuerte, muy libre, que tomaba decisiones personales y profesionales muy desconcertantes.

Gracias a ella yo entendí qué es ser pianista en esta vida. A la vez, siempre fui una persona muy física: hacía judo a los cinco años, danza clásica, pero me enloquecía la danza española; también hice danza contemporánea con Vivian Luz, me parecía exótico. La danza te construye el cuerpo de una manera especial, posturalmente me ayudó un montón. También hice cuatro años de kung fu… Siempre trabajé lo corporal y lo intelectual conjuntamente. La división mente-cuerpo es arbitraria, somos una sola cosa complejísima.

Tu próximo gran proyecto es De pronto, la noche. ¿De qué se trata?

Estoy fascinada. Tengo una relación muy intensa con la música de Maurice Ravel (hasta mi hijo nació el mismo día que él, el 7 de marzo). Durante la cuarentena pude dedicarle muchas horas de estudio a su Gaspard de la nuit, que es muy exigente para el intérprete, y allí comencé a pergeñar este proyecto. Gaspard está inspirado en tres poemas de Aloysius Bertrand, que yo quería que fueran dichos por un actor que tuviera un francés excelente, y fue entonces cuando mi amigo el director de teatro Gonzalo Demaría me presentó a Marcos Montes, francófono tremendo, que se sumó con entusiasmo, como también José Militano, director de cine de treinta años, que también toca el piano. En el documental, Marcos y yo hablamos de la relación entre la música y la palabra, de cómo Ravel se inspira en Bertrand desde la sonoridad de las palabras hasta el contenido. Están filmados los ensayos y nuestras charlas. Y este corto va a tener un correlato teatral, donde incorporamos obras de otros compositores siempre con la noche como inspiración, también con la dirección de Militano. Esperamos estrenar en junio.

Hablemos de Reencuentro.

La gestión siempre me interesó. Con Martín Roig somos amigos desde hace muchos años, y me propuso armar a fines de 2019 un ciclo de seis conciertos en un lugar no tradicional -hotel, salón particular, jardines-, sostenido económicamente por un host que financiara cada concierto. En  2020, en medio del más oscuro encierro provocado por el tsunami pandémico, me llamó y me dijo, “parecerá una locura, pero quiero hacer los conciertos apenas se abra mínimamente y podamos reunir a ocho personas en un living”. Así fue que el 28 de diciembre de 2020 nos lanzamos a la aventura. El gusto que me di de programar artistas que admiro en un momento en que nadie daba laburo, en  medio de un cierre totalmente acrítico de la cultura, lo tengo en un lugar muy especial de mi corazón. En realidad, es una modalidad que recrea los conciertos de corte o de salón social.

Liderar nuevos proyectos ¿es una constante en tu vida?

Y sí. Me cuesta identificarme con el rótulo de “sexo débil”, para mí las mujeres somos polifónicas. Vengo de un linaje de mujeres muy fuertes: mi abuela materna, a quien no conocí, se subió a un barco a los quince años en Asturias y se vino a América sola; mi abuela paterna vivió hasta los noventa y siete años y era muy poderosa. Mi mamá estudió psicología cuando yo estaba en el secundario, fue muy hermoso verla estudiar, y para mí fue muy formativo como mujer.

¿Siempre estuviste segura con tu vocación, con lo que estabas haciendo?

¡Nunca estoy segura de lo que estoy haciendo! (risas). Cuando tenía quince años quería estudiar derecho o historia, era delegada en el centro de estudiantes, me interesaba la política, tenía muchísimos intereses. Hice la licenciatura en Arte con especialidad en música, pero ahí me di cuenta de que no podía obviar el conservatorio, porque la licenciatura formaba críticos, no músicos, y ahí fui al Conservatorio Manuel de Falla. Siempre estoy como a contramano,  en todas las cosas hago una construcción a mi manera, no tradicional, y si me estrello me estrello en la mía. Soy medio artesana, cocinera de mi propia gestión artística y de la construcción de mi personalidad también.

¿Te cansaste de todo alguna vez?

Sí, me canso y lloro un rato y luego vuelvo al ruedo, porque tengo mis usinas de amor, que me arreglan un poco y me despachan de nuevo. Mi hijo Manuel (19) me conoce bien, me consuela, me lee perfecto. Con mi marido Hernán Torres hace casi veinticinco años que estamos juntos, y nuestro vínculo se siente muy joven, nos divertimos, el mejor programa es estar juntos. Es un “varón deconstruido” (risas). No cualquier hombre está dispuesto a tener una mujer fuerte al lado, y él lo disfruta; hacemos una buena combinación de Cáncer y Escorpio. Es arquitecto, y la arquitectura es artística, pero también es concreta. Siempre le digo “qué maravilla que trabajás en algo que es realmente útil”, mientras que yo estoy horas pensando cómo voy a hacer un pianissimo en una obra.

¿El arte no es útil?

Lo digo con ironía. Yo creo que el arte es un servicio cultural y espiritual, no está para entretenernos. El vínculo con el arte existe al hacerlo, al disfrutarlo, al mirarlo, y en cualquiera de esos lugares es activo. El espectador está procesando lo que recibe, dejando que le atraviese el cuerpo y el alma, teniendo una experiencia, no consumiendo algo para pasar el tiempo como es el caso del entretenimiento, que puede ser algo extraordinario pero no trascendente. Por eso hay veces que el arte no te gusta, y eso me parece que es algo interesante para educar y para proponer. El arte puede hacerte pensar desde lugares que antes no te lo planteabas, puede acompañarte o desafiarte. Además, la música tiene esa cualidad de lo efímero. Un libro puede releerse, un cuadro mirarse muchas veces, pero el momento de la música en vivo, si no pudiste conectarte, ya pasó, te demanda en ese instante, es misteriosa. El trabajo de “atrapar” al oyente es fascinante. Por ejemplo siempre me llama la atención cómo el público reacciona al pianissimo, disfruto particularmente compartirlo. Es como decir, vamos todos a ir bajando al borde del silencio, y no hay ni una tos, ni vuela una mosca ni nadie habla. Estamos todos sintonizando algo juntos.

Volvamos a un tema “femenino”: ¿cómo es ser mamá y pianista?

Lo viví muy natural e intensamente. Nunca tuve trabajo en relación de dependencia, tenía alumnos particulares en casa, así que estaba con el bebé todo el tiempo. Pude ir a buscarlo al colegio siempre, y todos los días llevarlo a la plaza. Además, con Hernán tuvimos una paternidad absolutamente compartida, nunca me dijo “¿querés que te lo bañe?”, el famoso “te ayudo”. Recuerdo cuando hice un concierto en el Teatro El circulo de Rosario, abriendo la temporada, toqué el Concierto Nº 1 de Shostakovich. Yo tenía un vestido largo negro con volados, y luego de mi actuación iba la Sinfonía fantástica de Berlioz, y yo la quería escuchar. Cuando terminé mi parte, Manu -que se portó como un duque mientras toqué- quería estar conmigo. Entonces me quedé con él, sentada en unos escalones entre bambalinas, con mi vestido con volados, jugando con sus camioncitos mientras escuchaba la sinfonía, y dije “esto es una maravilla, es como debe ser en mi vida”.

¿Cuál es tu lugar en el mundo?

A pesar de que tuve la oportunidad de trabajar en Estados Unidos y de probar suerte en Europa, tomé la decisión de quedarme en Buenos Aires. Para mí Buenos Aires no tiene rival. Tiene una vibración muy difícil y muy interesante. Vivir en la metrópolis no es para cualquiera, hay que ser bicho entrenado para eso, es alucinante. Un día caminando por el Once me di cuenta de la diversidad que tenemos, las colectividades que circulan por allí, los puestos de comida envueltos en humo, el reggaetón… eso no existe en todos lados. Es cierto que es un combo para consumirlo homeopáticamente y en pequeñas dosis, pero poder convivir con eso es una experiencia. Todo eso es super inspirador para cualquier artista.

La oferta cultural es inmensa, y yo que estoy en gestión cultural sé lo difícil que es producir todo eso; me consta que no son cosas con las que uno se hace rico. A nadie se le regala nada, más bien se te tirotea, tenés máquinas de impedir por todos lados. Igual, el lugar en el mundo depende mucho del interior de cada uno. Y más allá de cualquier lugar, disfruto mucho el mar, tengo una relación muy intensa, lo necesito energéticamente, en cualquier clima, aún en el más frío. Siempre vuelvo al mar.

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