ESCRITURA MANUAL, ¿con fecha de vencimiento?

La enseñanza de una habilidad básica en peligro de extinción

En la mente de muchísimos argentinos nacidos a mediados del siglo XX está presente la imagen de la portada de Upa!, un maravilloso libro del uruguayo Constancio C. Vigil. Sus hermosas páginas que reflejaban la escritura manual, ilustraciones a todo color con palabras y frases en cursiva grande y prolija, fueron la delicia de familias enteras, y aún lo son. Y cuántos niños de aquel entonces aprendimos tantas cosas. Desde una de esas páginas “el pato nada”, y esa “p” trae a la cabeza de quien escribe estas líneas la imagen de su maestra de primer y cuarto grado, Amanda Linares, quien partió hace poco a sus maravillosos 92 años, dejando un recuerdo imborrable en sus exalumnos. Gracias a la señorita Amanda, supe que se podía escribir la “p” cursiva como si fuera un “1”.

La enseñanza de la letra cursiva solía ser parte del currículo escolar; pero desde hace décadas, esta habilidad se enseña cada vez menos. Los niños de primaria parecen muy duchos para escribir en imprenta, pero casi desconocen la cursiva. La brecha generacional se agranda cuando un docente que aprendió la cursiva en sus años de primaria se extraña de que sus jóvenes estudiantes le digan, “Profe, no le entiendo la letra”. Y no es que el docente dibuje garabatos o mamarrachos en la pizarra: simplemente, el estudiante no sabe leer la letra del docente porque no le enseñaron la cursiva en la escuela. O si se la enseñaron, el énfasis fue tan escaso que, como todo aprendizaje que no se ancla de manera correcta, el estudiante la olvida como si jamás la hubiera visto. Algo similar ocurre con la interpretación de los relojes analógicos, hoy vistos como una rareza del pasado por las nuevas generaciones que prefieren la facilidad de los digitales y que, obviamente, no son capaces de entender los “y cuarto” o los “menos diez”.

La cosa se pone más seria si pensamos en cómo las tecnologías han tomado por asalto el mundo de la comunicación escrita, especialmente por obra y gracia de la eterna cuarentena de 2020-2021, durante la que, forzosamente, los alumnos debían realizar sus tareas escolares o académicas por computadora. La educación ha sufrido los coletazos de un violento cambio de paradigmas, cuyas consecuencias serán, en el peor de los casos, imposibles de revertir: repetida es la queja de profesores de idiomas que aseguran que los jóvenes de entre veinte y treinta y cinco prefieren la modalidad virtual antes que la presencial.

Salvo muy pocos “ilustrados” que se toman los mensajes de texto o de Whatsapp como si fueran la última novedad de Cervantes o Lope de Vega, la gente tiende a omitir mayúscula, tildes y puntuación. Ni hablar de las faltas de ortografía o de las abreviaturas que parecen más bien ejemplos de la Neolengua de 1984. Cuanto menor el rango etario, más proclive es la gente a esta tendencia. En este mundo loco donde todo pasa a la velocidad del Correcaminos, donde la estimulación de los medios es tan saturante que pocos son capaces de soportar un reel de Tiktok o Instagram de más de 15 segundos, donde la impaciencia imperante afecta el placer de la lectura de un buen libro, todo tiene que ser “express”; todo para antes de ayer. Incluso la manera en que uno escribe. Es curioso, porque la práctica indica que es más fluido escribir en cursiva, donde los trazos se continúan sin necesidad de levantar el instrumento de escritura del papel, que escribir en imprenta, en que las interrupciones del fluir del trazo son más repetidas.

Es cierto que el teclado ahorra mucho tiempo, y más si uno ha aprendido dactilografía. Pero ¿a qué precio? Hay quienes afirman que aprender la escritura manual activa una serie de mecanismos relacionados con la coordinación y la motricidad fina. Y, en definitiva, el que sale beneficiado es el cerebro. Sin embargo, otros sostienen que países que descartaron la cursiva en su currículo han obtenido puntajes muy buenos en las PISA  (Programme for International Student Assesment). Por ejemplo, en Finlandia y Estados Unidos, la enseñanza de la cursiva ha caído casi en desuso o no es obligatoria.

¿Será que, después de todo, estaremos atravesando un proceso de cambio en la escritura? Quizás se trate de un largo proceso que somos incapaces de ver, tal como se nos dificulta apreciar el crecimiento de nuestros hijos a lo largo del tiempo: solo lo notamos “con el diario del lunes”. ¿Será que la escritura manual tiene fecha de vencimiento? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías inciden en el desarrollo de su inteligencia? ¿Estaremos involucionando hacia una fase pre-escritura?

La popularidad de los emoticones, los stickers y los GIFs en las comunicaciones por whatsapp o mensajes de texto parecen hacer obsoleta y hasta innecesaria la escritura como la conocemos hoy. Quizás, en no muchos lustros, la joya de don Vigil sea mirada con curiosidad por visitantes de un museo, como miraríamos hoy una Biblia en letra gótica. Viviana Aubele

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La escritura cursiva en Wikipedia

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