La artista Alejandra Radano, que en 2025 formó parte de La Revista del Cervantes y actualmente integra los elencos de Company y Tester, es entrevistada por Guillermina Gordon. Vocación, conciencia, trabajo y una mirada personal sobre el presente atraviesan una conversación que oscila entre lo íntimo y lo filosófico.
Cuando te conocí, me dijiste que estabas por hacer una especialización en vocación humana. ¿Quién sos, Alejandra Radano?
Nombrás la vocación humana y es un tema central. ¿Quién es uno? Para bajar a la tierra uno se define por la profesión, es lo primero que hace. Si lo hacemos desde ese lugar, soy intérprete argentina de teatro musical.
¿Estás segura de que uno se define por lo que hace?
Si tengo que hacer una presentación sin entrar en un marasmo filosófico, soy intérprete de teatro musical. Elegí ese recurso expresivo para manifestarme públicamente en la Tierra. Si no, soy una persona en formación, un ser humano que está haciendo su experiencia humana. Tengo pensamientos bastante nihilistas: pienso que todo va a ser destruido, que todo va a desaparecer. Vamos a desaparecer nosotros, va a desaparecer la Tierra. Y, aun así, hay algo en la experiencia que sigue teniendo sentido mientras sucede.
Y cuando desaparezca todo, ¿algo va a crearse otra vez?
No sé.
El presente como impulso creativo
¿Te preguntaste de dónde venís?
Sí, de hecho es un tema de mis espectáculos. Es lo que estoy haciendo en Tester, con Carlitos Casella. El texto final plantea: ¿alguna vez se sentaron a pensar por qué estamos aquí, de qué se trata esta vida? Los científicos llegaron a la conclusión de que nacemos, vivimos un tiempo y después morimos. Pero no sabemos para qué, ni cómo, ni por qué. Hay una especie de vacío en esa respuesta. Sabemos el recorrido, pero no el sentido. El principio es el fin, la muerte como nacimiento. Esa idea me interesa mucho: que todo lo que empieza ya contiene su final. Esos temas a mí me parecen fundamentales en este momento de mi vida. Hay gente a la que le llegan de más joven, pero la mayoría nos encontramos con esas preguntas en la edad media.
¿Te gusta vivir en el siglo XXI?
Me parece maravilloso. Es una súper época, una época de cambio. Desde la astrología, estamos entrando en la era de Acuario, que propone el grupo, la comunidad. Las obras en las que estuve en este tiempo —y en las que tuve la oportunidad y la dicha de estar— son obras de grupo. Estuve en La Revista del Cervantes, ahora estoy en Company. Es interesante ver qué pasa cuando la gente está enfocada en un objetivo común, bien dirigida, desde un lugar pacífico. La fuerza que aparece es enorme. Esa es la batalla, en el buen sentido: pensar qué puedo hacer yo para mejorar el mundo.
¿Ser un buen integrante quizá?
Totalmente. Pero empezando conmigo, que es lo más complicado.
Hablás de grupo, de trabajo, ¿cómo es tu vínculo con la disciplina?
Estoy aprendiendo a darme cuenta de qué es lo que quiero hacer, no lo que “hay” que hacer. Hubo momentos en mi vida en los que yo tenía que hacer tal cosa para lograr tal otra. Y ahora la aguja cambió. Hay una disciplina, hay un esquema, porque el teatro necesita una conducta. Pero dentro de eso me flexibilicé. Entiendo que también hay que escucharse, no todo puede ser imposición.
¿Qué te dejó trabajar con Alfredo Arias?
Rigor, pulcritud, conducta, forma. Rigor de la expresión. Es lo primero que se me viene. También maestro. Maestro de vida. Fue una época muy rica, de mucho trabajo y aprendizaje.
¿Cómo memorizás textos?
Fui por varias técnicas. Me gusta sentarme y pasar como loro. También me grabo, lo escucho, lo escribo, hago dibujos, uso distintas reglas mnemotécnicas. Ataco la memoria por todos los ángulos. Después aparece el cuerpo. No es solo algo mental: necesito moverme, decirlo en voz alta, encontrarle un ritmo físico. Ahí es donde el texto empieza a vivir.
¿Siempre sola?
Sí, hay una primera parte que la tengo que hacer en solitario: investigar, buscar referencias, abrirle todas las ventanas al texto. Es un trabajo de campo. Me encanta armar el dossier. Después aparece el encuentro con los compañeros, y ahí se produce algo distinto. El otro te modifica, te obliga a salir de tu idea inicial.
¿Qué hacés cuando estás triste y tenés que ir a la función?
Voy triste. Igual es raro, porque cuando uno hace una obra, la obra manda. Y más en un musical, que son muchos elementos: la orquesta, los compañeros, la estructura. Uno queda medio engullido por todo eso. Y tiene que interpretar. Y, en algún punto, eso también te saca de vos.
¿El trabajo también genera vínculos?
Sí. Las obras te permiten reencuentros y también vínculos nuevos. Me pasó en Company: me reencontré con Hernán Küttel, compañero de la primera época de Drácula, y se generó algo cercano a una amistad. El teatro propone ficcionar relaciones todo el tiempo, y después está lo que realmente se construye afuera de esa ficción, de ese ritual. Ese cruce siempre me llamó la atención.
¿Con qué mujeres te identificás y a quienes admirás?
Estoy muy orgullosa de mis colegas contemporáneas, que son muchas, pero también me gustan profesionales que quizás no están relacionadas con el teatro, como arquitectas, diseñadoras textiles, matemáticas. Wendy Carlos, una de las pioneras transgénero de la música electrónica, Brigitte Champetier de Ribes, Nazareth Castellanos. Me gusta dispararme a esos mundos interdisciplinarios, porque me parece que me aportan mucho. Para mí todo es un poco lo mismo, uno tiene un recurso expresivo con el cual se manifiesta. Después eso se puede llamar teatro, plomería, carpintería, para mí es todo lo mismo. No hay diferencia con una persona que está actuando.
¿Sos ortodoxa en algo?
En la ópera. Tengo un amigo con el que somos muy ortodoxos con la tradición, sobre todo a nivel de canto. Porque a nivel de puesta en escena soy más heterodoxa. Nos gusta que se sigan determinadas reglas.
¿Vas al Colón?
Sí, me encanta. Me gusta mucho ir a ver ópera y conciertos. La música barroca me hace muy bien, me encanta Bach. Igual toda música puede tener algo que me interese.
¿Hasta el rap?
Todo, absolutamente todo. Es como la definición de la belleza: si la vibración de esa composición tiene un sentido con la armonía o empatiza con mis cartas internas.
Lo cotidiano como territorio interior
¿Qué sentís cuando amanecés?
Lo primero que digo es gracias. Gracias por despertarme, por la sábana, por el techo. Soy muy consciente de eso. No hay un día que no agradezca.
¿Y a la noche cuando te vas a dormir?
Me intriga. Siempre me intrigó qué pasa en la noche. Hay algo ahí que no controlamos.
¿Sos celosa?
Sí, y es una de las cosas en las que estoy trabajando. Uno carga con los traumas de su vida y, si no los trabaja, vuelven, se repiten como patrones. Cuando uno lo entiende, se sale del rol de víctima. Eso es muy potente. Pero después viene el trabajo real, que es aceptar eso que uno es. Tal vez tenga que abrazarme como celosa para poder transformarlo.
¿Sos «gánica»?
A veces sí, a veces no. También es muy necesario no hacer nada. Estamos rodeados de estímulos, impulsados a producir, a ser exitosos. Estoy en un momento de mucho trabajo, de no tener tiempo libre. Ahora voy a hacer Hairspray. Es empezar otra obra, otra intensidad. Pero estoy chocha.
¿Cuáles son tus miedos?
El primero es no poder sostenerme económicamente. Y también el miedo a no confiar. Porque hay una parte mía que confía en que las cosas van a estar bien. Pero aparece el miedo, quizá por lo que hemos vivido o heredado. Es algo muy profundo.
¿Se puede achicar?
Sí, pero aparece igual. Entiendo su origen y también entiendo que es heredado. Es como abrir un placard y decir: todo esto que está guardado ya está, hay que ir limpiándolo. Por eso una de las palabras que más me gusta es “ordenar”. Igual tengo una relación ambigua con el orden: puedo ser muy ordenada o muy desordenada. Pero siento que en esta etapa hay que amigarse con uno, que es lo único que nos va a salvar.
¿Sos exigente con la excelencia?
Estoy aflojando. Me acerco más a la placidez, a lo placentero. Entender el devenir de las cosas. Si en una función algo no sale, está bien. Soy disciplinada, pero si el cohete estalla, estalló. Mañana será otro día. El teatro permite eso. Y ojalá poder trasladarlo a la vida.
¿Qué te hizo cambiar?
La edad, y también el deseo de evolucionar como persona. Ahí entra lo de vocación humana.
¿Con qué personas te gusta estar?
Con mis amigos.
¿Y por qué son tus amigos?
Soy muy empírica en eso. Uno se encuentra con personas que tienen que ver con uno. No tengo muchos, pero los pocos que tengo son buenos. También disfruto mucho de la soledad. Y la paso bien.
Origen y herencia
¿Qué valores heredaste de tus padres?
Mi mamá era maestra y pianista incipiente. Muy expresiva. Me fascinaba verla cuando se enojaba, porque era muy actriz. Siento que aprendí actuación con ella.
¿Y tu papá?
Tenía una relación muy estrecha con los libros y con el saber profundo, sin querer demostrar nada. Recuerdo las últimas charlas con él cuando tenía que interpretar a Isabelita Perón en Happyland. Era un apasionado de la historia, y no estaba sujeto a ningún partido. Estaba a favor de la historia y de la moral bien entendida.
¿Qué es la moral bien entendida?
La honestidad, lo que le hace bien a una sociedad y a su desarrollo. Mi papá era sociólogo y trabajaba con la calidad. Había querido ser marino mercante, pero no pudo porque era daltónico. Terminó en sociología en una época difícil debido al momento político. Después trabajó en empresas, y más tarde abrió la suya, siempre vinculado a la calidad. También estudió psicología social con Enrique Pichon-Rivière. Yo siempre abrevé en los libros con los que él había estudiado. Era una apasionada de su biblioteca, y de alguna manera la repliqué. Uno de los libros que tenía y que leía era La teoría del orgasmo, de Wilhelm Reich. Es muy interesante porque plantea una relación entre la energía vital, la sexualidad y el desarrollo de los pueblos. Reich fue una figura polémica, incluso perseguida. Hay algo de esas ideas que a mí me resuena, más allá de lo literal. Tiene una frase que me quedó: “la modestia inoportuna no es virtud”.
¿Y cómo dialoga eso con tu mirada?
Yo creo que todo forma parte de una evolución. El hombre construye y destruye. Hay momentos de expansión y momentos de depuración. Hoy hay una necesidad de destrucción que a veces parece absurda. Abrís el diario y ves bombardeos por todos lados. Es la historia de la humanidad, siempre pasó. Pero los fanatismos no sirven. Ni por la guerra ni por la paz. La guerra por la paz no es paz.
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