Los colores del tiempo (2025, Francia, 124 min.) – Título original: La venue de l’avenir – Género: drama, familia – Reparto: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Julia Piaton, Vincent Macaigne, Paul Kircher y otros – Guion: Cédric Klapisch y Santiago Amigorena – Dirección: Cédric Klapisch
El título original de la coproducción franco-belga Los colores del tiempo —recién estrenada en Argentina— es La venue de l’avenir («La llegada del futuro»), y alude a un pasado que vuelve al presente cuando una familia recibe en herencia una antigua casa en Normandía.
A partir de la propuesta de vender la propiedad, varios parientes —casi desconocidos entre sí— deciden por Zoom que cuatro de ellos viajen a conocer la propiedad heredada. El viaje y la visita a la casa adquieren un tono casi mágico, entre el reencuentro familiar y el descubrimiento de una historia ignorada. En medio del campo, abrir la puerta de una vivienda abandonada desde fines del siglo XIX es una invitación a descubrir raíces y desenterrar secretos.
Una pared cubierta de fotografías en tonos sepia despierta la imaginación de los visitantes. Entre ellas aparece la imagen de Adèle Meunier, la tatarabuela común, cuya historia emerge del olvido y da origen a una segunda línea narrativa. Por un lado, la película retrocede hasta la Normandía de 1895, cuando Adèle abandona la casa para viajar a París en busca de la madre que la dejó cuando aún era una niña. Por otro, el presente reconstruye la identidad de una familia dispersa a partir de fotografías, documentos y una inesperada obra de arte.
En ese tiempo, la fotografía era un documento familiar, un testimonio inmóvil registrado en tonos sepia. Paralelamente, el impresionismo revolucionaba la pintura mediante el movimiento, la luz y el color, alejándose del academicismo. Ambas transformaciones dialogan con la evolución de los personajes y constituyen uno de los ejes más interesantes de una historia que articula dos relatos en uno.
Adèle Meunier, de belleza campesina, se transforma en una joven parisina cuando descubre a su madre, comprende las razones de su abandono y conoce un mundo completamente diferente. Ese despertar da lugar a una nueva Adèle, más libre y consciente de sí misma, del mismo modo en que la fotografía y la pintura evolucionaban hacia nuevas formas de representar la realidad y de celebrar el progreso tecnológico y social.
Mientras tanto, los cuatro descendientes también comienzan a transformarse a medida que descubren el valor de los objetos hallados en la casa y reconstruyen la historia de sus antepasados. Cada revelación los ayuda a comprender quiénes fueron aquellos que los precedieron y, al mismo tiempo, quiénes son ellos.
Con maestría, Cédric Klapisch combina recursos tradicionales con efectos visuales e inteligencia artificial para reconstruir el París de fines del siglo XIX. Gracias a esa recreación desfilan figuras históricas como Víctor Hugo, Sarah Bernhardt, Félix Nadar y Pierre-Auguste Renoir, integradas con naturalidad a la narración. A ello se suma un exquisito trabajo de vestuario, que contribuye decisivamente a la atmósfera de la época.
La interpretación de Suzanne Lindon como Adèle transmite una delicadeza casi etérea sin perder humanidad, mientras que Sara Giraudeau, en el papel de la madre, ofrece una actuación de gran intensidad. El resto del elenco también aporta solidez a esta historia de búsqueda de identidad y memoria familiar.
Los colores del tiempo son, en realidad, los de la memoria. Cédric Klapisch construye una historia donde el pasado y el presente dialogan para mostrar cómo los cambios tecnológicos, artísticos y sociales moldean la identidad de las personas. Es una película atractiva y emotiva, para disfrutar y reflexionar. Martha Wolff
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