Sarmiento, la clase – Actúan: Juan Leyrado, Carolina Oviedo – Maquillaje: German Perez – Vestuario: Pia Drugueri – Iluminación: Fernando Chacoma – Escenografía: Micaela Sleigh – Autor: Juan Francisco Dasso – Dirección: Nicolás Dominici
Humo, luces, telón. Y de repente, Juan Leyrado aparece sobre el escenario convertido en Domingo Faustino Sarmiento, el prócer frente a vos. Sarmiento, la clase no es teatro tradicional. No hay escenas cotidianas ni diálogos entre personajes. Es una conferencia. Sarmiento aparece para dar una clase magistral sobre educación y progreso. Vos, como espectador, sos parte del juego: estás ahí porque «los organizadores te invitaron». Ese detalle cambia todo. No mirás desde afuera. Estás adentro.
La propuesta viene de la pluma de Juan Francisco Dasso. La idea: traer a uno de los próceres más discutidos de la historia argentina y mirarlo con los ojos del presente, sin el filtro del cuadro escolar, sin la reverencia del libro de historia. Nicolás Dominici, desde la dirección, construyó el espectáculo con precisión y llevó el texto de Dasso a un lugar donde las emociones del personaje son el centro.. La escenografía de Micaela Sleigh es minimalista: una tarima, un sillón, una jarra de agua.
No hay excesos. Hay claridad. El prócer llega cargado de egocentrismo, de ideas polémicas, de frases que todavía duelen. El texto lo hace decir «yo, yo, yo» de forma recurrente, un recurso que subraya ese rasgo histórico de su personalidad. El clímax aparece cuando, en su famosa carta a Mitre, Sarmiento habla de «no escatimar sangre de gauchos». Ahí la obra se tensa. Se siente algo en el pecho.
La actriz Carolina Oviedo crea su rol de asistente en forma sutil al principio, pero va creciendo. Es ella quien le pone el freno al prócer con preguntas que cualquiera le haría. Oviedo no acapara la escena, pero la equilibra. Le da al espectador un punto de identificación, de alguien que también cuestiona.
El parecido físico de Juan Leyrado con las imágenes históricas de Sarmiento es llamativo, y la obra lo aprovecha desde el primer instante. Pero, más allá del aspecto, Leyrado construye un personaje de peso, el de un hombre que se cree el ombligo del mundo, que defiende sus ideas con convicción, que incomoda. Lo hace con un volumen actoral que no necesita gritos ni efectismos. La jerarquía de su trabajo se siente.
El texto tiene sus limitaciones. Por momentos el guión no termina de encontrar su rumbo, y el final llega de forma algo abrupta. Sarmiento sale por donde entró. Nada se resuelve. Pero eso, en el fondo, es también una declaración. La historia no se cierra. Sigue incómoda, pendiente.
Sarmiento, la clase, te deja pensando en el país. En quiénes fueron los que lo formaron. En qué parte de esa historia seguimos viviendo hoy. Cristian A. Domínguez
Viernes a las 20
Sábados a las 22.15
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