CONTRAPUNTO II, entre la acromía y el color

Patricia Altmark y Diana Schuster proponen un recorrido sensible donde abstracción y figuración construyen un diálogo perceptivo

La pregunta aparece casi de inmediato: ¿por qué Patricia Altmark vuelve sobre la idea de las raíces? ¿Se trata de las que la sostienen en un territorio concreto o de aquellas que remiten a un deseo de retorno? ¿Cómo dialoga ese universo con el de Diana Schuster, atravesado por la forma y el color? En el marco de Contrapunto II, exhibida en el Centro Cultural Recoleta con la curaduría de Julio Sapollnik, esa apuesta se despliega como un recorrido sensible entre dos lenguajes.

El blanco como territorio de búsqueda

Altmark presenta sus “acromas”, piezas donde el blanco no es ausencia sino materia activa: no hay ausencia de tono, sino “plenitud lumínica”, como señala el propio curador. La serie Raíces encarna esa búsqueda a través de la técnica mixta, con obras que, aun dentro de una lógica común, presentan variaciones sutiles. En uno de los dípticos, la materialidad se vuelve clave, pero también la decisión de prescindir del color: las raíces parecen surgir de lo blanco, una condición inusual que las vuelve más conceptuales que orgánicas, más evocación que representación.

Ese tránsito continúa en Raíces 1, 2, 3, donde la reiteración no es repetición sino exploración. Luego aparecen los Latidos, atravesados por un significado íntimo —“una historia que recordar no quiero”, como resonaría en eco machadiano—, donde el pulso se vuelve marca, signo, insistencia. ¿Será ese latido legible para todos o permanece como clave privada?

Las Sinfonías en movimiento introducen otra dimensión del trabajo de Altmark. Líneas, curvas y rectas se entrelazan en composiciones que sugieren desplazamientos, recorridos, tensiones. En la número 13, como en la 5, la artista construye un espacio dinámico, casi coreográfico. Otras, como la 10, parecen encontrar una mayor calma, una respiración más contenida.

Es claro que hay algo musical en estas obras, no sólo en el título: una suerte de partitura visual que organiza el ritmo de la mirada. Algunas piezas parecen trazar rutas, como si la línea se volviera camino; otras, incluso en pequeño formato —como la sinfonía 12—, laten con intensidad. ¿Cuántas músicas habitan estas líneas? Y todo —o casi todo— sucede en el blanco. Un blanco que no es vacío sino campo de tensión, superficie activa donde la línea acontece.

Sin embargo, cuando la lógica monocromática parece imponerse, irrumpe el color. Y lo hace en un registro distinto: ya no hay sinfonía sino silencio. En estos dípticos, uno de ellos cercano a una forma solar, otro que palpita en tonos rosados, la energía se concentra en otro tipo de vibración, más íntima, más contenida. La abstracción de Altmark no busca resolver sentidos sino abrirlos. La pregunta —qué significa, qué quiso decir— aparece, pero también se relativiza: ¿es necesario responderla?

Obras como Pasión oceánica introducen una gestualidad más expansiva, mientras que los círculos —ambiguos, reiterados— sugieren caminos, ciclos, posibles esperanzas. La luz aparece y se oculta, como si cada pieza oscilara entre revelación y reserva. Hay, en definitiva, una constante: la búsqueda. Todo el recorrido parece responder a esa lógica, incluso en trabajos como Torna asolado, donde la tercera dimensión se insinúa y la pregunta persiste: ¿por qué tantas vueltas?

Dos lenguajes en contrapunto

El recorrido se abre al diálogo con Diana Schuster, cuya obra contrasta desde el inicio en Contrapunto II. Allí, El tiempo y la eternidad se enfrenta a Raíces 4, estableciendo una tensión entre dos universos visuales: el de Altmark, más austero, y el de Schuster, atravesado por el color, el paisaje y una figuración que nunca abandona del todo lo reconocible. Pero el vínculo entre ambas excede la obra: hay una amistad profunda que también dialoga en la sala.

Schuster despliega un universo donde el color narra. Sus trabajos sobre papel hecho a mano —con bordes irregulares y una textura rústica que se vuelve protagonista— encuentran en la transición cromática una herramienta expresiva central. Allí, la sutileza del matiz y el control de la saturación construyen climas que remiten a paisajes, estados y memorias.

Sus piezas en técnica mixta incorporan personajes y escenas, mientras que las exploraciones tridimensionales —especialmente en los “espacios para un encuentro”— revelan un trabajo artesanal y poético, entre lo imaginado y lo vivido. En ese recorrido aparecen también preguntas, dudas (Le doute), figuras en búsqueda, secretos compartidos. Como en Altmark, hay una exploración, pero en otro registro: más narrativo, más abierto al mundo visible.

Universo, duda y persistencia

La palabra vuelve a imponerse: la duda. La duda como posibilidad, como espacio que cada uno completa con la propia experiencia. Aparecen entonces los universos. ¿De dónde son? La artista parece responder: sos vos. Ese “universo que eres tú” se despliega en obras que adoptan un tono casi infantil, como si la mirada se despojara de todo artificio para volver a un origen sensible.

Luego están las piedras: la familia, la resiliencia, la amistad, la salud. Y una frase que condensa una ética: escribir las heridas en la arena y grabar las alegrías en la piedra. El recorrido vuelve al papel. Y desde allí, como en un sobrevuelo, ese universo —el propio— se deja ver en perspectiva.

Dos lenguajes distintos, dos recorridos personales, pero una misma necesidad: explorar, vincular, dar y recibir. Martin Wullich

Martes a viernes de 12 a 21
Sábados, domingos y feriados de 11 a 21
(hasta el 26 de abril de 2026)
Contrapunto II
Centro Cultural Recoleta
Junín 1930 – CABA
Entrada gratuita
Sitio Web CCR
Patricia Altmark en este Portal

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