CHEZ JOEY, el club como laboratorio de identidad

Rigurosa y envolvente, la puesta reconstruye el pulso del Chicago Black Renaissance a través del jazz, la actuación y el movimiento

Chez Joey Música: Richard Rodgers – Letra: Lorenz Hart – Libro: Richard LaGravenese – Inspirado en: la novela de John O’Hara (basada en los relatos de ‘Pal Joey’ publicados en The New Yorker) – Protagonistas principales: Myles Frost, Awa Sal Secka, Samantha Massell, Angela Hall, Kevin CahoonEscenografía: Derek McLane – Vestuario: Emilio Sosa – Coreografía: Savion Glover – Dirección: Tony Goldwyn y Savion Glover

En los años 40, mientras muchas ciudades aún arrastraban los tonos grisáceos de la Gran Depresión, en Chicago comenzaba a gestarse algo distinto. La Gran Migración sentó las bases del llamado Chicago Black Renaissance, un período de intensa producción cultural e intelectual afroamericana marcado por la afirmación, la experimentación y la construcción de identidad. En ese contexto, figuras como Richard Wright en la literatura y Mahalia Jackson en la música consolidaban nuevas formas de expresión, en un ecosistema que no solamente influyó en estas disciplinas sino también en el cine, la pintura, la fotografía, la radio, las revistas y hasta las tiras cómicas.

El punto de partida

Es en ese marco donde se inscribe el ámbito propuesto por Chez Joey: un club de música no solo como lugar de exhibición, sino como laboratorio donde cada artista explora, ajusta y define su propia voz. Desde allí, la obra invita al espectador a formar parte de lo que inicialmente fue el club Lucille’s. Sin apagar las luces, y a través de una entrada paulatina y orgánica, los músicos comienzan a habitar la escena y a ejecutar las primeras melodías de jazz; progresivamente se incorporan los demás artistas, y el escenario adquiere pulso y densidad hasta configurar la totalidad del universo que se desplegará durante las siguientes dos horas y media. Esta decisión —una entrada gradual y sin quiebres— resulta particularmente acertada desde la co-dirección de Tony Goldwyn y Savion Glover, en la medida en que integra al espectador dentro del espacio escénico, como si ocupara una de las mesas del club, y define desde el inicio la lógica interna de la obra.

Una poética visual de época

Esta decisión se ve reforzada por la escenografía (Derek McLane) y el vestuario (Emilio Sosa), que operan con un alto grado de realismo y coherencia histórica. La escenografía, en diálogo con la iluminación, se distingue por su capacidad de articular visualmente la transición de Lucille’s a Chez Joey —es decir, de un circuito underground a un entorno más convencional e institucionalizado. Por su parte, el vestuario acompaña la caracterización de época, acentuando las diferencias socioeconómicas entre el mundo de Lucille’s y el entorno que rodea a Vera Simpson, portadora del título nobiliario de Baronesa. El resultado es una inmersión clara en ese clima emergente y vibrante del Chicago Black Renaissance, sostenida sin subrayados ni artificios innecesarios.

La iluminación se integra al dispositivo escénico con un grado de precisión que evita cualquier protagonismo innecesario. Más que imponerse por sí misma, opera como un sistema de modulación: define volúmenes, delimita espacios y regula las transiciones sin generar rupturas perceptibles. Los cambios de temperatura de color acompañan la evolución de los distintos entornos, mientras que el uso puntual de focos introduce una lectura jerárquica clara, particularmente en las apariciones de la Baronesa. En ese sentido, la iluminación no solo acompaña, sino que también resignifica el escenario, permitiendo desplazar la acción hacia otros ámbitos —como el penthouse de la Baronesa— sin necesidad de modificar la escenografía. El resultado es una intervención contenida pero altamente funcional, que refuerza la unidad visual del conjunto y sostiene la continuidad narrativa de la obra.

La coordinación escénica es otro punto fuerte. El timing está trabajado con rigor: pausas, transiciones y cadencias responden a una estructura interna precisa. No hay desajustes ni momentos que queden fuera de eje; el conjunto avanza con una precisión sostenida, donde cada componente cumple su función sin interferencias.

Presencias que definen la escena

En un elenco de alta consistencia —donde actuación, danza y ejecución musical se sostienen con solvencia a lo largo de toda la obra—, el trabajo de Jordyn Taylor (Linda English), quien asumió el rol en la función del 19 de marzo, se posiciona como uno de los ejes interpretativos más sólidos y es notable la integralidad de su desempeño performativo. Su desempeño vocal reúne una potencia y calidad tímbrica destacada, además de su dominio corporal y gestual: cada inflexión, desplazamiento y pausa están integrados a una intencionalidad y construcción expresiva rigurosa. En paralelo, Myles Frost (Joey), ganador del Tony Award como Mejor Actor Principal en un Musical, aporta una presencia escénica que combina control vocal, alta exigencia física y una entrega sostenida que dinamiza el espacio. También sobresalen Samantha Massell (Vera Simpson), cuyo manejo del cuerpo y la gestualidad introduce una jerarquía clara en escena, y Angela Hall (Lucille), con una composición contenida que ancla el desarrollo dramático.

En conjunto, Chez Joey se sostiene sobre una arquitectura escénica rigurosa, donde cada decisión formal responde a una construcción progresiva claramente definida. Nada está liberado al albedrío y, sin embargo, funciona todo de forma extremadamente articulada y orgánica. El resultado es una obra de notable consistencia, cuya capacidad de desarrollo y control del lenguaje escénico la sitúan entre las propuestas más sólidas de la temporada. Martín Quiroga Barrera Oro

Se dio hasta 22 de marzo 2026
Arena Stage
1101 6th Street SW
Washington, D.C. – Estados Unidos
https://www.arenastage.org/
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