Proyecto Fin del Mundo (2026, Estados Unidos, 156 min.) – Título original: Project Hail Mary – Género: Ciencia ficción, Aventura, Misterio – Guion: Drew Goddard – Fotografía: Greig Fraser – Música: Daniel Pemberton – Elenco: Ryan Gosling, Sandra Hüller, James Ortiz, Lionel Boyce, Ken Leung, Milana Vayntrub y Priya Kansara – Dirección: Phil Lord y Christopher Miller
Hay películas que uno espera sin demasiado entusiasmo y terminan por sorprender de verdad. Proyecto Fin del Mundo (Proyect Hail Mary)es exactamente eso. Una historia de ciencia ficción que llega al cine con toda la energía de los blockbusters de antes — de los buenos, de los que uno recuerda al salir de la sala — y que logra algo cada vez más difícil: hacer que dos horas y media pasen como si fueran cuarenta minutos.
La premisa no podría ser más simple ni más ambiciosa al mismo tiempo. Un científico despierta solo en una nave espacial. No sabe quién es. No sabe qué hace ahí. Solo hay oscuridad, silencio y la inmensidad del espacio. Poco a poco, los recuerdos van volviendo… y con ellos, la magnitud de la misión. El Sol se muere. La Tierra también. Y este hombre, solo en el cosmos, es la última carta.
La trama, adaptada de la novela homónima de Andy Weir —el mismo escritor de El marciano— tiene la virtud de no revelar sus cartas demasiado rápido. El guion, elaborado con precisión quirúrgica, construye cada revelación como si fuera un regalo. No todo se explica de entrada. El espectador llega a la historia sin brújula, igual que el protagonista, y esa incomodidad inicial —ese «¿qué está pasando acá?»— es parte del diseño. Hay que tenerle paciencia a la primera media hora. Vale la pena.
La estructura narrativa alterna dos líneas de tiempo con una fluidez que no marea sino que, al contrario, alimenta la intriga. Cada nuevo fragmento del pasado ilumina el presente en la nave. Es un mecanismo viejo en el cine, sí, pero pocas veces tan bien calibrado.
Detrás de la cámara están Phil Lord y Christopher Miller. Dos directores que, en apariencia, no parecen los candidatos más obvios para una aventura espacial de estas dimensiones. Conocidos por comedias como 21 Jump Street y por joyas de animación como las películas de Spider-Man: Un nuevo universo, el salto al cine de acción con presupuesto de estudio era un riesgo real. Lo salvaron con creces.
La dirección tiene algo admirable: sabe cuándo acelerar y cuándo dejar respirar la historia. Hay set pieces de una energía extraordinaria, pero también momentos de silencio cargados de emoción. Y la fotografía de Greig Fraser —el mismo de Dune y Batman— convierte cada cuadro en algo bello. La nave, que es básicamente el único escenario durante buena parte del relato, nunca se siente pequeña ni claustrofóbica. Al contrario: hay grandeza en cada toma.
Temáticamente, la película va mucho más allá de la supervivencia. Habla de la soledad, sí. Pero también de la conexión entre seres distintos, del valor de la curiosidad científica y —sin caer en el sermón— de por qué vale la pena seguir adelante cuando todo parece perdido. Todo eso, envuelto en una capa de humor genuino y aventura pura.
Ryan Gosling se carga la película al hombro y la lleva. Serio, divertido, vulnerable, gracioso… el actor despliega un rango que a veces no se le reconoce como merece. Hay un momento —sin spoilers— en que uno se da cuenta de que está emocionado sin saber exactamente cuándo pasó. Eso no es fácil de lograr. Sandra Hüller, en un rol más acotado, aporta esa presencia suya tan particular: fría y cálida al mismo tiempo.
Proyecto Fin del Mundo es el tipo de película que el cine necesita. No es perfecta —tiene algunos valles de ritmo en su segunda mitad — y el inicio puede descolocar a quien busca adrenalina inmediata. Pero cuando termina, uno sale con una sonrisa que no esperaba tener. A veces el cine te salva un poco. Esta vez, literalmente. Cristian A. Domínguez
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