¿QUIÉN ES CLARA WIECK?, vigencia de una artista

Historia y pasiones de la mujer de Schumann, en excelente actuación de Annie Dutoit Argerich

¿Quién es Clara Wieck? – Intérpretes: Annie Dutoit Argerich (actriz), Víctor Torres (barítono), Eduardo Delgado (pianista) – Iluminación: David Seldes – Vestuario: Graciela Galán – Escenografía: Gastón Joubert – Sonido y video: Miguel Álvarez y Gabriel Busso –  Autoría: Betty Gambartes y Diego Vila – Dirección: Betty Gambartes

Hoy día, la palabra “fue”, a secas, se usa para referirse a algo que caducó, que no se resolvió a tiempo, que ya pasó. No es demasiado original la idea: en 1887 ya había utilizado la expresión el libretista Arrigo Boito para que Otelo, en dos palabras, definiera magistralmente su situación luego de matar a Desdémona en la genial ópera de Verdi: “Otello fu”.

Esta digresión viene a cuento para pensar por qué esta obra se llama ¿Quién es Clara Wieck? y no ¿Quién fue Clara Wieck?. En primer lugar, la propia pianista y compositora se corporiza para guiarnos en primera persona y cronológicamente por su historia, sus conflictos, sus pasiones, las artísticas y las amorosas. Todo su discurso –frontal, confidente y, a menudo, hasta agresivo-, nos devela vivencias y conceptos absolutamente actuales, ligados a las luchas feministas más puras y al eterno conflicto de la mujer profesional. Clara se planta en nuestro presente y nos interpela desde su romanticismo, a veces cuasi dialogando con el público.

Concertista desde los nueve años, Clara Wieck (1819-1896) fue criada y formada musicalmente por su padre Friedrich en una estricta disciplina. Luego de la oposición a su casamiento con Robert Schumann y la instancia judicial ganada por los novios -ella era menor de edad-, rompieron la relación. Sin embargo, Clara llevaba marcados a fuego los principios inculcados por su padre, entre ellos el “Immer perfekt!” (“¡Siempre perfecta!”), latiguillo que resuena siempre en su mente en sus pocos momentos de vacilación. Esa fortaleza y su inmensa capacidad intelectual y artística le permitieron proseguir su intensa carrera pese a ser madre de ocho hijos, producto de su feliz matrimonio con Schumann, aunque también la expuso a ser blanco de muchos dardos.

El detallado discurso quizás resulte conocido por el público melómano  (aunque siempre es útil repasarlo), pero es inclusivo para el neófito, que puede conocer y valorar en su contexto la travesía de una artista que llegó a la cima de su carrera –fue declarada Virtuosa de la Cámara Austríaca Real e Imperial, el más alto galardón del Imperio austro-alemán- bregando siempre por una igualdad social y profesional entre mujeres y hombres.

“Ustedes me juzgan, yo sé lo que dicen de mí, aún hoy”, nos dice Clara. Pero también ella misma se juzga, llena de remordimientos ante lo que interpreta como abandono a Robert, quien pidió ser internado en un sanatorio en Endenich ante sus reiteradas alteraciones mentales. Los dos años siguientes antes de la muerte de su esposo en 1856, Clara tuvo prohibido visitarlo, y en ese período ella fue la columna vertebral de la familia, sostén económico y moral para sus hijos. Lo sobrevivió cuatro décadas, y otro hombre talentoso y genial estuvo a su lado: Johannes Brahms.

Precisamente la obra se abre con la lectura de una apasionada carta de Brahms a Clara, que ella responde rechazando sus insinuaciones amorosas, a pesar de la profunda admiración intelectual y artística que el músico le provocaba. Esta relación -intensa, prolongada, correspondida- es la otra faceta que explota ¿Quién es Clara Wieck?, faceta nunca desentrañada del todo, puesto que muy pocos documentos quedan luego de la destrucción de la correspondencia entre ambos. Schumann y Brahms fueron dos caras de una misma moneda, distintos en sus personalidades, amor pasional y amor intelectual para una mujer que se atrevió a vivir sin claudicaciones.

Annie Dutoit Argerich realiza un excelente trabajo como protagonista. En un español correctísimo, la actriz suiza sostiene más de una hora y media de función de cara al público con muy pocas salidas de escena, en un personaje que va creciendo a cada minuto. De más está decir que su propia historia (es hija de Martha Argerich y el director de orquesta Charles Dutoit) aporta una experiencia personal invalorable: conoce el paño del que habla.

Eduardo Delgado tiene a su cargo los momentos solistas al piano, donde desgrana varias de las más célebres piezas de Wieck, Schumann y Brahms, con algunas decisiones arbitrarias en cuanto a tempi y carácter. El barítono Víctor Torres, por su parte, se suma con profesionalismo en un género que conoce al dedillo, el lied. Lástima la innecesaria amplificación –aunque leve- de su voz, la intimidad de la sala no la necesita.

Es impecable el vestuario de Graciela Galán, acompañando cada momento con el toque justo; como también la escenografía de Gastón Joubert, que enmarca la escena con un diseño de telones que semejan el teclado de un piano solo en blanco. La iluminación de David Seldes y la utilización de videos y sonidos por parte de Miguel Álvarez y Gabriel Busso coadyuvan a crear climas en tan breve espacio.

Solo la confusa resolución de la obra, donde el público se ve incentivado a un aplauso extemporáneo que quita sentido al apagón final, empaña la experimentada dirección de Betty Gambartes que logra amalgamar música y actuación, manteniendo constante el interés del espectador.

Clara Wieck aún es, y esta obra nos da la oportunidad para descubrir, o redescubrir, a una personalidad interesantísima de la historia de la música. Patricia Casañas

Miércoles a domingos a las 19
Teatro San Martín
Av. Corrientes 1551 – Cap.
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