PUZZLE, identidades incompletas

Una excelente obra, con muchos matices sartreanos, dirigida por Santiago Doria

Puzzle – Actúan: Osmar Núñez, Jorge Suárez – Música: Martín Bianchedi – Iluminación: Roberto Traferri – Vestuario: Laura Singh – Escenografía: Daniel Feijóo –  Dramaturgia: Sergio Omar Lopardo – Dirección: Santiago Doria

Jean-Paul Sartre describe una escena ideal: dice que hay un hombre que llega hasta un banco que se encuentra en un parque público. Se sienta en él y con ese gesto completa una situación perfecta: está solo allí, y por lo tanto no hay nada que altere su mirada sobre el mundo. Pero al rato alguien más aparece, se sienta en un banco cercano y se pone a leer un periódico. La sola irrupción de otra persona marca una ruptura con el orden reinante hasta un momento atrás en ese espacio. Esa mera presencia se constituye en un acto de violencia: hay alguien más que observa y ordena el mundo a su antojo. Y cada uno de esos dos hombres se habrá convertido en un objeto para la mirada del otro.

¿Quiénes somos?, podrían preguntarse Marcos o Esteban, pero también vos o yo. “Somos lo que hacemos con aquello que los demás hacen de nosotros”, podría responder Sartre. Somos nuestras memorias y nuestros olvidos, y también las memorias y los olvidos que nos involucran con otros. Esos otros que tanto pueden liberarnos de nuestras propias existencias como condenarnos a ser apenas una versión posible de nosotros mismos. Una versión que no necesariamente coincidirá con la que nosotros elijamos. Ese es el poder y el peligro que corporizan los demás. Los que nos miran. Los que nos completan.

Escrita por Sergio Omar Lopardo y dirigida por Santiago Doria, Puzzle es otra de las 69 obras seleccionadas -sobre un total de 1548 que fueron presentadas- en el marco del concurso Nuestro Teatro, organizado por el Teatro Nacional Cervantes el año pasado, como un modo de sostener las artes escénicas durante la inactividad marcada por la pandemia de covid.

Como salidos de una pintura de Magritte o de uno de los relatos de los Señores Moc y Poc imaginados por Luis Pescetti, dos extraños personajes encarnados por Osmar Núñez y Jorge Suárez se encuentran ante el banco de una plaza. Quizás un banco idéntico al que imaginara Sartre en el referido capítulo de El ser y la nada. Los dos aseguran haberlo alquilado ese día para contemplar la puesta del sol. Asombrados, descubren que no recuerdan o saben nada acerca de sí mismos. Sin embargo, cada uno de ellos posee o maneja los recuerdos del otro.

Otra imagen sartreana: los otros también son el infierno que significa enfrentarnos a nuestra propia imagen, nuestra propia identidad escindida, arrancada de nuestro arbitrio y reflejada en las pupilas críticas de los demás. Aquí ha habido un crimen. Dos crímenes, para ser exactos. Y el otro impide que nos desentendamos de nuestras culpas. Detalle curioso: de pronto nos damos cuenta de que hemos abandonado la tercera persona para comenzar a escribir en primera persona del plural.  Es que ¿quién podría jactarse de no haber cometido ningún crimen en algún momento de su vida?

Cada uno de los dos personajes de esta obra se va conociendo conforme rearma ese particular rompecabezas que es su propia identidad. Y lo hace a partir de los retazos que le aporta el otro, más que a partir de su propia conciencia. Así es como cada uno termina siendo el resultado de una construcción mutua, en la cual los personajes son a un mismo tiempo colaboradores y adversarios, revelados al mismo tiempo que acusados, necesitados del otro para ser ellos mismos, pero atrapados en esa mirada ajena imposible de controlar. Deseosos de confesar sus crímenes pero también de negarlos.

En otra historia que de pronto recordamos -nuevamente Sartre- Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, escucha a su hermana Electra lamentarse por haberse convertido ambos en los vengadores de su padre asesinado, pero al mismo tiempo en matricidas. Orestes comprende que ese acto terrible lo vuelve libre. Que si bien ya no puede deshacer el hecho de haberse convertido en el asesino de su madre, el hacerse cargo de ese acto es el que fundamenta por fin su identidad y lo completa.

Suponemos que Sergio Omar Lopardo coincidiría con esta mirada que, mitologías mediante, es puesta en juego en esa magnífica obra teatral titulada Las moscas. Y si alguien, después de ver Puzzle, se preguntara si acaso toda la situación planteada no es en definitiva absurda, probablemente esta otra reflexión sartreana serviría de respuesta: Es absurdo que hayamos nacido; es absurdo que muramos. ¿Por qué no habría de darse un mundo sencillamente absurdo? ¿Por qué habría de negarse el hecho de que la realidad y la existencia humana sean de hecho absurdas?  Germán A. Serain

Contenidos del Teatro Nacional Cervantes / Cervantes On Line

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