PASIÓN POR LA IGNORANCIA, de Renata Salecl

Un inteligente análisis de por qué en ocasiones las personas eligen negar la realidad

La pandemia de Covid 19 supuso un fenómeno de salud mundial, pero también un caso de estudio sociológico. Hubo aspectos que se dieron por primera vez en la historia. Por supuesto, hubo antes otras pandemias, pero no atravesadas por una globalización absoluta, que fue de orden médico, pero asimismo informativo y desinformativo. Estos dos conceptos, aparentemente opuestos, forman parte de una misma esfera. Si las noticias que circularon inicialmente sobre la pandemia hubiesen sido claras, las conductas de la población probablemente hubiesen sido otras, con lo cual también se habría llegado a diferentes resultados. Pero la gravedad de la pandemia llegó a ser puesta en duda, incluso a través de la palabra de líderes políticos, de influenciadores varios y de los medios de comunicación. Los resultados fueron dramáticos.

Por absurdo que parezca, todavía hay quienes sostienen que no hubo pandemia. Es que, así como existe una mecánica que hace a la profecía autocumplida, situaciones que se producen solo porque alguien pone en circulación un rumor que se expande, presagiando eso que sucederá, del mismo modo hay mecanismos a través de los cuales se niega la evidencia. Cada vez que no comprendemos la razón por la cual algo no funciona como esperamos, buscamos la manera de dar con una explicación que encaje. Que esa explicación sea o no pertinente, es lo de menos. Lo que importa es que resulte verosímil para quien la propone. ¿Que el planeta es plano? ¿Que Paul McCartney murió en 1966 y fue reemplazado por William Campbell? ¿Que Elvis Presley está vivo? ¿Que el hombre jamás llegó a la luna? Todo es creíble para quien desea creer. Ya se trate de la existencia de Dios o de la teoría conspirativa más descabellada. Así es como muchos creen que no hubo pandemia o que las vacunas eran placebos, si no algún tipo de complot mundial liderado por Bill Gates.

Las personas se valen a menudo de la negación y la ignorancia como estrategias útiles para lidiar con una verdad incómoda que no encaja en su percepción de la realidad, o como herramientas con las que crear un escenario de fantasía que haga más agradable esa realidad y más fácil de soportar. Estas estrategias pueden usarse también para mantener intactas las relaciones sociales”. (Renata Salecl)

En cualquier caso, puede ser difícil distinguir entre el conocimiento, la ignorancia y una construcción imaginaria colectiva. Pero la ignorancia y la negación son dos cosas muy diferentes. Todos ignoramos cosas, pero sabernos ignorantes nos permite perseguir el acceso a nuevos aprendizajes. La negación, por el contrario, nos ancla en un error confortable, satisfactorio, que nos hace sentir bien. La negación se relaciona a menudo con la necesidad de habitar un estado anímico más aceptable que la realidad. Esta especie de autoengaño estabiliza y resuelve el desequilibrio que es propio de la incertidumbre. La única condición que presenta este mecanismo es que la respuesta que nos ofrezcamos encaje de alguna manera en el rompecabezas: no importa en absoluto la verdad, sino que la respuesta que nos demos sea lo suficientemente verosímil como para complacernos.

Hay en el asunto también algo de narcisismo: hemos sido educados en un modelo cultural para el cual decir no sé implica el reconocimiento de cierta debilidad. Aceptar que uno desconoce algo parece revelar fragilidad o inferioridad. Esto genera una paradoja, por la cual quien menos sabe suele afirmarse más en un conocimiento falso, y viceversa. Es lo que se conoce como el efecto Dunning-Kruger, por el cual las personas menos competentes tienden a sobreestimar su capacidad, mientras que las más competentes tienden a subestimarse. Esto tiene su lógica: quienes se ubican en la segunda categoría son capaces de reconocer sus limitaciones, en tanto los primeros tienden a ignorarlas.

De todo esto habla el libro Pasión por la ignorancia, de la socióloga eslovena Renata Salecl. Un material particularmente adecuado para comprender la esencia de la sociedad contemporánea, marcada por un exceso de información que, acaso inesperadamente, es acompañado por una capacidad de reflexión y análisis cada vez más limitada. Las consecuencias de esta ecuación se multiplican y representan una amenaza social: una cosa es creer que los illuminati o los reptilianos manejan el nuevo orden mundial, y otra muy diferente negar el Holocausto o respaldar con el voto una opción electoral de raigambre fascista.

En un momento en que el entorno digital nos ofrece información aparentemente ilimitada, cuesta admitir ausencia de conocimientos porque todo el mundo da por supuesto que, con la ayuda de motores de búsqueda como el de Google, ya no hay excusa para no saber algo. De ahí que se suponga ahora que todo el mundo debe dominar todos los temas. Esto ha conducido en la última década a lo que algunos hemos llamado la ‘ikeaización’ de la sociedad. Los cambios en la organización del trabajo han traído consigo una presión por el conocimiento que no deja margen para la ignorancia. Una ideología del ‘hágalo usted mismo’ ha penetrado hasta el último rincón de la vida de las personas. … La cara negativa de la ikeaización de la sociedad es esa reticencia a admitir nuestra falta de conocimiento. Basta con echar un vistazo a las redes sociales para ver lo seguras de sí mismas que se muestran las personas en sus comentarios, tanto si son expertas en el tema que se está discutiendo como si no”. (Renata Salecl)

Una sociedad, lo mismo que las personas, se organiza sobre ciertas ideas base. Cuestionarlas o negarlas supone un costo: se corre el riesgo de tener que desarmar un andamiaje identitario montado con esfuerzo a lo largo de los años. Por imperfectas que puedan ser, esas estructuras, esas convicciones, nos resultan confortables, porque las conocemos y sabemos cómo movernos en ellas. Nos ofrecen seguridad. ¿Para qué salir de la zona de confort si, por definición, uno está allí bien cómodo? Entonces resulta más sencillo dejarse llevar por autoengaños, por más que a la larga también impliquen un costo. El mecanismo es similar al de la obediencia ciega y la delegación, que se explica por la tranquilidad que uno consigue al no asumir la carga de una decisión eventualmente difícil. No es uno quien decide: la responsabilidad le ha sido transferida a alguien más, que se hace responsable por nosotros. Nos engañamos, por supuesto, al no aceptar que en definitiva tomamos la decisión de delegar esa autoridad que nos correspondía.

La actual crisis de las democracias representativas guarda relación con este proceso: nos limitamos a votar, sin demasiada convicción ni análisis, movidos por la indignación y el desencanto más que por un auténtico compromiso cívico. Las pasiones se imponen, con la superficialidad de una pantalla. Y es que hoy lo mediático complejiza el panorama, pues las pantallas han reducido la capacidad de reacción crítica. Son tiempos de posverdad y fake news, en los que cualquiera puede poner en línea opiniones en forma indiscriminada, sin que importe su autoridad, razonabilidad o competencia. Los algoritmos hacen el resto, junto al hecho de que un mismo soporte es el que miente y dice la verdad: la pantalla es siempre la misma.

Dice Salecl: “Las personas siempre han encontrado maneras de cerrar los ojos, los oídos y la boca para ignorar, negar o denegar información que les resulte perturbadora. Se identifican, por ejemplo, con un líder aunque su discurso esté plagado de mentiras. La diferencia en estos tiempos de la ‘posverdad’ es el auge de la ‘inercia cognitiva’; esto es, el aumento de la indiferencia ante qué es verdad y qué es mentira. Esta indiferencia va ligada a la imposibilidad de saber, más que a una simple indisposición a aprender. Si nos fijamos en cómo se transmiten las noticias falsas (fake news) a través de internet, vemos lo difícil que a menudo resulta identificar sus fuentes o qué se pretende conseguir con ellas”.

Señala asimismo la autora que este hecho se convierte en un problema político, desde el momento en que el público se vuelve contra todas las representaciones y encuadres de la realidad que ve u oye en los medios, convencido de que son todos igual de tendenciosos. A partir de ese momento las personas creen, o bien que la verdad no existe, o bien que existen otras formas de acceso a la verdad, sin intermediarios. En realidad siempre esos intermediarios están presentes, solo que no son reconocidos como tales. Allí está el germen de las teorías conspirativas y las manipulaciones ideológicas: pensamos que esas ideas que defendemos son nuestras, cuando en realidad nos vienen dadas desde fuera. También dice Salecl que invariablemente intentamos no afrontar los conocimientos traumáticos y que las sociedades hallan continuamente nuevos modos de negar información susceptible de minar las estructuras de poder, los mecanismos ideológicos que sustentan el orden existente o nuestras propias verdades. Estamos realmente complicados: no hay peor ciego que aquel que se niega a ver.

La forma en que nos relacionamos con el conocimiento nunca es neutra y ese es el motivo por el cual el término ‘pasión’, que el diccionario Merriam-Webster define como un ‘sentimiento o convicción intenso, vehemente o dominante’, puede ayudarnos a entender no solo por qué las personas aceptan aquello que perciben como verdad, sino también por qué lo ignoran o lo niegan”. (Renata Salecl)

Hay una ignorancia que es inocente, vinculada a aquello que se desconoce; pero también hay, por contraposición, una ignorancia que se da de modo voluntario. Esto suele servir como estrategia para evitar un conflicto. El argentino diría que a veces es preferible hacerse el boludo, para evitar una pelea o una discusión, por ejemplo. Pero en ocasiones esta forma de la ignorancia conlleva un grado de responsabilidad ética. Podría decirse que algunas veces se trata de una ignorancia cómplice, reñida con el comportamiento moral que se espera de una persona. Ojos que no ven, culpa que no se siente. Esta ignorancia ofrece algo a cambio del conocimiento que se pierde o se niega: la tranquilidad que deriva de ese conveniente desentendimiento. Salecl nos recuerda a Henrik Ibsen, cuando en su obra El pato salvaje afirma que si privamos al hombre corriente de sus mentiras es muy posible que le quitemos también su felicidad. La ignorancia se combina así con la negación, que tanto puede darse como un proceso individual o colectivo. Cuando son muchos los que niegan, es más fácil creer en el autoengaño. 

El libro de Renata Salecl aborda, a lo largo de su desarrollo, aspectos diversos del autoengaño. Así, por ejemplo, el dilema del conocimiento relativo a nuestro propio cuerpo, el problema de la mortalidad, del determinismo genético, o de las razones que nos impulsan a sentimientos tales como el amor o el odio. También se ocupa de la negación por trauma, en un capítulo en el cual la autora toca un tema que nos afecta de cerca, como es el de los desaparecidos: la negación social del crimen, que en ausencia de un cuerpo físico que lo testimonie es mucho más fácil de invisibilizar. “La negación es un mecanismo de defensa psicológica que interviene cuando el individuo no es capaz de afrontar algo que le resulta traumático”, nos dice.

“Mejor no hablar de ciertas cosas”, cantaba Luca Prodan. Ser ignorantes nos facilita calma ante una realidad que podría suponer un grado mayor de tensión, si aceptáramos verla. Lo mismo vale para quien construya una identidad en base a errores o mentiras: asumirlo supondría el costo de tener que corregir, aceptar una identidad distinta. Demasiado trabajo. Negar es más sencillo. Así, uno puede negar una enfermedad, o puede negar que es pobre, que la pareja ya no lo ama, o que votó a un partido político corrupto. Negar nos ayuda a transitar el trauma, pero también nos impide perseguir una solución cuando ella es posible.

Por otra parte, ¿qué se hace cuando uno se empecina en negar, y entonces llega otro que dice otra cosa? La negación de uno se ve enfrentada a la afirmación del otro. Esto ya tiene un tono bélico, que es necesario resolver de alguna manera. Ahí es donde estamos parados, ahora mismo. Podemos hacernos cargo, o la otra opción es hacernos los boludos. Este trabajo de Renata Salecl puede ayudarnos a tomar la decisión más adecuada. Germán A. Serain

Pasión por la ignorancia
(Qué elegimos no saber y por qué)
Renata Salecl
Ediciones Paidós, 2023 (trad. Albino Santos Mosquera)
Ediciones Godot, 2023 (trad. Matías Battistón)

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Renata Salecl (Eslovenia, 1062) es filósofa, socióloga y teórica del derecho. Es investigadora senior en el Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad de Liubliana, profesora en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y miembro de la Academia Eslovena de las Ciencias. Dicta clases regularmente en varias universidades británicas y estadounidenses, sobre psicoanálisis y derecho, y sobre neurociencia y derecho. Sus libros han sido traducidos a quince idiomas. En 2017 fue elegida miembro de la Academia de Ciencias de Eslovenia.

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