MI CORAZÓN ES UN IMÁN, intimidad y desborde

La obra retrospectiva de Fernanda Laguna recorre lo afectivo, lo precario y lo político

Mi corazón es un imán, retrospectiva de Fernanda Laguna, propone un recorrido de treinta y tres años de trabajo. Sin embargo, a medida que se avanza entre salas, aparece otra dinámica menos previsible: la de una obra que parece moverse en un registro propio, incluso dentro del contexto que intenta contenerla. Allí, más que un desajuste, se juega el núcleo de su potencia. La sensación aparece desde el comienzo: paredes intervenidas, luces teñidas de rosa, piezas que no piden distancia sino cercanía. Como si la muestra, incluso en su despliegue institucional, insistiera en otra lógica. 

La exposición presenta más de doscientas creaciones entre pinturas, dibujos, bordados, objetos, videos, publicaciones y archivos personales, organizadas en una serie de núcleos temáticos. El gesto es reconocible: ordenar, trazar una lectura posible. Sin embargo, lo que aparece en sala se resiste a cualquier clasificación cerrada. Su práctica, por el contrario, evita estabilizarse en una forma única.

Desde sus primeras producciones hasta sus proyectos más recientes, lo que emerge no es tanto una evolución como una sumatoria de capas —escritura, imagen, vida cotidiana, militancia, vínculos—. Sus cuadernos, también expuestos, funcionan como parte constitutiva del mismo universo. Allí, la tristeza se transforma en una materia que puede desplazarse hacia el dibujo, la palabra o el gesto visual. No hay separación entre registro íntimo y producción artística. Todo ocurre en un mismo plano.

Ese corrimiento también afecta la noción de obra. En las salas conviven móviles de chapitas, piezas enmarcadas con papeles sueltos, hojas de cuadernos, papel higiénico, peluches, brillantina y artesanías. La pregunta por el estatuto de cada elemento —si es arte, si es otra cosa— queda suspendida. O, mejor dicho, pierde relevancia. Lo que importa es el modo en que esas formas construyen sentido en conjunto, sin jerarquías evidentes.

La obra frente al museo

En ese punto, el montaje se vuelve visible como operación. Más que un simple dispositivo expositivo, funciona como una forma de negociación. En el primer nivel, la disposición sigue una cronología reconocible; en el subsuelo, el foco se desplaza hacia prácticas vinculadas al activismo y la producción colectiva. No es un dato menor si se considera que el trabajo de Laguna nació en espacios de gestión autónoma como Belleza y Felicidad —fundado junto a Cecilia Pavón— y se expandió en proyectos en Villa Fiorito, donde las lógicas creativas responden a formas comunitarias. La estructura intenta dar coherencia a una obra que, por definición, tiende a desbordarla.

Pero ese desborde no desaparece. Se filtra en los detalles: marcos dibujados directamente sobre la pared, acumulaciones que rozan lo caótico, materiales que conservan su precariedad original. Incluso en la abundancia, hay algo que no se deja absorber del todo por la lógica museográfica. La exhibición no domestica la obra; en todo caso, convive con su fricción.

Lo íntimo y lo colectivo

Esa tensión también redefine el lugar del espectador. Este observa, pero también entra en una proximidad poco habitual. Hay piezas que invitan al tacto, pequeñas ventanitas que despiertan la curiosidad, frases manuscritas que parecen dirigirse a quien recorre la muestra. Entre un set de jardín dispuesto para la lectura, una cortina semitransparente que resguarda un cuarto de souvenirs y fanzines que cuelgan de una rama flotante de árbol, la distancia contemplativa se acorta. Lo que aparece es una intimidad compartida, aunque no del todo cómoda.

Porque las creaciones de Laguna no se limitan a producir ternura. En esa cercanía también hay incomodidad, fragilidad, incluso cierta violencia latente. Su alter ego —esa “corazoncita” que atraviesa textos e imágenes— condensa esa ambivalencia en una figura permeable, afectada por lo que la rodea, capaz de absorber tanto el dolor como el deseo. El título de la muestra no es una metáfora ligera. Ese corazón funciona, efectivamente, como un imán.

Otro eje clave es lo colectivo. A lo largo de la exposición, la figura de la artista se desdibuja en favor de redes, colaboraciones y espacios compartidos. En ese entramado, proyectos como Belleza y Felicidad o las iniciativas en Villa Fiorito no aparecen como capítulos secundarios, sino como zonas centrales. A eso se suma su participación en el colectivo Ni Una Menos y el desarrollo de archivos como Mareadas en la marea, que amplían esa dimensión hacia una práctica sostenida en el tiempo. Allí, la producción artística se entrelaza con la gestión, la edición y la acción política, diluyendo cualquier frontera entre disciplinas.

En ese sentido, la retrospectiva revisa una obra y, al mismo tiempo, una forma de hacer. Un modo de trabajo que reivindica lo precario como elección antes que como limitación; que encuentra en lo cotidiano una fuente de sentido; que entiende el arte como una herramienta de vínculo antes que como un objeto autónomo. La pregunta, entonces, vuelve a imponerse: ¿qué ocurre cuando todo eso —gestado en circuitos alternativos— entra en el museo? ¿Se neutraliza su potencia o logra desplazar las reglas del juego?

Mi corazón es un imán no ofrece una respuesta cerrada. Más bien deja esa tensión abierta, visible. La institución ordena, pero no logra clausurar del todo lo que exhibe. En ese mismo movimiento, la muestra se proyecta más allá del ámbito local: realizada en colaboración con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, continuará su recorrido en Madrid en 2027, ampliando ese diálogo hacia otras escenas y contextos.

Y tal vez allí resida el mayor interés de la exposición: en esa fricción entre una obra que nunca quiso ajustarse a los marcos y un espacio que, aun con todos sus recursos, no termina de contenerla. Candelaria Penido

Todos los días de 12 a 20 (excepto martes)
(hasta el 25 de mayo de 2026)
MALBA

Av. Figueroa Alcorta 3415 – CABA
+54 11 4808-6500
Sitio Web Malba

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