MÁS ALLÁ DEL OLVIDO, intertextualidades en cadena

Una historia con lazos a Poe, Rodenbach y Hitchcock, entre otros

En 1955, Hugo del Carril debió interrumpir la filmación de la película Más allá del olvido, que dirigía y en la que llevaba el papel protagónico junto con Laura Hidalgo. Pero el corte no se debió a cuestiones de presupuesto ni tampoco a caprichos de algún miembro del reparto, sino a razones políticas, de esas que abundaron y abundan en la vida cultural argentina. En septiembre de ese año la Revolución Libertadora ponía fin al segundo mandato de Juan Domingo Perón. Y Del Carril, cuya afiliación al peronismo era harto conocida, fue detenido. La filmación, que había comenzado un mes antes de la sublevación de los militares liderados por Eduardo Lonardi, pudo reanudarse algunas semanas después, cuando liberaron a Del Carril; finalizó en diciembre. En junio del año siguiente la película se estrenó, pero sin demasiado éxito.

Es posible que la identificación política de Hugo Del Carril y la agitación de los meses post-revolución hubieran jugado en contra. Quizás la filmación y el estreno de la película se dieron en el momento y las condiciones menos oportunos. Pero, mirando en retrospectiva, la película es en sí misma una joya: de hecho, Ángel Faretta, escritor y teórico del cine, afirma que es “el más grande film argentino jamás realizado”. Las virtudes de la película -repuesta en 2012 en el Festival de Cine de Mar del Plata- también habían sido ensalzadas años antes por el recordado Domingo Di Nubila en su Historia del cine argentino.

En la película, Del Carril interpreta a Fernando de Arellano, un viudo rico que pierde a su amada esposa Blanca (Hidalgo). Sin poder reponerse del dolor, sigue el consejo de su familia y emprende un viaje a Europa. En las calles parisinas ve a una mujer, Mónica (también Hidalgo), cuyas facciones son asombrosamente idénticas a las de Blanca. Pero Mónica es la antítesis de la difunta en todo sentido, y en los hechos no es una mujer libre ya que es “poseída” por Luis (un impecable Eduardo Rudy), una suerte de cafishio para quien Fernando literalmente desembolsa una buena cantidad de billetes con el fin de llevarse a Mónica, y así -en una guisa casi necrofílica- volver el tiempo atrás. Fernando y Mónica se casan, pero el trágico gatopardismo de la vida de la pobre mujer se agudiza, ya que literalmente ella cambia solamente de “dueño”.

La dirección de fotografía de la película fue de Alberto Etchehebere, que ostentó el mismo cargo en películas de enorme trascendencia como Que Dios se lo pague y Nacha Regules, por dar un par de ejemplos. Aunque la película es en blanco y negro, el trabajo de Etchehebere es de altísima calidad teniendo en cuenta los recursos disponibles en ese tiempo. Tito Ribero, que en su carrera musicalizó más de 200 películas, dotó a la película de un cautivante leitmotiv que, acoplado a los pantallazos del enorme retrato de Blanca cerca del piano que ella solía tocar, realza la sensación de que, quizás, ella no haya muerto.

El libreto es de Eduardo Borrás, dramaturgo y guionista de cine nacido en España, simpatizante del anarquismo y  que colaboró con Del Carril en el guión de otras de sus películas (Las aguas bajan turbias y La Quintrala, por ejemplo). Pero la historia de Más allá del olvido es precisamente adaptación de una novela del belga Georges Rodenbach, Brujas-la-muerta, publicada en 1892. Rodenbach fue uno de los exponentes del simbolismo, movimiento artístico de fines del siglo XIX que se desarrolló sobre todo en Francia y Bélgica y cuyo rasgo esencial era el uso de símbolos para representar emociones.

En la novela de Rodenbach, Hughes Viane es un viudo atribulado que halla en la ciudad de Brujas un refugio para llorar a su bella esposa muerta, de quien no se revela el nombre. La exasperante quietud de la vida más bien provinciana de la ciudad y los canales casi estancados van en concordancia con la permanente tristeza de Hughes, quien, pasados diez años de su viudez, se topa con Jane, una mujer exactamente igual en aspecto a su amada, pero no en todo lo demás.

El movimiento simbolista tuvo como máximo exponente a Charles Baudelaire, y por supuesto no fue otro que Edgar Allan Poe -a quien Baudelaire admiraba- quien influyó en gran medida en este movimiento. Es oportuno mencionar a Poe, pues años antes de que Rodenbach creara Brujas-la-muerta, la pluma del escritor estadounidense engendraba en 1832 a Ligeia, que también trata de la obsesión de un viudo por su esposa muerta y su posterior matrimonio con otra mujer que también muere pero que cuyo cuerpo adquiere misteriosamente los atributos de la primera. Claro está, ninguna de las tres historias tiene un lieto fine.

Dos años después del desafortunado estreno de Más allá del olvido, en 1958, Alfred Hitchcock llevaba a la pantalla grande Vértigo, con James Stewart y Kim Novak. En aquellos tiempos la conexión con Más allá del olvido fue inevitable, aunque si bien Del Carril había adaptado su película directamente de la obra de Rodenbach -también llevada a la ópera por Erich Korngold (Die tote Stadt)-, Hitchcock lo habría hecho por interpósitas personas: Pierre Boileau y Thomas Narcejac, coautores de D’entre les morts (“De entre los muertos”), novela de 1954.

Como dato anecdótico, cuando Gustavo Cabrera, autor del libro Hugo del Carril: un hombre de nuestro cine consultó al actor y director sobre la producción de Hitchcock, la respuesta fue lapidaria: “Desconozco Vértigo”. Viviana Aubele

Vértigo – Una interpretación suelta de Bruges-La-Morte

Publicado en:

Deja una respuesta