LENIN, cadáver en venta

Polémica en Rusia sobre el cuerpo del líder bolchevique

 “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vueltas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis  3:19). Dicho esto, el primer hombre perdió el privilegio de convivir en el huerto con la mujer que había salido de su costilla y con Aquel que lo había creado. Y Adán, efectivamente, volvió al polvo, a la edad de 930 años, según consta en el Génesis. Esto podría tomarse de dos maneras: que al final de nuestro paso terrenal, nuestros frágiles y corruptibles cuerpos se harán, literalmente, polvo; o que serán depositados en el polvo de la tierra, es decir, enterrados.

En esta segunda manera de ver el asunto, pareciera que el ser humano ofrece sus resistencias. Es sabido que los antiguos egipcios prodigaban a sus personajes ilustres un laborioso tratamiento de sus carcasas y una última morada un poco más elaborada que para el común de los mortales. Las célebres pirámides egipcias se construyeron con el fin de servir de recinto donde conservar la esencia de la persona cuya momia allí se depositaba, a fin de que pudiera resucitar.

Pareciera ser que dejar que el faraón regrese, literalmente, al polvo, no se correspondería con  su dignidad, y era necesario hacer perdurar de alguna manera su memoria para que perdurase en el recuerdo de las personas. El proceso de momificación era complejo, sofisticado, y había que contar con medios suficientes para acceder a este, aunque el costo podía variar en menor o mayor medida.

La fascinación por el morbo no es nueva, ni tampoco es algo del pasado. Pero una noticia que salió en junio de este año, en medio de la pandemia de coronavirus, generó cierto revuelo. La noticia da cuenta de una propuesta que suena descabellada y hasta sacrílega. Con el fin de afrontar los costos que genera la pandemia, la oposición rusa ha propuesto vender el cadáver embalsamado de Vladimir Lenin. Quien lanzó semejante propuesta es un tocayo del difunto: Vladimir Zhirinovsky, el líder del partido ultranacionalista LDPR, el tercer partido político más importante en Rusia.

Si se tiene en cuenta la cantidad de casos por coronavirus en Rusia y el dineral que demanda hacer frente a una crisis sanitaria semejante, quizás la propuesta tenga algún viso de practicidad y cordura: sacarse -literalmente- el muerto de encima y, de paso, obtener una jugosa cantidad de emolumentos. Mantener en óptimo estado de conservación al extinto líder bolchevique -o, en realidad, lo que queda de aquello que alguna vez fue Vladimir Lenin- le cuesta al estado ruso unos 200.000 dólares al año. Como quien dice, cambio chico.

Lenin fue embalsamado hace casi cien años, y el estado de conservación de su momia es óptimo. No fue el único líder comunista cuyo cuerpo recibió un trato especial una vez salida el alma: otros ejemplos son Josef Stalin, Ho Chi Minh, o Kim Jong-il. En nuestro continente, Hugo Chávez también estuvo entre los candidatos, pero la dilación en tratar el cuerpo y el cálido clima venezolano frustraron los planes. También figuras prominentes de otros cortes políticos fueron embalsamadas: Abraham Lincoln, Kemal Atatürk, Ferdinando Marcos… Figuras que despiertan admiración o desprecio, o ambos.

Cada año, unas 450 mil personas visitan el mausoleo de Lenin, ubicado en la Plaza Roja de Moscú. Esto es notable, porque pone de manifiesto esa extraña costumbre del ser humano de rechazar el tema de la muerte como algo tabú, pero al mismo tiempo parece que no puede refrenar la curiosidad por lo que sucede con su osamenta una vez que parte de este mundo: como afirmó el rey Salomón, Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones, y el deseo de trascender nos mueve a hallar respuestas a algo que nuestra mente finita no logra comprender.

La fascinación sobre el tema parece crecer de manera proporcionalmente directa si la persona que ha fallecido es una figura que en vida generó tanto amor como odio. En nuestro país, tenemos el caso del cadáver de Eva Perón y de su derrotero una vez producida la Revolución Libertadora de 1955: Tomás Eloy Martínez lo plasmó en su novela Santa Evita, libro que hacia 2007 llevaba vendidos más de 10 millones de ejemplares. En un relato que amalgama hechos históricos con ficción, el autor nos lleva a la mente de quienes tuvieron alguna responsabilidad en el infame destrato al cadáver, cuya dueña evidentemente generó pasiones enfrentadas aún después de muerta.

Como una paradójica venganza macabra, el cuerpo del general Pedro Eugenio Aramburu, partícipe de la Revolución Libertadora, fue sustraído del cementerio de la Recoleta por un comando montonero, la misma agrupación que lo secuestró y ejecutó. La idea era utilizarlo como moneda de cambio para restituir el cuerpo de Evita. El canje se cumplió con Isabel Perón ya en el gobierno: al día siguiente de la llegada del cuerpo de Evita, el cuerpo de Aramburu fue devuelto.

En el arte, el tema de la muerte y de los cuerpos muertos ha inspirado a muchos. En Thanatophobia, Rubén Darío cuenta sobre el horror de un joven huérfano cuyo padre, que le había sido indiferente desde su niñez, contrae enlace con una mujer que resulta ser nada menos que su difunta madre, convertida en una muerta-viva. El escritor nicaragüense, que falleció en 1916 a los 49 años, mantuvo gran interés por las cuestiones esotéricas a la vez que la idea de la muerte lo obsesionaba, y este cuento es un ejemplo.

Un siglo antes, Mary Shelley también trajo en su novela Frankenstein la negación que el ser humano manifiesta ante la idea de la terminalidad de la vida  humana. Y Edgar Allan Poe, nacido entre los tiempos de ambos escritores, dedicó algunos de sus cuentos al tema: Ligeia, La caída de la casa de Usher, por citar solo un par. La fascinación por algo tan categórico como la muerte trasciende las épocas y excede el mundo de las letras, y con fines variados.

En Don Giovanni, el Comendador supera la invisible línea que separa el mundo de los vivos con el Averno, aunque convertido en estatua, para castigar al pícaro libertino, y Orfeo viaja al inframundo para traer desde allí, sin demasiado éxito, a su esposa Eurídice. También ha habido manifestaciones artísticas menos delicadas o románticas: la fotografía post-mortem era muy común en el siglo XIX. Más hacia nuestra época, fue notoria la exposición Bodies… The Exhibition en Estados Unidos en 2005, muy controvertida, ya que una de las cuestiones que se esgrimieron para censurarla fue que los cuerpos ahí exhibidos eran en realidad de prisioneros chinos ejecutados.

Volviendo al tema de la momia leninista, si bien la propuesta del líder opositor es reciente, es posible que no prospere. Una encuesta de 2017 indicó que dos tercios de la población rusa desea darle al ateo Lenin una “cristiana” sepultura, pero el presidente y también tocayo Vladimir Putin bajó el pulgar a la propuesta, y el difunto quedará allí “mientras tengamos entre nosotros a muchas personas cuyas vivencias sigan vinculadas de alguna manera con los logros del período soviético”.

Así las cosas, por ahora el finado se queda allí donde está, en tiempo muerto, mientras los vivos seguimos nuestro curso y seguimos lidiando como sabemos, o como mejor podemos, con la dura verdad de que algún día tendremos que volver al polvo de donde vinimos. Viviana Aubele

Nota sobre Lenin en La Nación

 

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