UN JUDÍO COMÚN Y CORRIENTE, elucubraciones reparadoras

El potencial de la palabra para sanar las heridas de una historia que no deja de causar espanto

Un judío común y corriente – Actúa: Gerardo Romano – Escenografía: Marcelo Valiente – Música: Martin Bianchedi – Autor: Charles Lewinsky – Director: Manuel González Gil

Un judío común y corriente es un relato acerca de lo imaginado, un posible encuentro sobre el cual Emanuel Goldfarb hace múltiples suposiciones y elucubraciones. Pero también es un relato sobre lo real, el horror de Auschwitz, las aberraciones más grandes que puede cometer el ser humano. El arte ayuda a cobrar conciencia y, en este caso, a comprender más la historia que ha marcado al pueblo judío, su identidad, sus costumbres.

Un profesor de escuela secundaria en Alemania quiere que Emanuel, un prestigioso periodista y sociólogo, judío y alemán, hable a sus alumnos acerca de su identidad judía, ya que ellos quieren conocer más sobre el holocausto y el nazismo. Algunos no se animan ni a decir la palabra judío, pero para este periodista es un orgullo. Él, que quiere que el hijo se haga una circuncisión, no se resigna a perder sus tradiciones.

Aparece el tema de la política exterior de Israel, siempre polémico. Se describe la tolerancia como esa actitud forzada de quienes no aceptan lo diferente, pero se ven obligados a soportarlo. Se hace referencia a judíos que han trascendido en la historia dejando una huella, como Freud, Marx, Cristo y Einstein. El cuadro El grito, de Edvard Munch, se deja ver por detrás como recordatorio de lo tremendo de la condición humana. Si no fuera por el humor, el ser humano no se salvaría. El humor ayuda a superar traumas y a curar situaciones desgarradoras.

Gerardo Romano imprime a este personaje la fuerza necesaria con histrionismo, profundidad y notable asertividad. Emanuel es un personaje que maneja las sutilezas del lenguaje, un ser apegado a las viejas costumbres, que usa máquina de escribir y reniega de las nuevas tecnologías. Es un rol muy demandante desde lo intelectual y lo emocional, exigencias a las cuales Romano responde con impecable profesionalismo, demostrando una vez más que el arte también puede ser testimonio.

La ambientación de su escritorio tiene el encanto de lo anacrónico. Le gusta escribir cartas y está rodeado de una gran biblioteca que sirve de fondo, mientras desarrolla la elaborada respuesta que dará para rechazar la invitación a hablar en la escuela.  Es que lo suyo, nos dice, es la escritura; hablar al gran público no es su fuerte, o al menos eso parece…

El ser judío se construye día a día, con acciones, con pensamientos, con rituales, con palabras. Sin olvidarse de mencionar al conocido Shylock de Shakespeare, Goldfarb revisa los conceptos que del judío fueron surgiendo en la historia. Nos cuenta de la masacre en los campos de concentración, de la pérdida de la dignidad. Nos habla de su madre que ha perdido su enorme sonrisa para siempre. ¿Existe realmente un judío común y corriente? La obra ahonda en la contradicción de ser judío en Alemania, en el oxímoron.

Esta es una pieza osada con un texto de una inteligencia aguda. No es fácil llevar adelante un monólogo humorístico que por momentos aborda temas tan duros, sin herir susceptibilidades, y esta puesta lo logra de la mano de la dupla González Gil-Romano que demuestra su solvencia y gran capacidad (uno para la dirección, el otro para la actuación). También uno puede animarse a decir que Romano siente cada palabra, que el texto no le es ajeno y que le sirve para reflexionar sobre la propia identidad e historia de los argentinos, lo que se puede suponer por las palabras finales del actor.

Ver esta obra -como me ocurrió- el 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, es una invitación a reflexionar sobre los grandes errores que ha cometido la humanidad bajo el ojo de un Dios que observa pero que deja el libre albedrío. Un Dios que para muchos existe y para otros, no. Para Nietzsche, por ejemplo, era una ficción. Y para Goldfarb parece que también lo es. Un judío que no cree también es una contradicción, pero la crueldad humana borra todas las creencias y hace que uno desconfíe de toda religión.

Quedará pensar si realmente la religión puede religar a los hombres y a las mujeres o, por el contrario, sirve para que nos separemos cada vez más. No hay límites para el horror: hay veces en que la realidad supera las pesadillas más infernales. Mirar hacia atrás es indispensable para saber de dónde venimos y para trazar un recorrido hacia el futuro. Reírnos de nosotros mismos es tan saludable como reconocer aquellos errores que no queremos repetir. Asumir la propia identidad ayuda también a saber cómo nos diferenciamos del otro y cómo esas diferencias enriquecen; debemos aceptarlas.

En este texto se plantean más preguntas que respuestas. Cabe preguntar si el arte no nos hermana más que las religiones. La obra de Lewinsky, repuesta en la cartelera porteña, es un gran acierto en nuestro ámbito teatral y una posibilidad de seguir descubriendo quiénes somos hasta llegar a la médula. Milly Vázquez

Sábados a las 20
Chacarerean Teatre
Nicaragua 5565 – Cap.
(011) 4775-9010
chacarereanteatre.com.ar

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