FESTIVAL ÚNICOS, la vergüenza continúa

Una vez más el uso del Teatro Cólón es desvirtuado en aras de dudosos intereses

No hay en realidad nada nuevo para contar. Pero la vergüenza se repite. “Vuelve el festival sinfónico más importante al Teatro Colón”, dice la promoción que acompaña el Festival Únicos. Y luego sigue la lista de protagonistas, ridícula, absurda, sin relación ninguna con la lírica, ni tampoco con la música sinfónica. Que nadie se engañe: el sinfonismo implica una música que no puede interpretarse sino a través de una orquesta sinfónica. En este caso, la presencia de una orquesta es apenas una torpe excusa.

Vayamos con el listado del Festival Únicos, para que se entienda mejor de lo que hablamos: Luciano Pereyra, India Martínez, Miguel Mateos, Pastora Soler, Gerónimo Rauch, Valeria Lynch, Los Nocheros, La Beriso, Axel, Palito Ortega… Pobre Virginia Tola: la soprano santafecina se ve mezclada en esta crítica sin merecerlo. Ella es la única, entre todos los mencionados, con las cualidades artísticas necesarias para cantar en el Teatro Colón.

El artículo 2° de la Ley 2855, que determina la creación del Ente Autárquico Teatro Colón, es claro a la hora de enumerar sus objetivos. Textualmente dice que se trata del organismo público cuya misión es “crear, formar, representar, promover y divulgar el arte lírico, coreográfico, musical (sinfónico y de cámara) y experimental, en su expresión de excelencia, de acuerdo a su tradición histórica, en el marco de las políticas culturales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”.

Excelencia. Tradición histórica. Arte lírico, coreográfico, música sinfónica, de cámara o experimental. Sacando a Virginia Tola, nada de eso puede encontrarse en el contexto del Festival Únicos. La esencia del Ente Autárquico Teatro Colón brilla por su ausencia. Y no se trata de si los artistas enumerados más arriba tienen o no méritos artísticos, sino del simple hecho de que esos eventuales méritos no se ajustan a la naturaleza de la sala escogida. Un atleta olímpico puede tener un alto mérito deportivo, pero ello no justificaría su presencia sobre el escenario del Teatro Colón. Aquí estamos ante un caso análogo. Es algo así como utilizar una cancha de tenis con piso de polvo de ladrillo para jugar un partido de fútbol. O recurrir a un automóvil de Fórmula Uno para ir a pasear por las calles de San Telmo.

En la ciudad de Buenos Aires hay innumerables salas teatrales y auditorios en los cuales podría llevarse a cabo este festival. Salas en las cuales resulta razonable que un cantante utilice un micrófono para poder ser escuchado, algo que en el Teatro Colón resulta inadecuado. Si la voz de un cantante no es capaz de proyectarse naturalmente, sin la ayuda de un sistema de amplificación, el Teatro Colón no es la sala apropiada para que ese artista cante.

Pero no, el asunto es usar el Teatro Colón. Porque se trata de una gran marca. Por una simple cuestión simbólica. Dicho con otras palabras, se trata de una simple cuestión de esnobismo. La sala en sí misma es mucho más importante que los artistas que en ella se presentan, lo cual definitivamente es algo indeseable en términos artísticos. Pero eso es lo que hay. Como también hay, por supuesto, un enorme negocio privado detrás del mal uso de un Teatro Público. Con entradas que alcanzan los $9.200, servicios incluidos, no han faltado quienes hablen asimismo de posibles favores políticos, vinculando la firma Taja Producciones, responsable de este festival, con nombres cercanos al gobierno porteño.

A nosotros nos alcanza con el dislate artístico. Un conocido protagonista del mundo musical porteño nos comentaba, en relación a este tema, que el despropósito de utilizar el Teatro Colón para este tipo de espectáculos, se parece bastante al gesto de la persona que decide enmarcar una pintura absolutamente intrascendente con un marco de metal noble, cuidadosamente trabajado por un gran artesano. Cuando un marco es el correcto, incluso es posible que la obra enmarcada llegue a crecer un poco. En el caso contrario, el marco es lo único que resplandece, y el contenido no pasa de ser una caricatura.

Del 23 al 27 de febrero se llevará a cabo un festival caricaturesco, en la Ciudad de Buenos Aires, cuyo mayor mérito artístico será disponer de un notable marco. Un marco cuyo uso fue concebido para un destino muy diferente. Germán A. Serain

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